CAPÍTULO 10: INMUNDOS
A medida que Sai se adentraba en las profundidades del infierno, una energía desconocida comenzó a recorrer cada rincón de su cuerpo. Era un poder descomunal, una fuerza vibrante que empujaba desde su interior, luchando por salir a la superficie.
Varios días después, tras caminar sin descanso, Sai llegó a la cima de una gran montaña. El sendero serpenteaba hacia otra cima aún más imponente, conectadas ambas por un estrecho muro de tierra que parecía suspendido sobre un abismo interminable. Abajo, solo reinaba una oscuridad tan densa que parecía devorar la luz. El aire en ese lugar era frío, pesado y estaba impregnado de un olor rancio que hacía que cada respiración fuera un verdadero desafío.
Mientras avanzaba por aquel camino desolado, una figura emergió lentamente de entre las sombras. Al principio parecía humana, pero su cuerpo estaba grotescamente deformado. Su piel era de un tono grisáceo y exudaba un hedor tan penetrante que Sai tuvo que cubrirse la nariz para no desfallecer. Sus ojos brillaban con un fulgor amarillento y antinatural, y de su boca brotaban colmillos largos y afilados manchados de una saliva negra y espesa.
En el infierno, a estas criaturas se les conoce como INMUNDOS. Según las leyendas, son las almas de antiguos humanos que llevaron vidas de maldad extrema y ahora están atrapados por la eternidad en su propia putrefacción.
Sai retrocedió instintivamente, pero antes de que pudiera reaccionar, la criatura soltó un gruñido gutural y se lanzó de nuevo hacia las sombras. Un escalofrío recorrió la espalda del joven. El silencio que siguió fue opresivo, hasta que un murmullo creciente empezó a emerger de la oscuridad, como si miles de cosas se movieran al mismo tiempo.
Sai apenas tuvo tiempo de ponerse en guardia cuando cientos de Inmundos surgieron desde todas las direcciones. Se movían con una agilidad sorprendente a pesar de sus cuerpos deformes. Sus ojos brillaban con un hambre insaciable y el sonido de sus gruñidos se mezclaba con el eco de garras raspando la roca.
Buscó una salida desesperadamente, pero estaba completamente rodeado. Sin otra opción, se lanzó al combate, golpeando y derribando criaturas con todas sus fuerzas. Aunque sus ataques eran efectivos, por cada monstruo que caía, dos más saltaban desde la negrura. Pronto, el peso abrumador de los cuerpos lo llevó al suelo. Las garras rasgaron su piel y los dientes buscaban alcanzar su carne con desesperación.
Justo cuando pensaba que sería devorado, algo en su interior despertó. Una furia primitiva y abrumadora lo invadió, haciendo arder cada célula de su ser. Con un rugido que sacudió la montaña, Sai se transformó en demonio. Su cuerpo se expandió, sus músculos se tensaron y una energía púrpura comenzó a emanar de él. Con un solo movimiento explosivo, se liberó de las criaturas, enviándolas a volar en todas direcciones. Su mirada, encendida por un fuego carmesí, irradiaba caos.
Los Inmundos no fueron rival para él. Sai se movía a una velocidad que el ojo humano no podía seguir, destruyendo a sus enemigos con cada golpe. Sin embargo, a medida que los exterminaba, su furia no disminuía; al contrario, lo consumía más profundamente, alimentando una sed de destrucción que no parecía tener fin.
De repente, Sai se detuvo en seco en medio del campo de batalla. Se quedó inmóvil, ignorando el hedor de los cuerpos destrozados a su alrededor. Su mirada estaba perdida, enfocada en un lugar que no pertenecía a ese mundo.
Estaba dentro de un rincón oscuro de su propia alma. Allí, un charco de sangre le llegaba hasta los tobillos y el aire estaba cargado de un olor metálico insoportable.
—Hola, Sai —dijo una voz burlona detrás de él. Sai se giró bruscamente y quedó helado al ver a Ira. Estaba encadenado por dos gruesas cadenas negras que salían de la oscuridad absoluta. Sus ojos brillaban con un profundo resentimiento.
