CAPÍTULO 7: LA DEMONIACA

 

Al llegar a la vibrante ciudad de Opus, Maruja, Sai y Luna se encontraron con una escena de júbilo total. Las calles, antes pobladas por frías estatuas de bronce, ahora desbordaban vida. Los ciudadanos estaban inmersos en los preparativos de una gran fiesta; sus rostros reflejaban una alegría desbordante al haberse liberado finalmente de la maldición que los atormentaba.

Aparecieron en la casa de Lara y Bem, quienes los recibieron con abrazos afectuosos y palabras de bienvenida llenas de calidez. El alivio en el aire era casi tangible.

—He venido porque necesito pedirles perdón por todo lo que ha sucedido —confesó Maruja con una voz temblorosa y los ojos empañados por el arrepentimiento.

—No tienes que disculparte, Maruja. Todos sabemos que no fue tu culpa, sino de ese demonio —respondió Bem con una sonrisa comprensiva—. Hace una hora, una pequeña hada vino y nos relató toda la historia.

—¿Y Lily? ¿Dónde está? —preguntó Sai, buscando a su amiga con la mirada.

—Lily se fue con la pequeña hada —respondió Lara con un tono misterioso—. Nos pidió que te dijéramos que la reina Aurora desea verte. Parece que tiene un regalo especial para ti.

—¡¿Un regalo?! —exclamó Sai con los ojos brillantes de curiosidad—. Me pregunto qué será. Tal vez sea alguna comida mágica de esas que solo tienen las hadas.

—¡Siempre estás pensando en comer! —lo regañó Luna con una risa divertida.

—No nos dijo que era el regalo, pero imagino que será algo muy bueno —intervino Bem con una risa contagiosa.

—Entonces, ¿qué esperamos? —dijo Sai impaciente—. Maruja, teletranspórtanos allí de una vez.

—No soy tu transporte personal, Sai —respondió Maruja con una sonrisa irónica—. Además, mi magia no funciona dentro del reino de las hadas y, para ser sincera, no tengo idea de cómo llegar por mi cuenta.

 —¿Entonces tendremos que ir caminando otra vez? —preguntó Sai con una mueca de sorpresa.

—Así es, yo los guiaré —afirmó Luna con tono decidido.

Antes de partir, Bem se acercó a Maruja con el rostro ensombrecido por la duda. —Maruja... ¿Sabes qué pasó con mi hermano Bruno?

—No lo sé, Bem. Quería preguntarte lo mismo —respondió ella con desconcierto—. Es muy extraño, pero no puedo recordar absolutamente nada de lo que pasó mientras Vudú me tenía poseída.

—Mi reina puede ayudarte —intervino Luna—. Ella puede ver el pasado de cualquiera.

—Luna tiene razón —agregó Sai—. Si la reina te toca, podrá saber si Vudú le hizo algo a Bruno esa noche en el bosque.

—Entonces no perdamos más tiempo, ¡vayamos al mundo de las hadas! —exclamó Maruja con una determinación renovada.

Tras despedirse de Bem y Lara, el grupo emprendió el viaje. Mientras caminaban bajo la sombra de los grandes árboles, Sai le contó a Maruja la historia de Espectro y le pidió ayuda para revivir a su hermana Mily. —Sai, para poder revivir a tu hermana, necesito tener el corazón de ese demonio

—explicó Maruja con total seriedad.

—Lo sé. Por eso necesito que me ayudes a encontrarlo.

—Ese demonio es el segundo hijo del Rey Demonio —advirtió Maruja—. Su poder es inmenso.

—No me importa si es el mismo Rey de los Demonios —declaró Sai con una resolución inquebrantable—. Le hice una promesa a mi hermana y la voy a cumplir, aunque muera en el intento.

—Está bien, cuenta conmigo —accedió Maruja con una sonrisa—. Te lo debo por haberme devuelto mi libertad.

