🎁 ¡Bono Exclusivo para Lectores!

Antes de que te vayas, aquí te comparto una de las escenas perturbadoras y picantes típicas de SAI HELL. 🫢


Un mes después del nacimiento, en medio de la quietud de la noche, desapareció el jardinero del castillo, un humano llamado Bily. Era un hombre de piel negra, ojos verdes y cabello blanco que siempre mantenía los arbustos podados a la perfección. Al amanecer, los sirvientes informaron a Mongo que Bily no aparecía por ninguna parte. Lo habían buscado dentro y fuera del castillo, pero era como si se lo hubiera tragado la tierra.

Mongo no le dio demasiada importancia en ese momento. Pensó que quizá alguno de los capitanes, consejeros o generales, en un arranque de hambre o aburrimiento, lo había matado y hecho desaparecer el cuerpo. Sin embargo, una semana después, ocurrió exactamente lo mismo. Esta vez fue Rosa, la encargada de limpiar las habitaciones de los hijos del rey, una mujer de piel blanca, ojos azules y cabello negro muy eficiente. Había desaparecido sin dejar rastro ni señal de lucha.

Aquello no podía ser coincidencia. Algo extraño y silencioso estaba ocurriendo dentro de los muros. Mongo se dirigió al salón real y preguntó directamente a los consejeros, capitanes y generales si alguno de ellos tenía que ver con las desapariciones de los sirvientes. Todos, desde Pavor hasta Crápulo, negaron cualquier implicación. Sin más opciones, decidió buscar a los gobernantes en la parte trasera del castillo, donde el rey, Marta y Hellsy solían tomar el sol rojizo del infierno.

Al llegar, los encontró reclinados en largas sillas rojas, hechas de un material que parecía mármol pulido y que se mantenía frío a pesar del clima.

—Disculpe, señor —dijo Mongo, inclinando la cabeza con respeto—. Necesito hacerles una pregunta importante.

—¿Qué quieres ahora, Mongo? —preguntó el rey, sin molestarse en levantar la vista de un pergamino que sostenía.

—La semana pasada desapareció el jardinero, y anoche lo mismo pasó con la encargada de limpieza —explicó Mongo con seriedad—. ¿Alguno de ustedes tiene algo que ver con esto?

El rey esbozó una sonrisa cínica y respondió con calma:

—Sabes bien que solo mato a esas escorias cuando es estrictamente necesario. Y si lo hago, no tengo ninguna necesidad de ocultarlo. No he tocado a tus sirvientes.

—Yo tampoco fui —intervino Marta con una tranquilidad que rayaba en la indiferencia—. He estado ocupada con mis visiones.

Hellsy permanecía en un silencio absoluto, con la mirada perdida en el cielo nublado por la ceniza. Mongo la observó con atención, notando que su respiración era rítmica y pesada.

—¿Y usted, majestad? —insistió el dragón negro.

Hellsy bajó la mirada con un desdén evidente y contestó con voz cortante:

—Por supuesto que no. Seguramente se están escapando. Deberías estar más atento a esas criaturas, Mongo; es tu trabajo vigilarlas y evitar que huyan.

—Sí, majestad —respondió Mongo, dando media vuelta con un nudo de sospecha en el estómago—. Seguiré investigando.

Decidido a no dejar cabos sueltos, se dirigió al laboratorio de Crápulo. Al entrar, el olor a formol y sangre vieja lo golpeó. Comenzó a registrar el lugar con brusquedad, inspeccionando incluso debajo de los cadáveres que yacían sobre las mesas de metal.

—¿Qué demonios estás buscando aquí? —preguntó Crápulo, arqueando una ceja mientras soltaba un escalpelo.

—¿Has utilizado al jardinero y a la encargada de limpieza para tus experimentos secretos? —preguntó Mongo, mirándolo con profunda desconfianza.

—No seas ridículo —replicó Crápulo con desdén—. Yo busco mis propios especímenes personalmente en el mundo humano para asegurar la calidad. No necesito tus sobras de cocina.