—¡Imposible! —exclamó Sai, incrédulo—. ¡Tú eres Ira! Yo mismo vi cómo morías.
Ira soltó una risa amarga que resonó en aquel vacío. —No exactamente —respondió con soberbia—. ¿Realmente pensaste que le daría mi fuerza y mis poderes a un humano tan frágil e insignificante como tú por pura bondad?
—¿A qué te refieres? —preguntó Sai, confundido.
—Cuando bebiste mi sangre, no solo obtuviste mis poderes. También transferí mi alma a tu cuerpo para poder reencarnar. Es un don que solo poseemos los miembros de mi familia.
—Me utilizaste todo este tiempo... todo fue un engaño —dijo Sai, apretando los puños con rabia.
—Así es. Pero parece que algo salió mal. No puedo abandonar este cuerpo repugnante ni controlarlo a mi antojo —dijo Ira con desprecio, tirando de las cadenas—. Parece que esa maldita obsesión tuya de revivir a tu hermana me mantiene atado a ti. Debes renunciar a esa idea suicida ahora mismo y cederme el control total para que pueda liberarme. Te prometo que me iré de tu cuerpo sin causarte daño.
—¡Jamás renunciaré a recuperar a mi hermana! —exclamó Sai con una firmeza inquebrantable.
—¡No seas estúpido! —gritó Ira, furioso—. ¿No te das cuenta de que es una locura? Jamás podremos derrotar a Espectro. ¿Acaso no recuerdas lo que nos hizo la última vez? Además, yo nunca ayudaría a una escoria humana como tú.
Mientras discutían, el sonido de cientos de Inmundos acercándose comenzó a retumbar en la oscuridad del alma de Sai.
—¡Escucha bien, porque solo lo diré una vez! —sentenció Sai con determinación—. Este es mi cuerpo y no permitiré que lo controles. Así que tienes dos opciones: o me ayudas a recuperar a mi hermana, o morimos aquí mismo devorados por esas criaturas. Elige rápido, porque no tenemos tiempo.
—¡Hijo de perra! —espetó Ira, hirviendo de rabia—. Te prometo que, cuando tenga la oportunidad, te haré sufrir una muerte lenta y dolorosa.
—Supongo que eso significa que has elegido la primera opción, ¿verdad? —respondió Sai con una sonrisa desafiante.
—No quiero morir a manos de esas escorias, así que voy a pedirte algo —dijo Ira, calmándose un poco—. Quiero que te guardes todas esas patéticas emociones humanas para ti. Me hacen enloquecer y me hacen perder el control del poder.
—Así que esa es la razón por la que destruyes todo —comprendió Sai.
—Por esas estupideces es que los humanos son tan débiles y patéticos —escupió Ira con desprecio.
—¡Ya están aquí! —advirtió Sai, sintiendo cómo los Inmundos se abalanzaban de nuevo sobre él en el mundo real.
Los Inmundos emergieron de nuevo de la oscuridad y se lanzaron sobre Sai en una marea de garras y colmillos. Sin embargo, esta vez todo fue diferente. Sai volvió en sí con una claridad mental asombrosa; ahora no solo podía razonar y controlarse, sino que poseía una fuerza y una velocidad increíbles. Al haber hecho el pacto con Ira, podía disponer de una gran parte de su energía demoníaca a su antojo.
Comenzó a derrotarlos con una facilidad pasmosa. Sus golpes eran certeros y sus movimientos fluidos. Después de luchar durante un largo rato y cubrir el suelo con los restos de sus enemigos, Sai se sorprendió al ver que los pocos Inmundos que quedaban daban media vuelta y comenzaban a huir despavoridos hacia las sombras.
—¡Parece que por fin han entendido quién es el más fuerte aquí! —dijo Sai con una sonrisa de suficiencia mientras limpiaba el sudor de su frente—. Están huyendo aterrados.
—No seas estúpido —intervino la voz de Ira desde su interior, cargada de sospecha—. No creo que estén huyendo por nosotros.
—¿A qué te refieres con eso? —preguntó Sai, desconcertado.
