CAPÍTULO 2: UNA CHICA LLAMADA LILY
Sai terminó de cubrir la tumba de Mily con las manos temblorosas, pero al ponerse en pie, una calma gélida y antinatural se apoderó de él. Sin embargo, en medio de ese vacío, sintió un extraño y repentino presentimiento en el pecho; una presión asfixiante que no lo dejaba respirar, como si un nudo invisible le apretara la garganta.
Levantó la mirada hacia el horizonte y su sangre se congeló. Una densa columna de humo negro y espeso subía desde la dirección exacta donde se encontraba Villa Blue. En ese instante lo comprendió todo con una claridad aterradora: Espectro no se había marchado, se había dirigido hacia el pueblo para terminar el trabajo.
Salió corriendo con una velocidad inhumana, sus pies apenas tocaban el suelo mientras los árboles pasaban como sombras a su lado. Al llegar a la entrada de Villa Blue, el horror lo dejó completamente paralizado. El pueblo que antes era el hogar de la alegría y el aroma a pan fresco, ahora era un matadero a cielo abierto. El olor a carne quemada, azufre y sangre fresca era tan fuerte que el aire se sentía pesado y mareaba.
Sai caminó como un sonámbulo por la calle principal, con los ojos muy abiertos, pero sin querer dar crédito a lo que veía. Vio a Julián, el panadero que siempre reía, tirado frente a su negocio con el pecho abierto de par en par. Unos metros más allá, vio a la señora Clara atrapada bajo los escombros humeantes de su propia casa; su hermoso vestido de flores ahora estaba manchado de un rojo oscuro y profundo.
Al llegar a la plaza, sus ojos se fijaron en una escena que terminó de romper los últimos restos de su mente: tres criaturas inmundas estaban sobre el cuerpo de Don Mario. Con sus mandíbulas desencajadas y llenas de dientes sucios, devoraban la cabeza del viejo pescadero, rompiendo el cráneo con un sonido seco, como si fuera una fruta seca o una nuez.
Sai entró en un trance total. Ver a quien fue como un segundo padre para él siendo comido como si fuera basura lo alejó por completo de la realidad. Se quedó allí parado, en medio de la plaza, con la mirada perdida en el vacío y los brazos caídos a los costados, mientras el mundo a su alrededor se desmoronaba.
Frente a él estaban los engendros. Eran seres asquerosos y deformes de apenas un metro de altura, con una piel verde, arrugada y cubierta de una baba pegajosa que brillaba bajo el sol. Sus brazos eran desproporcionadamente largos y terminaban en garras negras como el carbón, mientras que sus piernas musculosas les daban una agilidad inquietante, similar a la de un insecto gigante. Sus rostros eran repulsivos: no tenían nariz, solo dos orificios oscuros que soltaban un aire pestilente, y sus bocas estaban repletas de filas de dientes amarillentos y afilados.
Soltando chillidos de placer al ver una nueva presa, los engendros se lanzaron sobre él con una ferocidad salvaje. Empezaron a golpearlo con furia ciega; sus garras le desgarraban la ropa y la piel, y sus puños impactaban una y otra vez contra su rostro. Pero Sai solo se tambaleaba levemente. No sentía el dolor físico; el choque emocional de ver su mundo destruido era tan inmenso que su mente estaba en otro lugar, lejos de los golpes. Su cuerpo aguantaba los impactos como si estuviera hecho de piedra sólida.
Entonces, el engendro más grande de los tres se detuvo y abrió su boca de una forma antinatural, casi desencajando su mandíbula. Emitió un grito sónico aterrador, una habilidad infernal que hacía vibrar el aire con una fuerza destructiva. El estruendo fue tan potente que las ventanas de cristal de toda la plaza estallaron en mil pedazos al mismo tiempo. Era un sonido diseñado específicamente para hacer explotar la cabeza de cualquier ser humano.
Ese ruido ensordecedor golpeó el cerebro de Sai como un martillazo y lo sacó del trance de golpe. El dolor agudo en sus oídos activó la sangre de Ira que corría hirviendo por sus venas. Sus ojos pasaron de una mirada vacía y muerta a un rojo fuego intenso, rebosante de un odio puro y renovado.