Finalmente, llegaron al árbol colosal que servía de entrada. Luna lo tocó, el tronco se abrió y el grupo entró al mágico reino. Apenas cruzaron, el ave de plumaje rojo y amarillo, Pío, voló hacia ellos y se posó con confianza en el hombro de Maruja. —¡Oh, qué hermosa avecilla! —exclamó Maruja, acariciando suavemente la cabeza del ave.

—Se llama Pío —dijo Luna, asombrada—. Pero es extraño... él nunca se había posado en nadie más que en mí.

—Parece que Maruja le agrada mucho —observó Sai con una sonrisa.

—Hola, Pío —le dijo Maruja al ave, antes de mirar a Luna—. Pero de verdad... ¿no pudiste ponerle otro nombre?

—¡¿Qué estás insinuando?! —replicó Luna con fingida indignación—. ¡Pío es un nombre hermoso!

 —¡Claro que no! —respondió Maruja nerviosa, mientras Sai soltaba una carcajada que resonó en todo el bosque.

Caminaron hasta el trono de la reina Aurora, donde Lily los esperaba radiante de felicidad. Luna le explicó a la reina todo lo ocurrido y le pidió que examinara el pasado de Maruja para hallar rastro de Bruno. La reina extendió su mano y la posó sobre la frente de la bruja. En un instante, los secretos del pasado se revelaron ante ella.

—Majestad, ¿pudo averiguar algo acerca de Bruno? —preguntó Maruja con ansiedad.

—Así es —respondió la reina con serenidad.

—¡¿Sabe dónde está?! —la voz de Maruja casi se quebró.

La reina la miró fijamente y respondió: —Sí. Está justo ahora en tu hombro.

—¡¿Qué?! —exclamó Maruja, mirando a su alrededor sin entender.

—Es esa ave que tienes en el hombro —repitió la reina, señalando a Pío—. Vudú lo convirtió en pájaro para que siempre estuviera cerca de ti, pero sin que pudieras reconocerlo.

—¡Pío es Bruno! —exclamó Luna, boquiabierta.

—Eso explica por qué te siguió desde Opus cuando lo encontraste —reflexionó Sai—. Y por qué no se ha separado de Maruja desde que llegamos.

—Pero hay algo que no entiendo —interrumpió Sai—. Si la maldición de Vudú terminó cuando rompí el bastón, ¿por qué Bruno no regresó a la normalidad?

—Porque en este reino solo funciona la magia de las hadas —explicó la reina Aurora—. El hechizo original de Vudú se rompió, pero la esencia de Bruno sigue atrapada en esa forma mientras esté aquí. Para regresarlo a la normalidad, tienen que sacarlo al mundo exterior.

—Yo misma lo sacaré —ofreció Luna, mirando con cariño a su pequeño amigo alado.

Luna tomó a Pío entre sus manos y voló con rapidez hacia las afueras del Bosque de las Hadas. En cuanto cruzaron el umbral invisible que separaba el reino mágico del mundo exterior, la pequeña ave comenzó a brillar y a transformarse. Sus plumas se convirtieron en piel y sus alas en brazos, hasta que Bruno recuperó su forma original.

Bruno era un joven apuesto, de cabello oscuro y ojos que ahora brillaban con una mezcla de alivio y alegría. Su estatura era imponente y su presencia emanaba una fuerza tranquila, la de un hombre que, a pesar de haber vivido como un animal, nunca perdió su dignidad de caballero.

—¡Gracias a Dios, soy humano otra vez! Gracias, Luna —exclamó Bruno, respirando profundamente el aire del bosque.

—De nada, Pío... ¡quiero decir, Bruno! —respondió Luna, con un deje de tristeza en su voz al perder a su pequeño compañero de aventuras.

—No te sientas triste, pequeña. Siempre seré tu amigo —le aseguró Bruno, dándole un cálido abrazo antes de regresar juntos al encuentro de los demás.

El reencuentro en el palacio fue una explosión de felicidad. Maruja, al ver a su prometido sano y salvo, no pudo contener las lágrimas; la pesadilla de dos años finalmente había terminado. Para celebrar el milagro, la Reina Aurora ordenó preparar un banquete real que duraría toda la noche.