De repente, una criatura gigantesca emergió de la negrura y se interpuso en su camino. Era una abominación terrorífica que hacía que los Inmundos parecieran simples insectos. Tenía seis ojos que brillaban con una luz siniestra y unas orejas largas y puntiagudas que parecían captar hasta el más leve susurro del viento. Su piel era una mezcla de escamas negras y viscosas que reflejaban la luz de forma escalofriante. Sus brazos eran desproporcionadamente largos y terminaban en garras afiladas como cuchillas. Al abrir la boca, reveló hileras de colmillos tan largos como espadas, dejando escapar un hedor putrefacto que parecía corroer el aire mismo. A lo largo de su espalda, unas espinas oscilantes vibraban emitiendo un zumbido amenazante.
—¡Me refiero a eso! —sentenció Ira. La criatura soltó un rugido que resonó en todo el abismo como un trueno.
—¡¿Qué demonios es esa cosa?! —exclamó Sai, dando un paso atrás por puro instinto.
—No lo sé, pero está claro que no tiene intención de dejarnos pasar.
La bestia atacó con una velocidad que nadie esperaría de algo tan descomunal. Cada movimiento era una exhibición de fuerza bruta y precisión letal. Sai intentaba acercarse para asestar un golpe, pero le resultaba imposible; los seis ojos de la criatura le daban una visión perfecta de todo el entorno, haciendo que su defensa fuera impenetrable.
De pronto, el suelo tembló con violencia. Otra criatura, aún más grande y formidable que la primera, emergió de las sombras. Esta nueva bestia era todavía más temible: sus ojos irradiaban un fuego rojo fosforescente y su cuerpo estaba cubierto de púas venenosas. Cada paso que daba hacía vibrar el pecho de Sai como si le golpearan con un martillo.
—¡No puede ser! —exclamó Sai, sintiendo cómo la adrenalina se disparaba ante el peligro real.
Las dos bestias comenzaron a rodearlo, moviéndose en círculos como depredadores que acechan a su presa. La primera criatura, la de los seis ojos, lanzó un zarpazo brutal que Sai logró esquivar por milímetros. Pero la segunda no perdió el tiempo y lo embistió con la fuerza de un alud. Sai salió volando por los aires y su cuerpo se estrelló contra una roca sólida, rompiéndola en mil pedazos. El impacto lo dejó aturdido y sin aliento.
Antes de que pudiera reaccionar, la primera bestia se abalanzó sobre él, abrió su grotesca boca y lo atrapó entre sus colmillos. Sai lanzó un grito de dolor mientras era arrastrado hacia la garganta de la criatura. Su cuerpo era desgarrado por los dientes afilados mientras caía en un abismo oscuro, húmedo y lleno de ácido.
En el interior del monstruo, el aire era irrespirable. El hedor a putrefacción quemaba sus pulmones y el ácido estomacal empezaba a corroer su piel. El dolor era insoportable y la desesperación empezaba a nublar su juicio.
—¡INVOCA LA DEMONÍACA! —El grito de Ira resonó en su mente como una orden de salvación.
Sai, al borde del colapso, se aferró a esa última esperanza. Reunió un esfuerzo titánico, extendió su brazo y dejó escapar un rugido que hizo temblar las entrañas de la bestia. Desde el cielo del infierno, un relámpago negro descendió con un estruendo ensordecedor, atravesando a la criatura desde la espalda hasta el estómago.
La bestia lanzó un alarido desgarrador mientras la Demoníaca se materializaba en la mano de Sai. La hoja vibraba envuelta en energía oscura. A pesar de la falta de aire, Sai sujetó la espada con ambas manos y lanzó un corte vertical con toda su alma. La carne se separaba como si fuera mantequilla. Sangre negra y viscosa lo empapó por completo mientras seguía cortando.
Finalmente, con un último esfuerzo, Sai partió a la criatura en dos. Un torrente de vísceras se derramó y él emergió del cadáver jadeando, cubierto de restos. Sus piernas flaqueaban, pero sus ojos estaban llenos de una furia ardiente.
