CAPÍTULO 5: LA MALDICIÓN DE LA CIUDAD DE OPUS
Después de dejar atrás las ruinas de su encuentro con la familia Evil, Sai y Lily prosiguieron su agotador viaje hacia la montaña Makalu. Tras dos días de marcha ininterrumpida, habiendo agotado hasta la última gota de sus provisiones, el cansancio empezaba a pasarles factura. Fue entonces cuando, como un espejismo en el horizonte, divisaron una gran ciudad que se alzaba majestuosamente frente a ellos.
La ciudad de Opus era un espléndido mosaico donde la arquitectura antigua y la moderna se fundían en una armonía perfecta. No había murallas defensivas ni puertas de hierro; en su lugar, un arco colosal hecho de flores de colores vibrantes marcaba la entrada, perfumando el aire y dando una bienvenida silenciosa a los viajeros. Las calles adoquinadas serpenteaban entre casas de piedra y madera, cada una con jardines delanteros que rebosaban de árboles frutales y flores que añadían pinceladas de color natural a cada rincón.
En el corazón de la urbe, se desplegaba una gran plaza pavimentada con piedras pulidas que brillaban bajo la luz de la tarde. Altos árboles proporcionaban una sombra fresca sobre los bancos de madera, y en el centro, una fuente de agua cristalina burbujeaba con un sonido suave, proporcionando un telón de fondo tranquilo al bullicio que uno esperaría encontrar en un lugar así.
Eran aproximadamente las cinco de la tarde cuando Sai y Lily cruzaron el arco de flores. Sin embargo, al dar los primeros pasos, se toparon con una escena que les heló la sangre: todas las personas y animales que veían eran estatuas de bronce.
—¡Qué extraño! ¿Qué habrá ocurrido aquí? —preguntó Lily, intrigada, mientras rozaba con los dedos la figura metálica de un perro que parecía haber sido congelado en pleno salto.
—No lo sé —respondió Sai, manteniendo la guardia alta mientras observaba a las decenas de estatuas que poblaban la plaza—. Parece que el tiempo se detuvo para ellos.
Recorrieron las avenidas principales sin encontrar un solo ser vivo. Sin embargo, lo más inquietante era que todo indicaba que allí vivía gente de forma activa: los puestos de comida tenían productos frescos, las calles estaban impecables y las casas se veían perfectamente cuidadas.
—El sol se pondrá pronto. Deberíamos pasar la noche aquí y buscar respuestas —sugirió Sai, aunque sus instintos le decían que algo no encajaba.
—No lo sé, Sai. Este lugar me da escalofríos —respondió Lily, mirando de reojo las figuras—. Siento que esas estatuas nos observan, como si tuvieran vida propia.
—Tienes razón —concedió Sai, deteniéndose frente a la estatua de una anciana sentada en un banco. Sus ojos metálicos parecían seguir cada uno de sus movimientos—. Es mejor que nos vayamos.
Intentaron desandar lo andado para salir de la ciudad, pero al llegar al arco de flores, Lily fue repelida violentamente. Una barrera invisible y sólida le impedía dar un paso más hacia el exterior. —¿Qué sucede, Lily? —preguntó Sai, deteniéndose en seco fuera del arco.
—¡No puedo salir! —respondió ella, golpeando el aire con desesperación—. Algo me lo impide, es como una pared de cristal que no puedo atravesar.
Sai intentó tomarla de la mano para tirar de ella, pero no hubo forma. Lo más extraño es que él sí podía entrar y salir a su antojo. Minutos después, justo cuando el último rayo de sol se ocultó tras las montañas, ocurrió algo increíble: el frío bronce empezó a recuperar el color de la carne. Las estatuas cobraron vida de golpe. Los habitantes comenzaron a moverse y a conversar, retomando sus tareas cotidianas como si el tiempo no hubiera pasado.
Al notar la presencia de los extranjeros, la ciudad entera se sumió en un silencio sepulcral. Todos se detuvieron para observarlos. De pronto, un anciano de cabello blanco como la nieve y ojos verdes se separó de la multitud y se acercó con paso pausado.
—No se asusten —dijo el hombre con una voz serena—. Hace mucho tiempo que nadie nos visitaba desde el mundo exterior. Sean bienvenidos a la ciudad de Opus. Mi nombre es Bem.