En medio de la alegría, Luna no pudo evitar hacer la pregunta que todos tenían en mente: —Bruno, hay algo que todavía no comprendo. ¿A dónde te fuiste exactamente el día de la boda? El salón guardó un silencio sepulcral. Todos los ojos se clavaron en él.

—Mi única intención era sorprender a Maruja —explicó Bruno con serenidad—. Me adentré en el bosque para buscar sus flores favoritas, las más raras y hermosas. Sin embargo, al emprender el regreso, alguien me atacó por sorpresa. No vi quién fue; solo sentí un golpe y perdí el conocimiento. Cuando desperté, ya no era hombre, sino un ave. Volví a la ciudad y me encontré con el horror: todos eran estatuas de bronce. Pasé días desesperado, intentando hablar, intentando que alguien me entendiera, pero nadie escucha a un pájaro... hasta que llegó Luna.

—Entonces... ¿ahora sí habrá boda? —preguntó Lily con una sonrisa radiante.

—Por supuesto —contestó Maruja, aferrándose al brazo de Bruno—. Y todos ustedes son nuestros invitados de honor.

—¡Momento! —interrumpió Sai con una expresión de fingida indignación—. ¡Yo todavía no he recibido mi regalo! La Reina Aurora soltó una carcajada cristalina. —¡Tienes toda la razón! Con tanto alboroto, casi lo olvido por completo. Ven conmigo, Sai.

Sai y los demás siguieron a la Reina hasta un gran salón ceremonial, oculto tras pesadas cortinas de seda. Al entrar, quedaron mudos ante la visión de una estatua gigantesca esculpida en oro puro. Representaba a una antigua hada guerrera con las alas extendidas en un gesto de majestad, y en sus manos sostenía un arma que parecía vibrar con vida propia.

Era la Lanza de las Hadas. Su asta era de un color verde esmeralda profundo, robusta y equilibrada, adornada con runas antiguas que pulsaban con una luz suave y cálida. La punta, tallada con la precisión de una hoja legendaria, destellaba con una energía latente que hacía que el aire a su alrededor se sintiera cargado. Era un artefacto que inspiraba tanto reverencia como temor, una reliquia que contenía la fuerza de mil antepasados.

—Ya que estás decidido a enfrentarte a Espectro, quiero entregarte esta lanza —sentenció la Reina Aurora con solemnidad—. Es una poderosa arma mágica capaz de herir incluso a los demonios más antiguos.

Lily miraba la lanza maravillada, pero Sai parecía estar en otro lugar. Sus ojos no estaban fijos en el arma dorada, sino en una habitación al fondo del salón, cerrada con dos enormes candados oxidados y protegida por sellos mágicos de advertencia.

—¿Qué hay detrás de esa puerta? —preguntó Sai, con la voz baja y los ojos entrecerrados—. Siento un poder increíble saliendo de ahí... es como si algo me estuviera llamando por mi nombre.

La expresión de la Reina se volvió severa y su voz bajó de tono. —Lo que hay en esa habitación está maldito, Sai. No debe ser tocado por nadie. Quien ose cruzar ese umbral encontrará una muerte segura y eterna. Es demasiado tarde para hablar de maldiciones. Mañana haremos los preparativos para entregarte la lanza. Ahora, vayamos a cenar.

Sai asintió, pero mientras salía del salón, echó una última mirada a la puerta sellada. El llamado en su sangre no se había detenido.

Tras el banquete, un silencio profundo se apoderó del reino de las hadas, mientras las luces mágicas se atenuaban para dar paso al descanso. Sin embargo, en la profundidad de la madrugada, algo oscuro y antiguo despertó en el interior de Sai. En un estado de sonambulismo absoluto, movido por un llamado que solo su sangre podía escuchar, se levantó de su lecho con la mirada perdida pero los pasos firmes.

