CAPÍTULO 8: EL INFIERNO
Tras despedirse con gratitud de las hadas, Sai, Maruja, Bruno y Lily se marcharon del bosque mágico. En cuanto cruzaron el umbral y regresaron al mundo exterior, Maruja sintió cómo su magia fluía de nuevo por sus venas con toda su potencia. Sin perder un segundo, utilizó su poder para teletransportarse junto a sus amigos a la ciudad de Opus.
La llegada fue un momento de pura emoción. Los ciudadanos estaban eufóricos al ver a Bruno caminar de nuevo como un hombre; especialmente su hermano Bem, quien, con lágrimas en los ojos, no paraba de abrazarlo y darle la bienvenida. Después de compartir varias horas de felicidad y celebración, Maruja decidió que era momento de partir. Se teletransportó de regreso a su castillo, llevando consigo a Sai y a Lily.
—Y bien, Maruja, ¿cómo y dónde puedo encontrar a Espectro? —preguntó Sai, con una determinación que quemaba en su mirada. Maruja guardó un silencio pesado durante unos segundos y luego lo miró fijamente.
—Antes de responder a eso, hay algo muy grave que debes saber, Sai. Cuando Vudú asesinó a Luna en el castillo, sufriste una transformación aterradora y te convertiste en un demonio. Perdiste el control por completo; lo único que buscabas era destruir y asesinar a todo aquel que se cruzara en tu camino. Tuve que arriesgar mi vida utilizando mi magia para ponerte un sello y así devolverte a la normalidad.
—¡Debí imaginarlo! —exclamó Sai, golpeándose la palma de la mano—. Por eso sentía ese vacío y no recordaba nada de lo que había pasado tras la muerte de Luna.
—No quiero asustarte —advirtió Maruja con voz sombría—, pero es muy probable que, si te transformas otra vez, ya no puedas regresar a la normalidad.
—¡Piénsalo bien, Sai! Es un riesgo demasiado grande el que quieres correr —suplicó Lily, y su voz temblaba por la preocupación que sentía en el pecho.
—Tengo que intentarlo, Lily —respondió Sai con firmeza—. No puedo vivir sabiendo que existe una oportunidad de recuperar a mi hermana y quedarme de brazos cruzados sin hacer nada.
Maruja asintió, respetando su decisión. —Encontrar a Espectro no será difícil si sabes dónde buscar. En menos de un año se celebrará en el infierno el Gran Torneo del Abismo, y él estará allí sin ninguna duda.
—¡¿Quieres decir que Sai tendrá que ir al infierno?! —exclamó Lily, y su rostro se puso tan pálido como el papel.
—Así es —confirmó Maruja con seriedad.
—¿Qué es exactamente ese Torneo del Abismo? —preguntó Sai, con la curiosidad despertada por el peligro.
—Es un torneo de pelea a muerte que se celebra cada año en las profundidades del infierno. El ganador obtiene el derecho de retar a quien desee, incluso al mismísimo Rey Demonio o a cualquiera de sus hijos. Si el retador gana el combate, se queda con el puesto de su contrincante. Yo solo puedo teletransportarte hasta la entrada; a partir de ese momento, estarás completamente solo.
—Pero ¿cómo va a regresar? —preguntó Lily, buscando una esperanza.
—No lo sé —confesó Maruja con sinceridad—. Nunca he sabido de ningún humano que entrara vivo al infierno y lograra regresar para contarlo.
—No vayas, Sai... por favor. Encontraremos otra forma de recuperar a tu hermana —suplicó Lily, con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento, Lily, pero ambos sabemos que no hay otra manera —dijo Sai, tomándola de las manos—. Tengo que ir, pero te prometo que voy a regresar. Estoy listo, Maruja. Muchas gracias por todo lo que has hecho por mí.
—No tienes que agradecer nada —respondió la bruja—. Solo recuerda mi advertencia: cuando estés en el infierno, no confíes en nadie, ni siquiera en lo que vean tus ojos. ¡Cuídate mucho!
—Lily, yo... —No digas nada, Sai. Lo único que te pido es que regreses con vida. Yo estaré aquí esperándote —interrumpió Lily, con la voz quebrada por la emoción.
Lily abrazó a Sai con una fuerza desesperada, como si temiera que, al soltarlo, se desvaneciera para siempre. Segundos después, Maruja invocó su magia y, en un destello de luz oscura, teletransportó a Sai a la entrada del infierno.