—Sabes que está prohibido matar a los humanos del castillo sin permiso —le recordó Mongo, endureciendo la voz y acercándose a él—. No es fácil encontrar buenos sirvientes que no se mueran del susto en la primera semana.

—Te lo repito, no he tocado a tus miserables esclavos —espetó Crápulo, visiblemente irritado—. Y será mejor que no vuelvas a entrar a mi laboratorio sin mi permiso.

Mongo se detuvo en seco y apretó fuertemente los puños, con la clara intención de propinarle un golpe en el rostro que le quitara la arrogancia, pero en ese preciso momento apareció Marta en el umbral de la puerta.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó la bruja, notando que la tensión estaba a punto de estallar en violencia física.

Mongo se giró bruscamente y salió del laboratorio de Crápulo sin decir una sola palabra, con la mandíbula apretada por la rabia. Pasó el resto del día buscando por cada rincón oscuro del castillo, los sótanos, las torres y los alrededores del foso, pero no encontró ni rastro de Bily ni de Rosa. Era como si la tierra misma se los hubiese tragado, sin dejar una gota de sangre o una prenda de vestir que indicara su paradero.

Para evitar que el pánico se extendiera entre la servidumbre y para frenar las desapariciones, Mongo tomó una medida drástica y organizada. Preparó dos de las habitaciones más grandes y seguras del ala de servicio del castillo: una para que durmieran todos los hombres y otra para las mujeres. Instaló pesadas cerraduras y, cada noche, él mismo se levantaba en la madrugada para hacer rondas silenciosas y asegurarse de que todos estuvieran en sus camas. Durante casi un mes, la calma regresó. No hubo más vacantes misteriosas ni susurros de miedo en los pasillos. Parecía que, finalmente, el problema se había resuelto con su vigilancia.

Sin embargo, una noche cerrada, mientras hacía su ronda habitual bajo la luz de las antorchas que chisporroteaban en las paredes, algo rompió la rutina. Cuando Mongo llegó a la habitación de las mujeres, todo parecía estar en orden: los ronquidos leves y el sonido de la respiración profunda llenaban el aire, indicando un sueño tranquilo. Pero al acercarse a la habitación de los hombres, sus instintos de guerrero se dispararon.

Unos gemidos espesos, rítmicos y el sonido de cuerpos chocando con violencia se filtraban a través de la pesada puerta de madera. Mongo frunció el ceño y sintió que su corazón se aceleraba. Con una agilidad asombrosa para su tamaño, se acercó sigilosamente y abrió la puerta apenas una rendija, lo suficiente para observar el interior sin ser detectado. La escena que vio lo dejó petrificado, con los ojos muy abiertos por el horror y la repulsión.

Hellsy estaba en el centro de una orgía desenfrenada con los once sirvientes humanos del castillo. La habitación estaba sumergida en una luz rojiza, intensa y antinatural, que parecía brotar directamente de las pupilas de los hombres. El ambiente estaba cargado de un olor penetrante a sudor, sexo y magia oscura. Los once sirvientes, completamente desnudos, rodeaban y poseían a la reina con movimientos frenéticos y animales. Sus rostros no mostraban placer real, sino sonrisas amplias, fijas y vacías; eran marionetas de carne bajo un encantamiento que los obligaba a actuar con una resistencia y fuerza sobrehumanas.

La reina estaba en medio de ellos, entregada al acto con una voracidad que Mongo nunca imaginó. Su piel brillaba, bañada en el sudor y los fluidos de los humanos, mientras sus manos se clavaban en las espaldas de los hombres que la rodeaban. Hellsy movía sus caderas con un ritmo salvaje, guiando a los esclavos para que la penetraran por turnos y en grupo, sin descanso. Sus gemidos eran gritos de lujuria pura que rebotaban en las paredes, mezclándose con los sonidos húmedos de la penetración y el jadeo constante de los once hombres que la servían como si fueran bestias en celo.