Caminó por los pasillos de cristal hasta llegar al gran salón. Se dirigió directamente a la habitación sellada, aquella que la reina había prohibido tocar. Sin esfuerzo aparente, Sai sujetó los dos pesados candados y los rompió con sus manos desnudas como si estuvieran hechos de papel seco. Al entrar, sus ojos se fijaron en una extraña espada negra con forma de hacha, de la cual emanaba una energía oscura, vibrante y pesada. La tomó entre sus manos y, envuelto en una calma inquietante, regresó a su habitación para seguir durmiendo.

Al amanecer, el caos estalló en el reino. Las hadas revoloteaban de un lado a otro en un estado de pánico total, susurrando palabras de temor. Lily, Maruja y Bruno se despertaron sobresaltados por el inmenso alboroto que venía de los pasillos.

—Luna, ¿a qué se debe tanto escándalo? —preguntó Maruja, frotándose los ojos todavía adormilados.

—Durante la noche, una espada desapareció de la cámara sellada —contestó Luna con el rostro pálido y una expresión de profunda preocupación.

—¿Todo este ruido es por una simple espada? —preguntó Bruno, soltando un bostezo y sin entender la gravedad del asunto.

La Reina Aurora apareció de pronto entre la multitud. Su voz resonó con una gravedad que heló la sangre de todos los presentes: —No es cualquier espada, Bruno. Se trata de la Demoníaca.

—¡¿La espada maldita?! —Maruja abrió los ojos de par en par, perdiendo el sueño al instante—. Creí que era solo una leyenda y que había sido destruida hace siglos por los dioses.

—No fue así —sentenció la reina con tono sombrío—. Permanecía oculta bajo el sello de mi familia, esperando un día que nunca debió llegar.

Mientras hablaban, Sai apareció al final del pasillo. Venía arrastrando con mucho esfuerzo la pesada arma negra, que dejaba un rastro en el suelo. —¿Alguien de ustedes sabe cómo llegó esta cosa a mi cama? Pesa como una montaña y no puedo soltarla —dijo Sai, mirando a todos con una confusión genuina.

El silencio fue total y absoluto. Las hadas retrocedieron espantadas y los rostros de sus amigos quedaron estupefactos, como si estuvieran viendo un fantasma.

—¡No puede ser! —exclamó Luna, retrocediendo un paso—. ¡¿Cómo es que puedes tocarla sin morir en el acto?!

—¿Qué has hecho, Sai? —preguntó la reina con una mezcla de ira y temor en su voz—. ¿Por qué entraste allí y tomaste esa espada?

—Anoche tuve un sueño —explicó Sai, tratando de despegar el arma de su mano sin éxito—. Soñé que entraba en esa habitación y la tomaba. Cuando desperté, simplemente estaba junto a mí.

—¡Eso no fue un sueño, idiota! ¡Todo fue real! —le gritó Luna, exasperada por la imprudencia de su amigo.

—¿Y qué se supone que voy a hacer con ella? —se quejó Sai, frustrado—. Ni siquiera puedo levantarla bien y parece que se ha quedado pegada a mi piel.

—Ya lo entiendo —murmuró la reina, observándolo con una atención casi religiosa—. Parece que ella fue quien te eligió a ti, y no al revés. La espada ha reconocido algo en ti.

—¡Pues yo no la quiero! ¡Tómela usted! —exclamó Sai, intentando pasarle el arma a la reina.

—¡Aléjala de mí! —gritó Aurora, retrocediendo con pánico evidente—. ¡¿Acaso quieres matarme?!

La reina recuperó la compostura, aunque sus manos aún temblaban. —Escucha con atención, Sai, porque debes saber qué es lo que llevas en las manos. Te contaré la verdadera historia de esa arma. Hace más de doscientos años, tres de los arcángeles más poderosos se rebelaron contra el trono del gran dios Oganesón. Aquellos seres poderosos convencieron a una tercera parte de los ángeles del cielo e iniciaron la guerra más grande que se haya visto jamás.