Sai apareció de pronto en la cima de una montaña gigantesca y desolada. Frente a él se alzaba una puerta de piedra colosal, grabada con símbolos antiguos que parecían pulsar con una energía extraña. Cuando Sai la atravesó, se encontró en una larga escalera de piedra que conducía hacia abajo. La escalera estaba iluminada por una luz blanca muy suave y parecía flotar en medio de la nada. Al mirar hacia atrás, no vio rastro de la puerta ni del camino; todo era una oscuridad absoluta.
Empezó a descender escalón tras escalón. A medida que avanzaba, los peldaños que dejaba atrás desaparecían, devorados por la negrura, impidiéndole cualquier intento de volver. No veía nada más que el camino frente a sus pies, pero el aire estaba lleno de gritos de dolor y desesperación de miles de almas humanas. Sentía que debajo de él se abría un abismo sin fin.
Tras varias horas de descenso por aquel lugar inhóspito, Sai divisó otra escalera que se cruzaba en su camino. En ella descansaba una chica hermosa de cabellos rojos, vestida con un largo y elegante vestido negro. —Ven, es por aquí. Yo te guiaré —dijo la joven, y su voz sonaba tan dulce como una melodía.
—¿Quién eres tú? —preguntó Sai.
—Te lo diré en el camino, solo sígueme —respondió ella con una sonrisa encantadora, dándose la vuelta para empezar a caminar. Sai estuvo a punto de poner un pie en la nueva escalera, pero en ese instante recordó el consejo de Maruja: "No confíes en nadie". De inmediato, retiró el pie. En ese mismo momento, vio cómo la nueva escalera se desvanecía en la oscuridad. La chica de cabellos rojos se giró hacia él con una sonrisa burlona y desapareció en el vacío.
Sai continuó su camino solitario durante varias horas más, hasta que vio una gran puerta de madera que ardía en llamas eternas. Al llegar al último escalón, la puerta se abrió de par en par. Al cruzarla, Sai se encontró frente a un río de color rojo intenso, de cuyas aguas emanaba un olor fuerte y metálico. Mientras observaba la orilla, vio a alguien acercarse sobre una criatura que parecía un cangrejo gigante.
Quien montaba la criatura era una niña humana vestida de un blanco inmaculado. Tenía el cabello negro y larguísimo, tanto que le llegaba hasta los pies. Sus ojos eran de un azul profundo y brillante, como dos estrellas en mitad de la noche. Su piel era tan pálida que parecía brillar con luz propia. A pesar de su aspecto frágil, su mirada transmitía una voluntad inquebrantable.
La criatura que la transportaba era colosal. Tenía una coraza dura de color rojo oscuro y ocho patas largas terminadas en garras afiladas. Sus dos pinzas eran tan grandes como un hombre adulto, capaces de aplastar cualquier cosa. Sin embargo, el monstruo se movía con una gracia increíble, deslizándose sobre el río rojo sin hundirse.
—Bienvenido al infierno, Sai —dijo la niña al llegar a la orilla—. Mi nombre es Lía, y yo soy quien te llevará al otro lado del río.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Sai, totalmente sorprendido.
—Esa es una de mis maldiciones: puedo conocer el nombre de todo aquel que pone un pie en este lugar —explicó Lía con calma—. Sube ahora, se está haciendo tarde.
Sai subió a lomos de la colosal criatura y, a medida que se alejaban de la orilla, el aire se volvía más pesado. El olor metálico que antes era molesto, ahora era casi insoportable.
—¿Por qué dices que se está haciendo tarde? —preguntó Sai, intrigado—. ¿Y qué es este olor que emana del río?
—Ese es el olor de la sangre de todos los muertos que son enviados al infierno. Todo esto que ves, este cauce infinito, es sangre pura —explicó Lía mientras sujetaba con firmeza una de las cadenas que rodeaban el cuello del monstruo—. Te dije que se hace tarde porque, dentro de poco, la marea crecerá con la sangre de todos los condenados de este día.
Lía guardó silencio un momento y luego lo miró fijamente a los ojos. —Dime, Sai, ¿qué te trae por voluntad propia a un lugar tan horrible?
—Vine a ver el Torneo del Abismo —respondió él con seriedad—. Pero, ¿qué hay de ti? Pareces una niña humana, ¿lo eres?
