CAPÍTULO 6: LA MONTAÑA MAKALU
Sai y Luna abandonaron el Bosque de las Hadas y emprendieron el tramo final hacia la montaña Makalu. Después de varias horas de caminata bajo un sol que empezaba a declinar, finalmente pudieron divisar la cima: era una mole de piedra imponente, cuya cumbre parecía haber sido esculpida por manos gigantes en la forma de un rostro antiguo, sabio y severo.
Al llegar al pie de la montaña, el suelo comenzó a vibrar. Un montón de huesos blanqueados por el sol, que parecían restos de viajeros antiguos, comenzaron a elevarse y a unirse entre sí con un crujido seco. En pocos segundos, formaron una extraña criatura de tres metros de alto. Tenía forma humana, pero de su columna brotaba una cola ósea extremadamente larga y afilada, capaz de extenderse varios metros en un parpadeo.
—¡¿Qué demonios es eso?! —exclamó Luna, retrocediendo en el aire mientras observaba cómo la criatura se erguía.
—No lo sé, pero dudo que nos permita pasar sin más —respondió Sai, apretando los puños—. Ten cuidado, Luna. Puedo sentir que esa cosa está imbuida con una magia muy poderosa.
La criatura permanecía inmóvil, como una estatua, pero atacaba con una ferocidad mecánica cada vez que Sai intentaba dar un paso hacia la ladera. Sus ataques eran una ráfaga de golpes rápidos, y su cola se movía como un látigo mortal en cualquier dirección, creando un perímetro que parecía impenetrable.
Sai esquivaba y bloqueaba con destreza, pero la cola era demasiado rápida; cada vez que intentaba acercarse para golpear el torso del monstruo, la punta afilada lo obligaba a retroceder. La tensión aumentaba y el sudor comenzaba a correr por la frente de Sai.
—Es demasiado fuerte, no puedo romper su guardia para acercarme —exclamó Sai, jadeando por el esfuerzo.
—Creo que hay una forma de vencerla —respondió Luna desde arriba. Sus ojos brillaban con una determinación nueva.
—¡¿Cuál es?! —preguntó Sai, confiando ciegamente en la aguda visión de su pequeña compañera.
—Esa criatura no tiene vida propia, es solo un autómata que reacciona al movimiento. Ataca a todo lo que se le acerca sin distinción. ¡Mira! —Luna tomó una piedra del suelo y la lanzó con fuerza. En cuanto la piedra entró en el radio de la criatura, la cola ósea la destrozó en mil pedazos en un movimiento casi invisible.
—¡Tenías razón, Luna! Eres mucho más que un hada ruidosa —dijo Sai, impresionado.
—Lo sé —respondió ella con una sonrisa de suficiencia.
Sai recogió varias piedras y comenzó a lanzarlas en diferentes direcciones. Mientras la criatura se distraía destrozando los proyectiles, Sai aprovechó el hueco y conectó un golpe devastador que desarmó por completo el esqueleto. Sin embargo, antes de que pudieran celebrar, los huesos volvieron a juntarse en el suelo con una rapidez asombrosa, reconstruyendo al guardián en segundos.
—¡No puede ser! —exclamó Sai, frustrado—. Le di con todas mis fuerzas y no sufrió ni un rasguño. Esos huesos son irrompibles.
—¿Irrompibles? —murmuró Luna, analizando el montón de calcio y magia.
—Lo intentaré de nuevo —rugió Sai, abalanzándose otra vez.
Continuó golpeando, pero los resultados eran nulos. La criatura se regeneraba cada vez más rápido. Fue entonces cuando Luna tuvo una idea brillante: —¡Lo tengo! Ya sé cómo podrás vencer a esa cosa, pero vas a necesitar usar toda tu velocidad. ¡No puedes fallar!
—¡Te escucho! —respondió Sai, deteniéndose justo antes de ser alcanzado por la cola.
—Tienes que hacer que se rompa ella misma —explicó Luna—. Si nada de fuera puede romper esos huesos, deja que su propia fuerza lo haga. Engáñala para que use su cola contra su propio cuerpo.