El hechizo que les había lanzado mantenía a los humanos en un estado de erección constante y dolorosa, obligándolos a embestirla con una potencia que habría destrozado a una mujer mortal. Hellsy sonreía con una malicia seductora, disfrutando de cada roce y de la humillación de tener a toda la guardia de servicio masculina sometida a su entrepierna. Sus ojos verdes brillaban con una luz tóxica mientras susurraba órdenes inaudibles que hacían que los hombres cambiaran de posición con una obediencia absoluta, turnándose para lamer su piel y penetrarla con una desesperación carnal que no conocía límites.

Mongo sintió una náusea profunda al ver cómo aquellos once hombres, seres que él debía proteger y supervisar, estaban profanando el cuerpo de la reina bajo el propio mando de ella. Era una degradación total de su estirpe; una reina demonio revolcándose entre la inmundicia de los esclavos humanos. El contraste entre la piel delicada de Hellsy y la brutalidad con la que los once hombres la manipulaban creaba una visión de poder perverso y lujuria desenfrenada.

El dragón observó en silencio durante unos segundos, con el estómago revuelto por la bajeza de la escena. Cerró la puerta con una delicadeza extrema, aunque por dentro quería derribarla y masacrarlos a todos. Sabía que aquello era una traición de proporciones inimaginables contra el rey. Corrió hacia la habitación de Absalón con el corazón martilleando contra sus costillas. Al entrar, encontró al rey en la cama, pero su estado era alarmante. Estaba rígido, con los ojos cerrados y una respiración demasiado lenta, atrapado en un hechizo de sueño profundo que Hellsy le había impuesto para poder escapar a sus noches de lujuria.

Desesperado, Mongo intentó despertarlo sacudiéndolo con fuerza, gritando su nombre e incluso dándole bofetadas, pero el rey no reaccionaba; era como un cadáver caliente. Sin perder un segundo, salió disparado hacia la habitación de Marta.

—¡Marta! —gritó al entrar, visiblemente agitado—. Necesito tu ayuda ahora mismo. El rey está bajo un hechizo de sueño y no despierta. ¡Tienes que romperlo ya!

Marta, al ver la urgencia y el asco reflejado en el rostro de Mongo, asintió sin hacer preguntas y se dirigió de inmediato a la alcoba real. Con un gesto decidido de sus manos, invocó un hechizo de reversión. Una ráfaga de aire gélido recorrió la habitación y el encantamiento se rompió como un cristal golpeado por una piedra.

—¿Qué demonios pasa aquí? —preguntó el rey, incorporándose bruscamente, con los ojos inyectados en sangre y una furia inmediata por el despertar tan violento.

—Perdóneme, señor, pero tiene que acompañarme de inmediato —dijo Mongo, luchando por no escupir las palabras de puro asco—. Es algo extremadamente urgente y grave que involucra a la reina.

—¿Qué ocurre con Hellsy, Mongo? —preguntó el rey, moviéndose entre la confusión y la intriga mientras saltaba de la cama.

—Es mejor que lo vea usted mismo, majestad —replicó el dragón, dándose la vuelta y caminando rápidamente por el pasillo, seguido de cerca por un rey desconcertado y una Marta que ya empezaba a oler la magia sexual que impregnaba el aire del castillo.

Llegaron finalmente a la habitación de los sirvientes. Los gemidos que se filtraban desde el interior eran ahora gritos de lujuria desenfrenada, acompañados por el sonido húmedo y constante de cuerpos chocando sin piedad. El aire que escapaba por las rendijas de la puerta olía a sexo, sudor y a esa magia roja que Mongo ya había detectado. El dragón se detuvo y, con un gesto solemne, señaló la entrada.

—Abra la puerta, señor —dijo el dragón con una voz cargada de pesadez.