El primer engendro saltó hacia él con las garras extendidas, pero Sai fue más rápido: lo atrapó por la garganta en el aire, antes de que el monstruo pudiera siquiera tocarlo. Sin pestañear, apretó su mano con una fuerza descomunal hasta que el cuello del engendro se deshizo entre sus dedos como si fuera de papel. Con un gesto de absoluto desprecio, tiró el cuerpo a un lado como si no pesara nada, mientras su mirada se fijaba en los otros dos que aún quedaban en pie.
Los otros dos engendros, al ver a su compañero caer como un trapo inútil, atacaron con una rabia redoblada. Uno de ellos saltó con una agilidad de insecto y le mordió el antebrazo con una saña salvaje, hundiendo sus dientes amarillentos en la piel de Sai. Sin embargo, Sai ni siquiera se inmutó; ni siquiera se molestó en mirarlo. Con una frialdad aterradora, agarró la cabeza de la criatura con su mano libre y, con un movimiento seco y cargado de una potencia inhumana, la estrelló directamente contra los adoquines de la plaza, aplastándola por completo en una explosión de fluidos oscuros.
El último de los engendros, al ver la masacre y comprender que no tenía ninguna oportunidad, intentó huir desesperadamente hacia un tejado cercano. Pero ya era demasiado tarde para escapar. Sai dio un salto explosivo que agrietó el suelo bajo sus pies, lo alcanzó en medio del aire con una facilidad asombrosa y lo azotó con una fuerza descomunal contra una pared de piedra sólida. Antes de que el cuerpo del monstruo pudiera siquiera tocar el suelo, Sai le hundió el pie en el pecho con un impacto ensordecedor, destrozándole las costillas y el corazón de un solo golpe mortal.
Sai quedó de pie en medio de los restos humeantes y los cuerpos destrozados, con el pecho subiendo y bajando pesadamente mientras intentaba recuperar el aliento. Sus manos temblaban, pero no era por miedo, sino por el exceso de poder que vibraba bajo su piel. Sentía la energía de la sangre de Ira recorrerlo como un torrente indomable, quemando cada uno de sus nervios. Miró detenidamente sus manos manchadas de sangre demoníaca y de la tierra de su hogar, y en ese silencio sepulcral comprendió la verdad: este poder no era humano; era algo oscuro, antiguo y aterrador, y ahora se había convertido en una parte inseparable de su propio ser.
Pero en ese momento, a Sai no le importaba en absoluto perder su humanidad. Con este poder maldito, finalmente podría cumplir la promesa que le hizo a su hermana: haría que Espectro pagara por cada gota de sangre derramada en Villa Blue. Haría que el demonio suplicara por una muerte que no le concedería fácilmente.
Sai comenzó a avanzar con pasos pesados que resonaban en la plaza vacía, con el corazón cargado de una rabia que amenazaba con consumirlo. La imagen de Mily, con su sonrisa y sus ojos llenos de vida, lo perseguía en cada paso que daba, dándole la fuerza necesaria para no desfallecer. Ya no tenía dudas ni miedos. Solo tenía una idea fija y grabada a fuego en su mente: encontrar a Espectro y arrancarle la vida. Su destino inmediato era Villa Red, el pueblo vecino donde esperaba obtener pistas sólidas sobre el paradero del demonio negro.
Eran casi las doce del día cuando un ruido extraño interrumpió los pensamientos de Sai. Frente a él apareció una criatura grotesca: una combinación de pesadilla y fuerza bruta. Tenía la cabeza de un ogro, enorme y deforme, con colmillos amarillentos y ojos rojos que brillaban con furia irracional. El cuerpo era el de un gorila, cubierto de pelo negro y con brazos tan largos que rozaban el suelo.
Sobre los hombros de la bestia estaba una chica de unos diecisiete años. Su cabello rubio caía en ondas desordenadas y sus ojos verdes reflejaban puro terror. Vestía una blusa blanca manchada de suciedad y pantalones rojos.
—¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdenme! —gritó la chica con la voz quebrada.
Sai, sin pensarlo dos veces, se plantó frente a la criatura. Su mirada no vaciló. —¡Suéltala! —ordenó con una voz firme como un trueno.