—Entiendo el plan. ¡Hagámoslo!
Sai lanzó una ráfaga de piedras para confundir los sentidos del monstruo y luego cargó en línea recta, como si fuera a dar un golpe frontal. Pero, en el último milisegundo, justo cuando la cola ósea se lanzó con toda su potencia hacia su pecho, Sai se agachó y se movió con una velocidad cegadora.
El impacto fue seco y ensordecedor. La cola de la criatura, impulsada por toda su magia y peso, golpeó su propio torso con una fuerza brutal. Al ser la misma materia "irrompible" chocando contra sí misma, el esqueleto se desintegró en fragmentos tan diminutos que la magia ya no pudo volver a unirlos. Los restos quedaron esparcidos por el suelo como polvo blanco.
—¡Sí! ¡Lo lograste! —exclamó Luna, aterrizando y saltando de alegría.
—Ambos lo logramos —dijo Sai, recuperando el aliento—. Sin tu astucia, todavía estaría dándole puñetazos a esos huesos. ¿Cómo supiste que funcionaría?
—Fácil. Si algo es tan duro que nada lo rompe, solo puedes vencerlo usando su propia dureza en su contra —respondió Luna, inflando el pecho con orgullo.
—Eres muy lista, Luna.
—¡Sí, ya te lo había dicho! —respondió ella, devolviéndole la sonrisa.
Tras dejar atrás los restos del guardián de huesos, Sai y Luna se adentraron en las entrañas de la montaña Makalu. Frente a ellos se abría una escalera de piedra tan larga que parecía perderse entre las nubes, conduciendo directamente hacia la cima donde se alzaba el castillo de la bruja Maruja. Sin perder tiempo, comenzaron el ascenso.
Sin embargo, después de más de treinta minutos subiendo escalón tras escalón, Luna se detuvo en seco, mirando a su alrededor con una expresión de desconcierto.
—Sai, ¿no te has dado cuenta de algo extraño? —preguntó Luna, frunciendo el ceño—. Es como si no estuviéramos avanzando en absoluto. Los relieves de las paredes y las grietas de los escalones se repiten una y otra vez.
—Ahora que lo dices, tienes razón —respondió Sai, deteniéndose también y mirando hacia abajo. El inicio de la escalera parecía estar a la misma distancia que cuando empezaron—. Parece que estamos atrapados en algún tipo de trampa mágica.
Luna se quedó pensativa un momento antes de proponer una prueba. —Tengo una idea. Crearé un objeto para marcar nuestra posición. Utilizando su magia, Luna hizo aparecer una manzana roja y jugosa entre sus manos. La dejó con cuidado en el centro del escalón donde estaban y continuaron subiendo con paso firme. Treinta minutos más tarde, el corazón de ambos se hundió al ver la misma manzana roja descansando en el suelo, exactamente en el mismo escalón.
—¡Lo sabía! Es una magia de tiempo indefinido —exclamó Luna, recogiendo la fruta.
—¿De tiempo qué? —preguntó Sai, confundido por el término.
—De tiempo indefinido. Es un hechizo muy poderoso y molesto. Crea un bucle que hace que, tras un tiempo determinado, todo vuelva al punto de inicio. Estamos caminando en círculos sin movernos del sitio —explicó el hada.
—¿Sabes cómo podemos romper el ciclo? —preguntó Sai, analizando cada piedra con determinación.
—En teoría, estas magias se activan haciendo algo específico y se desactivan haciendo lo contrario. Pero es complicado descubrir el disparador —contestó Luna.
—Sea lo que sea, la clave está en estos escalones —afirmó Sai.
Luna asintió con entusiasmo. —Creo que el bucle se reinicia cuando pisamos un escalón en especial. ¡Probemos algo! Subamos pisando únicamente los escalones pares. Implementaron la idea con cuidado, contando cada paso, pero treinta minutos después, la manzana volvió a aparecer frente a ellos. Fracasaron.