El rey, con el ceño fruncido y una furia contenida que hacía vibrar las paredes, empujó la pesada madera con una fuerza brutal. La puerta se abrió de par en par, revelando una escena que lo dejó paralizado en el umbral, con los ojos inyectados en sangre.

En el centro de la habitación, bajo el resplandor de una luz rojiza y sobrenatural, Hellsy estaba de rodillas sobre el suelo de piedra, entregada por completo a una depravación total. Estaba rodeada por los once sirvientes humanos, quienes, convertidos en bestias por el hechizo, la asediaban por todos los ángulos posibles. La reina estaba completamente desnuda, con la espalda arqueada y la cabeza echada hacia atrás en un gesto de éxtasis salvaje. Su piel estaba bañada en sudor y cubierta de pies a cabeza por un líquido viscoso y blanco que goteaba de su pecho, de sus muslos y de su rostro.

Varios hombres la penetraban al mismo tiempo con una violencia rítmica, mientras otros se turnaban para restregar sus miembros contra su piel o forzarla a usarlos en su boca. Hellsy no solo participaba, sino que guiaba el acto con gemidos guturales, moviendo sus caderas con una agilidad diabólica para recibir las embestidas de los once hombres que, con las pupilas rojas y fijas, parecían máquinas diseñadas solo para poseerla. El sonido de los cuerpos impactando contra ella y los jadeos animales de los esclavos llenaban el lugar con una vibración obscena.

Al notar la imponente figura del rey y la sombra de Mongo en la entrada, el hechizo de lujuria pareció flaquear. Hellsy bajó la mirada, intentando recuperar algo de compostura mientras los sirvientes, aún bajo el efecto de la magia, seguían frotándose contra ella como perros en celo. Con los labios húmedos y los ojos nublados por el placer excesivo, lo miró con una mezcla de cinismo y vergüenza fingida, balbuceando con voz quebrada:

—Lo siento... es más fuerte que yo... No pude evitarlo...

El rostro de Absalón no mostró dolor, ni celos, ni tristeza; simplemente se endureció como el mármol más frío de su castillo. Sus ojos recorrieron con asco el cuerpo de su esposa, manchado por el fluido de los humanos, y luego a los esclavos que aún se movían con torpeza. Con una voz fría que calaba hasta los huesos, sentenció:

—Marta, báñala y llévala a la habitación del fondo. Ponle un hechizo restrictivo para que no pueda salir de allí, ni usar su magia, ni comunicarse con nadie.

—Sí, señor —respondió Marta, entrando en la habitación con un desprecio evidente. Agarró a Hellsy por el brazo, ayudándola a levantarse mientras el líquido blanco resbalaba por sus piernas hacia el suelo, y la cubrió con una manta vieja antes de arrastrarla fuera de la alcoba.

En cuanto Marta salió llevándose a la reina, el lazo mental que mantenía a los hombres en trance se rompió. Los once sirvientes cayeron al suelo, despertando de golpe de aquella pesadilla de placer. Al verse desnudos, agotados y notar la presencia aterradora del rey Absalón, el miedo más puro los invadió. Empezaron a temblar violentamente, dándose cuenta de que habían profanado a la reina frente a los ojos del soberano. Algunos intentaron balbucear súplicas, pero sus voces se ahogaron en sus gargantas.

—Mátalos a todos —ordenó el rey sin mirar atrás, dando media vuelta para marcharse.

Mongo no cuestionó la orden. Cerró la puerta tras de sí con un sonido seco y definitivo. Poco después, los gritos aterradores y los sonidos de carne siendo desgarrada resonaron con una fuerza brutal por toda el ala de servicio del castillo. El estrépito de la masacre despertó a las mujeres que dormían en la habitación cercana, quienes se abrazaron entre sí, llorando de miedo en la oscuridad.

Nadie en el castillo se atrevió a preguntar qué había sucedido exactamente esa noche, pero los ecos de los gritos y el olor a sangre que inundó los pasillos no dejaron lugar a dudas: el rey había reclamado su castigo...