La bestia soltó un rugido ensordecedor y lanzó un golpe con su enorme puño. Sai lo esquivó con una agilidad sorprendente y contraatacó con un golpe directo a la mandíbula del monstruo. El impacto hizo que la criatura tambaleara y soltara a la chica.
—Corre, ponte a salvo —le dijo Sai sin apartar la vista del enemigo.
La chica retrocedió rápidamente mientras la bestia recuperaba el equilibrio. Furiosa, se lanzó de nuevo hacia él, buscando aplastarlo con sus brazos. Pero Sai, gracias a la fuerza del pacto demoníaco, anticipaba cada movimiento.
Golpe tras golpe, Sai conectó sus puños contra el cuerpo de la criatura, debilitándola poco a poco. Finalmente, cuando la bestia intentó un último ataque desesperado, Sai saltó sobre su espalda y, con un golpe devastador en la base del cráneo, la derribó.
El monstruo cayó al suelo con un estruendo, inerte. Sai respiraba con dificultad. Se giró hacia la chica, quien lo miraba con una mezcla de alivio y asombro.
—¿Estás bien? —preguntó acercándose con cautela.
—¿Quién rayos eres? —respondió ella con voz temblorosa—. ¿Cómo pudiste vencer a ese monstruo?
—Mi nombre es Sai —dijo con una pequeña sonrisa para calmarla.
—¿Eres un demonio o un extraterrestre? Porque los humanos no hacen esas cosas —dijo la chica, examinándolo de arriba abajo.
Sai negó con la cabeza. —Soy un humano… aunque bebí la sangre de un demonio. Es una historia larga.
Los ojos de la chica se abrieron con horror. —¡¿Sangre de demonio?!
—Sí, suena peor de lo que es. Pero hablemos de ti. ¿Quién eres y cómo terminaste en las garras de ese monstruo?
—Me llamo Lily —dijo ella, tratando de calmarse—. Iba de camino a Villa Red cuando esa cosa salió de la nada y me atrapó. ¡Gracias por salvarme!
—No hay de qué —respondió Sai con una sonrisa—. ¿Dijiste que vas a Villa Red?
—Sí.
—Yo también. Si quieres, podemos ir juntos —ofreció él.
Lily lo miró, aún un poco desconfiada por lo que acababa de ver, pero finalmente asintió.
—Está bien. Vamos.
Sai sonrió y juntos emprendieron el camino hacia Villa Red. Mientras avanzaban, Sai le contó a Lily todo lo que le había sucedido.
—Sai, ¿crees que lo que te dijo ese demonio es cierto? ¿Crees que con el corazón de Espectro revivirás a tu hermana?
—No lo sé, pero tengo que intentarlo —contestó Sai con determinación—. Debo encontrarlo y matarlo, no solo por lo que le hizo a mi hermana, sino también por todas las personas de mi pueblo.
—Entiendo —dijo Lily con voz dulce y cálida.
—¿Tú vives en Villa Red? —preguntó Sai.
—No, voy a visitar a mis abuelos. Hace mucho que no los veo.
El camino estaba lleno de hermosos paisajes naturales: extensos campos de flores silvestres, bosques densos y ríos cristalinos que reflejaban el cielo azul. Durante el trayecto compartieron historias y silencios cómodos. Lily, con su espíritu aventurero, disfrutaba cada momento, mientras que Sai, aunque enfocado en su misión, apreciaba la belleza del viaje y la compañía de su nueva amiga.
Después de varias horas, finalmente llegaron a Villa Red. La ciudad, bañada por los tonos cálidos del sol poniente, resplandecía con un encanto especial. Era un lugar grande, conocido por sus mercados vibrantes y sus habitantes acogedores.
Las calles adoquinadas estaban llenas de casas pintadas de un rojo intenso, detalle que le daba a la ciudad su nombre. Pequeños jardines llenos de flores daban un toque de frescura al entorno. Sin embargo, algo no encajaba. Los habitantes, que solían ser alegres, se veían tristes y distantes.
—Sai, ¿te diste cuenta de que las personas están muy extrañas? —preguntó Lily, intrigada—. Es como si les pasara algo.