—Probemos ahora solo con los impares —sugirió Luna, sin perder la esperanza. Lo intentaron de nuevo, saltando los escalones con precisión, pero el resultado fue el mismo: el bucle los devolvió al punto de partida.
—Estamos perdiendo un tiempo precioso —dijo Sai, mirando hacia el cielo con preocupación—.
—¡Una inteligente y hermosa hada como yo no puede morir atrapada en esta estúpida escalera! —exclamó Luna, perdiendo la paciencia y pateando el aire.
Sai se quedó en silencio, observando la escalera hacia arriba y hacia abajo. De pronto, una chispa brilló en sus ojos. —¿Y si lo hacemos al revés, Luna?
—¿Al revés? ¿A qué te refieres? —preguntó ella, confundida.
—Sí. Yo subiré, pero tú bajarás. Si uno de nosotros está activando la magia al avanzar, el otro, al ir en dirección contraria, podría estar anulando el efecto del hechizo. Estaríamos haciendo lo opuesto al mismo tiempo.
—¡Es una idea brillante! —exclamó Luna con renovada determinación—. ¡Hagámoslo! Pusieron el plan en marcha de inmediato. Sai comenzó a subir mientras Luna descendía por los mismos escalones que acababan de recorrer. Al principio parecía que no pasaba nada, pero a los treinta minutos, en lugar de encontrar la manzana, se encontraron el uno al otro en una amplia plataforma de piedra: habían llegado finalmente a la cima de la montaña.
—¡Lo logramos! —exclamó Sai, emocionado al ver las grandes puertas del castillo frente a ellos.
—Así es... —admitió Luna, recuperando el aliento—. No sé cómo no se me ocurrió a mí primero.
—Bueno, ya ves que no eres la única inteligente en este equipo —dijo Sai, soltando una carcajada que resonó en las paredes de piedra.
Mientras tanto, en la ciudad de Opus, el sol ya se había ocultado por completo. Las estatuas de bronce habían recuperado su forma humana y la vida nocturna comenzaba de nuevo bajo la sombra de la maldición.
En una de las casas, Lily miraba por la ventana hacia una montaña, con el rostro marcado por la angustia. —Me pregunto cómo le estará yendo a Sai. ¿Crees que ya habrá llegado a la montaña Makalu? —preguntó Lily con un hilo de voz.
—Tranquila, mi niña —contestó Lara, acercándose para ponerle una mano en el hombro—. Sai es fuerte y tiene un corazón valiente. Estoy segura de que está bien. Todo el pueblo está orando para que tenga éxito.
—Así es, Lily. Debemos tener fe —añadió Bem, asintiendo con gravedad—. Sai es nuestra única esperanza para volver a ver la luz del sol.
Cuando Sai y Luna alcanzaron la cima de la montaña Makalu, el paisaje no era lo que esperaban. No había muros altos ni torres puntiagudas a la vista. En su lugar, lo único que se alzaba sobre la roca desnuda era una gran puerta de color negro azabache, tan oscura que parecía absorber la poca luz que quedaba en el cielo.
—¿Dónde está el castillo? —preguntó Sai, recorriendo el horizonte con una mirada llena de sorpresa y desconfianza.
—Debe estar oculto bajo un velo de magia ilusoria —respondió Luna, cuyas alas vibraban con nerviosismo—. Pero estoy segura de que, si atravesamos esa puerta, entraremos en sus dominios.
—Tienes razón. Siento una presencia abrumadora detrás de ese umbral. Es como si algo muy antiguo y poderoso estuviera contando nuestros pasos —dijo Sai, frunciendo el ceño mientras su instinto de guerrero se encendía.
—Debemos tener cuidado. No sabemos qué trampas nos aguardan al otro lado —advirtió el hada.
Sai se detuvo frente a la puerta y miró a su pequeña compañera con preocupación. —Luna, ya has hecho suficiente. Agradezco tu valor, pero será mejor que yo entre solo. Lo que hay ahí dentro no es para ti.