La segunda criatura rugió de rabia al ver a su compañera muerta. Sus ojos rojos brillaron con más intensidad y sus púas se erizaron como lanzas. Cargó contra Sai con una potencia imponente. Sai levantó la Demoníaca, cuyos destellos iluminaban su rostro manchado de sangre. Esquivó el primer ataque, pero una de las púas venenosas le rozó el brazo, dejando un corte que ardía como si tuviera fuego en las venas.
Ignorando el dolor, Sai contraatacó. Giró sobre sí mismo y trazó un arco con la espada que cercenó una de las patas de la bestia. La criatura aulló de dolor, pero no se detuvo; incluso con tres patas seguía siendo aterradora. En un descuido, una garra alcanzó a Sai y lo lanzó al suelo. La bestia se abalanzó para devorarlo, pero Sai rodó hacia un lado en el último segundo y lanzó un tajo ascendente que atravesó el rostro de la bestia, desfigurándola desde la mandíbula hasta uno de sus ojos rojos.
La bestia, en estado crítico, se volvió errática. Sai aprovechó el momento. Con un grito cargado de rabia, saltó sobre ella y hundió la Demoníaca profundamente en su cuello. Tiró con todas sus fuerzas, desgarrando carne y hueso en un torrente de sangre negra.
La criatura colapsó finalmente y su cuerpo dejó de temblar. Sai cayó de rodillas, agotado y herido, pero triunfante. El aire del infierno se llenó con el pesado hedor de la muerte, mientras el joven guerrero recuperaba el aliento, sabiendo que ahora era más fuerte que nunca.
Sai estaba al borde del colapso total. Con un último esfuerzo de voluntad, hizo desaparecer su espada y comenzó a caminar. Cada paso era una batalla desesperada contra el veneno que corría por sus venas, distorsionando su visión y nublando sus sentidos. Sus piernas tambaleaban y su respiración era un silbido pesado, casi agonizante. Después de avanzar apenas unos metros, su cuerpo finalmente cedió. Cayó al suelo con un golpe sordo; la pérdida de sangre y la toxicidad del veneno lo hundieron en un profundo desmayo.
Ira, atrapado en el interior de Sai, podía ver todo lo que sucedía. Le gritaba con furia que despertara, pero no obtenía respuesta. Por primera vez, la desesperación se apoderó del demonio; sabía perfectamente que, si el cuerpo de Sai moría, su propia alma se desvanecería con él. De pronto, Ira observó con horror cómo cientos de Inmundos emergen de la oscuridad y rodeaban el cuerpo inerte. Pensó que lo despedazarían allí mismo, pero, para su sorpresa, levantaron a Sai con cuidado y lo cargaron hacia las profundidades del abismo.
El descenso fue largo y aterrador. A medida que bajaban, Ira vislumbró a través de los ojos entornados de Sai un paisaje grotesco: paredes de piedra cubiertas de marcas de garras y montañas de huesos rotos de Inmundos que habían servido de alimento a las bestias. El olor a putrefacción se intensificaba, mezclándose con el sonido rítmico de gotas que caían en el vacío.
Finalmente llegaron al fondo, un lugar extraño iluminado por un resplandor esmeralda. Árboles colosales, con formas que recordaban a cebollas gigantes, se erguían como centinelas inmóviles. Sus troncos eran translúcidos y brillaban con una luz verdosa que emanaba desde su interior. Alrededor de ellos, miles de Inmundos se desplazaban en lo que parecía una colmena viva.
Los Inmundos llevaron a Sai hacia el árbol más grande de todos, cuya corteza transparente permitía ver un líquido viscoso latiendo en su interior como un corazón viviente. Con una delicadeza inesperada, lo sumergieron en el líquido verde. Una sensación abrasadora recorrió el cuerpo de Sai mientras la sustancia empezaba a sellar sus heridas y a purificar su sangre.
Ira comprendió entonces la verdad: los Inmundos no lo habían llevado allí para devorarlo, sino por gratitud. Aquellas dos bestias gigantescas que Sai había aniquilado eran los depredadores que los mantenían esclavizados en las sombras. Los monstruos no soportaban la luz verde de los árboles y cazaban a los Inmundos por deporte. Ahora, gracias a Sai, eran libres.