—Así es. Puede que se trate de la muerte de alguien importante —contestó Sai, observando los alrededores.
—No lo creo. Tengo un mal presentimiento —expresó ella.
A medida que avanzaban hacia la casa de los abuelos de Lily, la pesadez en el ambiente era más evidente. Al llegar cerca de la vivienda, Lily reconoció a su abuela y salió corriendo hacia ella.
La abuela de Lily, Yula, era una mujer llena de vitalidad. Su cabello plateado caía en ondas hasta sus hombros y sus ojos brillaban con sabiduría y bondad. Siempre vestía ropa colorida y un delantal lleno de bolsillos. Era el corazón de su comunidad, una presencia que normalmente traía calma, pero ahora se veía afectada.
—¡Abuela! ¡Abuela! Soy yo, Lily.
Al verla, Yula la abrazó con fuerza y comenzó a llorar. —¿Por qué lloras, abuela? ¿Le sucedió algo al abuelo? —preguntó Lily, asustada.
—Entremos a la casa y te contaré todo —dijo Yula, acariciando la cabeza de su nieta.
—Está bien —asintió Lily mientras la sujetaba por la cintura.
Mientras caminaban, la abuela preguntó con curiosidad: —¿Quién es ese chico? ¿Es tu novio?
—¡No, abuela! —respondió Lily, sonrojada y nerviosa—. Es un amigo, se llama Sai.
—Es un placer conocerte, Sai. Yo soy la abuela Yula.
—Hola —saludó Sai con una sonrisa amable.
Al entrar en la casa, la abuela Yula les contó lo que estaba sucediendo:
—Al este de aquí queda el reino de Onapolis. Es nuestro principal socio comercial para las frutas y flores que cultivamos, y nuestro único proveedor de materiales. La ciudad más cercana está demasiado lejos para ir. Pero hace meses que ocurre algo extraño: todos los habitantes que van a Onapolis no regresan. Hace más de una semana que tu abuelo se fue con siete hombres para investigar, y ellos tampoco han vuelto.
La abuela suspiró con dolor. —Nadie se atreve a ir por miedo a no regresar. Por eso el pueblo está sumido en la tristeza.
—Yo iré —afirmó Sai con determinación—. Si tu abuelo y los demás están allí, los traeré de vuelta.
—¿Crees que se trate de Espectro? —preguntó Lily.
—No lo sé, pero debo averiguarlo.
—¡Estás loco, muchacho! —exclamó la abuela—. Si vas, es posible que tú tampoco regreses.
—No te preocupes, abuela —dijo Lily con confianza—. Sai es muy fuerte. Si alguien puede ir y volver, es él. Yo iré con él.
—¡Lily! No quiero perderte a ti también —suplicó Yula.
—Todo estará bien, abuela. No puedo dejar que Sai vaya solo. Traeremos al abuelo a casa.
Sai y Lily partieron hacia Onapolis. La antigua ciudad se extendía en el horizonte, con edificios robustos de piedra y madera que emanaban misterio. Tras un largo camino, llegaron a la entrada: un arco de piedra cubierto de musgo. Allí, dos hombres con capuchas oscuras les dieron la bienvenida.
De repente, uno de ellos tocó a Lily. Ella quedó hipnotizada al instante y comenzó a caminar hacia el interior de la ciudad. Sai la llamaba, pero ella no respondía; avanzaba como un autómata sin mirar atrás. El hombre intentó hacer lo mismo con Sai, pero el hechizo no funcionó.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué le hicieron a Lily? —preguntó Sai, poniéndose en guardia.
Los dos encapuchados estaban sorprendidos. No entendían por qué su magia había fallado.
—Mi nombre es Pereza y él es mi hermano Acidia —dijo uno de ellos—. Pero en unos minutos no importará, porque vas a morir.
—No te preocupes por tu amiga, la cuidaremos muy bien —añadió Acidia con una risa burlona.
—Hermano, encárgate de esta escoria. Te espero en el castillo —dijo Pereza, dándose la vuelta para seguir a Lily.
—Está bien, me divertiré un poco y luego te alcanzo —respondió Acidia con un exceso de confianza.