—No te dejaré entrar solo, Sai —respondió Luna, con una determinación que no admitía réplicas—. Podrías necesitar mi magia, o al menos alguien que te diga por dónde golpear.
—Pero podrías morir...
—Ya deja de hablar y entremos de una vez —interrumpió ella, volando hacia la puerta con decisión.
Sai asintió con una sonrisa resignada y empujó la pesada hoja de madera negra. Al cruzar el umbral, el espacio se distorsionó y se encontraron en el interior de un castillo colosal. El hogar de Maruja era un espectáculo imponente y lúgubre: las paredes de piedra gris estaban tapizadas de musgo y líquenes, y las antorchas de fuego azul iluminaban el gran salón, proyectando sombras que parecían cobrar vida.
En el centro, sobre un trono tallado en piedras preciosas que brillaban con luz propia, estaba sentada la bruja Maruja. Era una mujer de una belleza cautivadora: piel morena, cabello negro y rizado que caía como una cascada oscura sobre sus hombros, y un vestido negro que resaltaba su figura. Sin embargo, sus ojos eran de un rojo intenso, como brasas ardiendo en la oscuridad, y sostenía un bastón mágico que emanaba un aura siniestra.
Al verlos, una sonrisa gélida cruzó su rostro y, con una voz masculina y profunda que no correspondía a su cuerpo, les dijo: —Bienvenidos a mi castillo. Debo confesar que estoy impresionado; nunca imaginé que alguien fuera capaz de romper el bucle de la escalera. Como recompensa por sus logros, les prometo una muerte rápida.
—Eres muy amable —respondió Sai en tono desafiante—, pero ¿por qué no dejas de esconderte en ese cuerpo y nos muestras tu verdadera cara, parásito?
La bruja estalló en una carcajada ronca. —No necesito abandonar este cuerpo para eliminar a un par de cucarachas como ustedes.
Sai se preparó para atacar, pero Luna le gritó: —¡Espera, Sai! Recuerda que esa mujer es una víctima. No puedes lastimar a Maruja, o la maldición nunca se romperá.
—Tienes razón —dijo Sai, frenando su impulso—. Pero, ¿cómo peleo contra ella sin herirla?
—¡El bastón! —sugirió Luna—. Esa es la fuente del poder de Vudú. Si lo rompes, el vínculo se cortará.
Sai se abalanzó hacia el trono, pero Maruja era una sombra inalcanzable. Cada vez que él lanzaba un golpe, ella se teletransportaba con un destello de luz roja, apareciendo a su espalda para golpearlo con una fuerza sobrenatural. Usando el bastón, disparaba ráfagas de energía pura que lanzaban a Sai contra las columnas del salón, causándole un daño terrible.
Parecía una batalla perdida, pero Vudú cometió un error: subestimó al hada. Mientras el demonio se mofaba de la paliza que le propinaba a Sai, Luna se acercó de forma sigilosa, volando a ras del suelo. En un descuido, se lanzó sobre el arma y, con un movimiento rápido, le arrebató el bastón mágico.
—¡NOOOOOO! —rugió la voz masculina con desesperación. Luna le lanzó el bastón a Sai, quien lo atrapó en el aire y, con un grito de furia, lo quebró sobre su rodilla. En ese instante, una masa de energía púrpura fue expulsada del cuerpo de Maruja, y a kilómetros de allí, la barrera de la ciudad de Opus se desvaneció por completo.
—Ahora sí me han hecho enojar, en especial tú, pequeña rata alada —dijo la entidad mientras tomaba su verdadera forma. Vudú surgió como un demonio imponente y grotesco. Tenía una cabeza desproporcionada con orejas largas como cuernos, piel púrpura oscura y una joroba que le daba un aspecto encorvado y peligroso. Sus ojos eran dos pozos negros que parecían devorar la luz del salón.
Maruja cayó al suelo, confundida y sin recordar los últimos dos años de su vida. Mientras Luna intentaba explicarle la situación a la bruja debilitada, Sai se vio envuelto en la pelea más difícil de su vida. Vudú era una fuerza de la naturaleza: su velocidad superaba todo lo que Sai había enfrentado antes. Cada golpe del demonio se sentía como el impacto de una roca, y Sai apenas podía mantener la guardia mientras era arrastrado por todo el salón.