Lía estalló en una carcajada amarga al escuchar la pregunta. —Ya ni siquiera estoy segura de lo que soy. Pero a diferencia de ti, yo no elegí estar aquí. Hace más de cien años que el Rey Demonio me impuso este castigo. Estoy condenada a cruzar este río por siempre, sin descanso. Me siento tan agotada que lo único que deseo es morir, pero eso no pasará mientras el Rey Demonio siga con vida. Solo su muerte podría liberarme de esta cadena invisible.
—¡Lo siento mucho! —dijo Sai, con el corazón encogido por la tristeza—. Si hubiera algo que yo pudiera hacer para ayudarte, créeme que lo haría.
—Descuida, sé que nadie puede ayudarme —respondió ella con una sonrisa cálida y melancólica—. ¡Ya llegamos!
—Gracias por traerme a salvo —dijo Sai mientras saltaba a la tierra firme.
—De nada. Te deseo mucha suerte y espero de corazón que logres revivir a tu hermana —gritó Lía mientras su montura se adentraba de nuevo en la bruma roja hasta perderse en la oscuridad.
Sai sonrió al escuchar que ella también conocía su propósito. Apenas unos minutos después de empezar a caminar, escuchó un rugido ensordecedor: una enorme creciente de sangre bajó por el río con una fuerza devastadora. Se había salvado por poco.
Continuó su marcha por un sendero misterioso hasta llegar a la entrada de una caverna inmensa. Al adentrarse, la oscuridad parecía tragarse la luz. A lo lejos divisó una puerta abierta, pero no podía ver qué había más allá. Decidió acercarse con cautela y, al cruzar el umbral, se encontró con una escena macabra: un pequeño perro de pelaje negro brillante y ojos rojos estaba devorando una cabeza humana.
El animal estaba atado con una cadena larga y gruesa que se perdía en el interior de otra puerta situada detrás de él. De repente, el ambiente cambió. Al notar la presencia de Sai, el pequeño perro comenzó a gruñir y a crecer de forma desproporcionada, transformándose en una bestia gigantesca. El enorme can se lanzó sobre él intentando devorarlo, pero Sai, gracias a su agilidad, lograba esquivar las dentelladas por milímetros.
Pensando que sería mejor evitar la pelea, Sai usó su velocidad para rebasar al monstruo y atravesar la puerta que estaba a sus espaldas. Sin embargo, al cruzarla, se llevó una sorpresa frustrante: apareció exactamente en la entrada de la caverna, como si hubiera caminado en círculos.
—¡No puede ser! ¡¿Qué rayos acaba de suceder?! —exclamó Sai, confundido.
Decidió entrar de nuevo. Allí estaba el perro esperándolo, pero ahora su pelaje era de un color rojo encendido y parecía mucho más furioso. Una vez más, Sai esquivó sus ataques y corrió hacia la puerta trasera, solo para aparecer nuevamente frente a la caverna. Repitió el intento una tercera vez; ahora el perro era de color púrpura, más grande y feroz que nunca.
Sai comprendió que huir era inútil, así que decidió luchar. Usó su velocidad para golpear al animal con todas sus fuerzas, pero sus puños no le hacían nada; era como golpear una montaña de piedra. Con el paso del tiempo, Sai empezó a debilitarse y a volverse más lento, mientras que el perro seguía tan fuerte como al principio.
"Si no actúo pronto, seré su cena", pensó Sai mientras recuperaba el aliento. Se detuvo a analizar la situación y notó un detalle crucial: la cadena que ataba al perro atravesaba la puerta de salida, pero nunca aparecía en la entrada de la caverna. Eso significaba que la cadena era el único vínculo real con el mundo exterior.
Convencido de que la cadena era la clave, Sai comenzó a golpearla, pero el metal parecía irrompible. Estaba agotado y casi sin fuerzas cuando decidió jugárselo todo en un último movimiento. Saltó lo más alto que pudo, quedando justo encima de la cadena, y gritó con todas sus fuerzas:
—¡DEMONIACA!
La espada cayó desde lo alto como un rayo de luz púrpura directo a su mano derecha. Con un solo movimiento descendente, Sai descargó todo su poder y rompió la cadena en dos. En ese mismo instante, el perro soltó un aullido y recuperó su tamaño normal, volviendo a ser el pequeño animal del principio.
Sai pronunció el nombre de "Apocalipsis" y la espada se desvaneció. Con paso firme, caminó hacia la puerta y, al atravesarla, finalmente logró salir de la caverna para continuar su camino hacia el corazón del infierno.