»Oganesón, al ver la gran amenaza que representaban, le ordenó a su hija, la princesa Iris, que construyera un arma divina capaz de poner fin a la guerra. Pero ella, siendo misericordiosa, se negó a hacerlo; creía que se podía encontrar una solución pacífica sin aniquilar a tantos ángeles. Sin embargo, su hermano, el príncipe Iridio, no estuvo de acuerdo. Él decía que todos los rebeldes debían ser exterminados. Convenció a su padre para que le permitiera crear el arma, y Oganesón aceptó. Movido por la ira y el odio, Iridio utilizó su propia sangre para forjar esa espada, a la que llamó Apocalipsis.

La reina hizo una pausa larga, mirando la hoja negra con horror. »Lo que siguió fue una masacre despiadada. Iridio, poseído por el poder oscuro de la espada, comenzó a asesinar a miles de ángeles, incluso cuando estos ya se habían rendido. La princesa Iris intentó detener a su hermano, pero Iridio, fuera de control, usó la espada contra ella y la hirió de muerte. Oganesón intervino justo antes del golpe final. Al ver a su propia hermana desangrándose por su culpa, Iridio entró en razón. Lleno de tristeza y vergüenza, le entregó la espada a su padre para que la destruyera.

—¿Y qué sucedió con los ángeles que sobrevivieron? —preguntó Lily, completamente atrapada por la historia.

—Iris, le rogó a su padre que les perdonara la vida. Oganesón la escuchó, pero el castigo fue terrible: los maldijo y los convirtió a todos en demonios, creando el Infierno para arrojarlos allí para siempre.

—¿Y cómo es que terminó aquí, en el mundo de las hadas? —preguntó Bruno, intrigado.

—Oganesón intentó destruir la Apocalipsis con todo su poder, pero no pudo —reveló la reina—. Nadie sabe qué secreto usó Iridio para hacerla tan resistente. Sabiendo que su hijo podría caer de nuevo en la tentación de usarla, Oganesón se la dio a Iris para que la escondiera donde nadie pudiera encontrarla. Iris descendió a este mundo, creó a las hadas y nos confió su custodia, imponiendo tres reglas sagradas que no pueden romperse:

—La apodaron "La Demoníaca" porque nació de la furia y la sangre de los ángeles caídos —añadió la reina con voz firme—. Y sí, Maruja, esa espada es tan poderosa que es capaz de matar incluso a los mismos dioses.

—¿Entonces tengo que cargar con este pedazo de hierro todo el viaje? —se lamentó Sai, mirando el arma con desagrado—. Es muy pesada.

—No será necesario —dijo la reina, ahora con una sonrisa más tranquila—. Solo debes derramar un poco de tu sangre sobre la hoja para sellar el pacto. Una vez hecho, podrás invocarla cuando la necesites. Cuando quieras que aparezca, menciona el nombre “Demoníaca” y vendrá a tu mano. Y cuando quieras que se marche, pronuncia su nombre real: “Apocalipsis”.

Sai miró a sus amigos, respiró hondo y tomó una decisión. Poniendo su mano sobre el filo de la espada, hizo un pequeño corte en su dedo y dejó que unas gotas de su sangre cayeran sobre el metal oscuro. La espada brilló de pronto con un resplandor púrpura intenso y opresivo.

—Esta espada será tu mayor aliada contra Espectro —dijo Maruja con total confianza.

—¡Esa espada es asombrosa! —exclamó Bruno, con los ojos abiertos de asombro.

—No lo sé, es muy pesada. Ni siquiera puedo levantarla —se quejó Sai, frotándose el brazo.

—A medida que te hagas más fuerte, la sentirás más liviana —expresó la reina, con un tono de aliento en su voz.

—Eso espero —respondió Sai, sintiendo un hormigueo en el brazo—. Apocalipsis... desaparece.

Al pronunciar el nombre secreto, la espada se desvaneció en el aire como si fuera humo, dejando a Sai con una extraña y nueva sensación de poder recorriendo sus venas.

—Maruja, es hora de irnos —dijo Sai.

—Sí —asintió Maruja.