—¡Maruja, tienes que ayudarlo! —suplicó Luna, viendo cómo Sai escupía sangre tras un impacto en las costillas—. ¡Ese monstruo lo va a matar!
—Lo siento, pequeña... —respondió Maruja con lágrimas en los ojos y la voz débil—. No puedo usar mi magia. Ese demonio dejó un rastro de oscuridad en mi alma y aún ejerce un control parcial sobre mi voluntad. ¡Estoy bloqueada!
Mientras Vudú continuaba golpeando a Sai sin piedad, Luna, desesperada por detenerlo, creó una manzana con su magia y se la arrojó al rostro del demonio. El impacto, aunque insignificante, solo sirvió para enfurecerlo aún más.
—¡Pequeña sabandija! ¡Te arrancaré la cabeza y se la daré de comer a los buitres! —rugió Vudú, con una furia incontrolable.
Con un movimiento vertiginoso, Vudú atrapó a Luna en el aire. La sujetó por el cuello, apretando con una fuerza inhumana. Maruja, al ver la escena, se abalanzó sobre el demonio para intentar ayudarla, pero Vudú le propinó un golpe devastador que la arrojó contra el muro, dejándola aturdida en el suelo.
—¡Suéltala! —gritó Sai, malherido y tirado en el suelo, incapaz de moverse.
—No te desesperes, sabandija. Cuando acabe con la enana, seguirás tú —respondió Vudú con una sonrisa malévola, mientras apretaba aún más la garganta de Luna.
Con un tirón brutal, Vudú le arrancó la cabeza a Luna. El pequeño cuerpo del hada cayó al suelo sin vida. Sai quedó paralizado por el horror. La imagen de su hermana Mily, muerta, se repitió una y otra vez en su mente. Fue como si un interruptor se hubiera encendido en su interior. Entró en una especie de trance, y su corazón empezó a latir con una rapidez antinatural. De su cuerpo comenzó a emerger un humo espeso de color púrpura, denso y oscuro, como si algo ancestral se estuviera quemando dentro de él.
Sai se transformó en un demonio aterrador. Su aliento se volvió hirviente y sus ojos ardían como dos brasas incandescentes. Creció hasta los dos metros de altura, su piel adquirió un tono grisáceo, y su cuerpo se esculpió en una masa de músculos tensos y definidos. No solo su físico había cambiado, sino también su fuerza y velocidad, que se habían incrementado a niveles monstruosos.
—¡Imposible! —exclamó Vudú, retrocediendo aterrorizado—. ¡¿Quién demonios es ese chico?! Se ha convertido en un demonio, y su poder se ha disparado. Tiene un aura siniestra... No creo que pueda ganarle. Lo mejor será que huya.
—¡No puede ser! —exclamó Maruja, recuperándose del golpe y viendo la transformación.
Sai, cegado por la ira y el dolor, comenzó a destruir todo lo que había a su alrededor con una furia descontrolada. Cuando vio que Vudú intentaba escapar, apareció frente a él en un instante y le propinó un golpe tan brutal que le rompió casi todos los huesos del cuerpo. Luego, con una brutalidad despiadada, empezó a desmembrarlo, arrancándole las extremidades con una facilidad escalofriante. El demonio Vudú, finalmente, dejó de existir. En ese mismo instante, Maruja sintió cómo su magia regresaba a ella, y su bastón mágico reapareció en su mano.
Pero el peligro no había terminado. Sai, aún fuera de sí, con la mente nublada por la rabia, se abalanzó contra Maruja con la intención de matarla. Ella, rápida como un rayo, utilizó su magia para teletransportarse fuera del castillo. Acto seguido, con un gesto de su bastón, creó un hechizo que selló la gran puerta negra, buscando contener a Sai en el interior.