Durante nueve meses, Sai permaneció sumergido en aquel líquido curativo. Su cuerpo se regeneró de forma perfecta; no solo sanó sus heridas, sino que expulsó hasta la última gota de veneno. Mientras tanto, los Inmundos trabajaron sin descanso. Construyeron un monumento para él: un trono colosal hecho con los huesos de los enemigos que Sai había derrotado.
Cuando Sai finalmente abrió los ojos, una voz familiar rompió el silencio de su mente.
—Por fin despiertas, bella durmiente —dijo Ira con su habitual tono burlón.
Sai intentó incorporarse, pero sus músculos se sentían pesados tras tanto tiempo de inactividad. —¿Dónde estamos? —preguntó con la voz ronca.
—Estamos en el hogar de esas escorias. Nos metieron en este árbol para curarnos —respondió Ira, observando el entorno con curiosidad.
Sai miró a su alrededor y sus ojos se enfocaron en el gigantesco trono de huesos que tenía enfrente. Cientos de Inmundos estaban congregados en silencio, con las miradas clavadas en él.
—¿Por qué hicieron esto? Hasta donde recuerdo, querían matarnos.
—Cambiaron de opinión después de que despedazaste a las dos criaturas que los tenían aterrorizados —rio Ira—. Ahora, parece que eres su héroe.
Sai procesó la información lentamente. —¿Cuánto tiempo llevamos aquí?
—Casi nueve meses.
—¡¿Qué?! —exclamó Sai, sobresaltado, logrando ponerse en pie de un salto—. ¡El torneo! ¡Es demasiado tarde! ¡¿Por qué no me despertaste antes?!
—Lo intenté —replicó Ira con una sonrisa maliciosa—, pero estabas medio muerto. Además, no es como si yo tuviera prisa por ir a que nos maten de nuevo.
Sai gruñó y salió del árbol, dejando que el líquido viscoso resbalara por su cuerpo. Al caer de rodillas al suelo, los Inmundos lo rodearon de inmediato. Sus ojos brillaban con una mezcla de reverencia y expectativa.
—Llama a la Demoníaca —sugirió Ira, divertido—. Esto se va a poner sangriento.
—No creo que sea necesario —replicó Sai mientras se limpiaba el rostro—. Si quisieran matarme, no habrían gastado nueve meses en curarme.
Un Inmundo salió de entre la multitud cargando una corona hecha de huesos pulidos que emitía un suave brillo verde. Se arrodilló ante Sai y le ofreció la corona con manos temblorosas. Los demás se apartaron, abriendo un camino directo hacia el trono de huesos, y se arrodillaron al unísono.
—Esto sí que no me lo esperaba —Ira soltó una carcajada—. Estas criaturas quieren que seas su rey. Sai observó la escena con respeto, pero sin dudarlo, tomó la corona y miró a la multitud.
—Lo siento, pero no puedo ser su rey. No soy uno de ustedes y tengo una promesa que cumplir.
Con un movimiento decidido, Sai colocó la corona en la cabeza del Inmundo que se la había ofrecido. —Este será su rey —declaró con voz potente. El lugar estalló en vítores y gritos de alegría. Los Inmundos celebraban a su nuevo líder mientras Sai se daba la vuelta y comenzaba a caminar hacia la salida.
Subió la montaña con pasos determinados. Al llegar a la cima, solo encontró restos de huesos ennegrecidos de las bestias que mató. Detrás de él, los Inmundos lo observaban desde las sombras como testigos silenciosos de su partida.
—Pudiste haber tenido un ejército, pero preferiste ser un caminante solitario —dijo Ira riendo—. Pudiste ser un gran rey.
—Cierra la boca —gruñó Sai, regresando a su estado normal.
Sin perder un segundo más, se lanzó a correr a toda velocidad hacia la siguiente montaña. El tiempo se agotaba y el Torneo del Abismo estaba por comenzar.