Maruja sabía que aquel sello no detendría a Sai por mucho tiempo. Así que, sin dudarlo, tomó un poco de su propia sangre y comenzó a preparar un sello mágico antiguo, uno capaz de revertir la transformación. Cuando terminó, se teletransportó de nuevo al interior del castillo. Al entrar, encontró a Sai de pie en un rincón, meneando la cabeza de un lado a otro, como si estuviera librando una batalla interna contra una entidad en su interior.
Maruja intentó acercarse de manera sigilosa para aplicarle el sello, pero Sai reaccionó al menor ruido y la atacó con una velocidad aterradora. Era demasiado rápido y fuerte; ella no podía hacerle frente. Con su magia, creó barreras y objetos para protegerse, pero Sai los destruía con facilidad pasmosa.
El demonio en el que se había convertido Sai continuaba enfureciéndose, volviéndose más poderoso y completamente fuera de control. Maruja, viendo que no tenía otra opción, decidió jugárselo todo en un solo intento. Utilizó su magia para crear una densa niebla púrpura que llenó todo el castillo. La niebla era tan espesa que apenas se podían ver las palmas de las manos. Aprovechando la confusión, se abalanzó sobre Sai y logró colocarle el sello en el pecho. Sin embargo, al hacerlo, recibió un golpe residual tan potente que casi le costó la vida, cayendo al suelo herida y exhausta.
Mientras la niebla empezaba a desvanecerse lentamente, Maruja, aún en el suelo y sin fuerzas, vio la figura de un demonio acercándose a ella. Pensó que el sello había fallado y que ese sería su fin.
—¿Estás bien? —preguntó Sai, su voz sonaba preocupada y completamente humana.
—¡¡¡Gracias a Dios!!! —exclamó Maruja, llena de alivio. El sello había funcionado. Sai había vuelto a la normalidad, pero no recordaba nada de lo sucedido mientras estuvo transformado.
—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó Sai, confundido, mirando a su alrededor.
—¿No lo recuerdas? —preguntó Maruja, sorprendida.
—Lo único que recuerdo es que Vudú mató a Luna —dijo Sai, su voz temblaba de tristeza y rabia contenida.
—Tranquilo. Puedo revivirla —dijo Maruja, intentando consolarlo.
—¡¿De verdad?! —exclamó Sai, sus ojos se iluminaron de esperanza.
—Así es, pero necesito descansar un poco antes de intentarlo —dijo Maruja, aún agotada por el esfuerzo.
—Está bien —respondió Sai, asintiendo con comprensión.
Maruja utilizó su magia para curarse a sí misma de las heridas más graves. Después, se dirigió hacia los restos de Vudú y, entre la masa destrozada, encontró su corazón. Sosteniéndolo en alto con su bastón mágico, recitó unas extrañas palabras en un lenguaje antiguo. En ese momento, el pequeño cuerpo sin cabeza de Luna comenzó a brillar con una intensa luz blanca. Para el alivio de todos, el hada resucitó, su cuerpo se reconstituyó y su cabeza apareció en su lugar, intacta. Sai estaba inmensamente feliz de ver a su amiga sana y salva.
—Muchas gracias, Maruja —dijo Sai, su voz llena de una gratitud sincera al ver a Luna volar de nuevo.
—Sí, muchísimas gracias, Maruja, y a ti también, Sai —expresó Luna, sonriendo alegremente.
—Soy yo quien debe agradecerles. Si no fuera por ustedes, seguiría siendo esclava de ese demonio —dijo Maruja, con sinceridad en su mirada.
—¿Imagino que la maldición de la ciudad de Opus desapareció? —preguntó Luna, llena de esperanza.
—Así es. Ya todo regresó a la normalidad —respondió Maruja con una sonrisa—. Los llevaré a la ciudad tan pronto como termine de reconstruir mi castillo.
—¡Está bien! —asintió Luna, recogiendo la manzana que le había arrojado a Vudú y dándole un mordisco. Maruja, ahora libre y con su poder restaurado, utilizó su magia para reconstruir las paredes y columnas destrozadas del castillo.