—Hola... mi nombre es Lily y él es mi amigo Sai —respondió ella, todavía temblando por la impresión.
—Hola —saludó Sai, analizando al anciano con desconfianza.
—¿Qué es lo que está sucediendo aquí? —preguntó Lily de inmediato—. Hace un momento eran de metal y ahora son personas. ¿Y por qué no puedo salir de esta ciudad?
—Esa es una larga y triste historia —respondió Bem con una pizca de melancolía—. Vengan, acompáñenme a mi casa y les contaré todo. Mi esposa empezará pronto a preparar la cena y se nota a leguas que están hambrientos y agotados.
—Está bien, aceptamos —dijo Sai, comprendiendo que no tenían otra opción si querían liberar a Lily de aquella barrera.
Siguieron al anciano a través de las calles ahora llenas de vida. Mientras avanzaban, sentían las miradas curiosas y los susurros de los habitantes de Opus, que parecían examinar cada detalle de sus ropas. Al llegar a la morada de Bem, fueron recibidos por su esposa, una mujer de una belleza otoñal impresionante. Tenía el cabello de un gris plateado y una piel oscura que irradiaba calidez. Vestía un largo vestido decorado con flores amarillas que parecían bailar con cada uno de sus movimientos. Su sonrisa acogedora y la luz en sus ojos azules les brindaron, por primera vez en días, una verdadera sensación de seguridad.
Mientras Lara terminaba de preparar la cena, el aroma de las especias comenzó a llenar la estancia, pero el ambiente seguía cargado de una tensión invisible. Bem se acomodó en su silla y comenzó a relatar la historia que había marcado a fuego el destino de la ciudad. Su voz, teñida de una nostalgia amarga y un dolor antiguo, llenaba la habitación con un peso casi tangible.
—Hace poco más de dos años —comenzó Bem, con la mirada perdida en el vacío—, una hermosa bruja llegó a nuestra ciudad. En aquel entonces, no era la sombra que es hoy. Era amable, generosa y siempre estaba dispuesta a tendernos una mano, sin importar cuán difícil fuera nuestra necesidad. En una de sus visitas, conoció a mi hermano Bruno.
Bem hizo una pausa y una pequeña sonrisa triste asomó a sus labios. —Se enamoraron casi al instante. Fue algo mágico, como si el mismo destino hubiera tejido sus hilos para unirlos. No pasó mucho tiempo antes de que decidieran casarse. Todo el pueblo celebraba aquella unión.
El anciano apretó los puños sobre la mesa de madera, y su voz tembló ligeramente al continuar. —El día de la boda... Bruno estaba radiante. Nunca lo había visto tan lleno de vida. Horas antes de la ceremonia, vino a buscarme con un brillo especial en los ojos. Me dijo que quería sorprender a su prometida con algo único, algo que la haría la mujer más feliz del mundo. Cuando le pregunté qué era, solo sonrió con picardía y salió corriendo hacia el bosque. Esa fue la última vez que lo vi. Jamás regresó.
Lily y Sai escuchaban en un silencio absoluto, sintiendo la opresión del relato. —Toda la ciudad acudió al altar, pero el novio nunca apareció. La novia lo esperó durante horas interminables. Vimos cómo su rostro pasaba de la esperanza radiante al desconcierto, y finalmente, al sufrimiento más absoluto. Al principio, la gente intentó consolarla, pero pronto la compasión se pudrió. Comenzaron los murmullos, las risas crueles a sus espaldas, hasta que las burlas fueron abiertas y despiadadas. Se burlaron de una mujer rota en el día que debía ser el más feliz de su vida.
—No lo soportó —suspiró Bem—. Algo en ella se quebró para siempre. Su dolor se transformó en una furia ciega, y esa furia en una oscuridad que la envolvió por completo. Frente a todos nosotros, lanzó la maldición que selló nuestro destino. Desde ese día, vivimos atrapados. De día, somos estatuas de bronce, prisioneros de metal en un tiempo congelado. Solo al caer la noche volvemos a ser nosotros mismos, pero estamos encerrados. Nadie puede salir, y cualquier ser vivo que cruce el arco de flores queda condenado a compartir nuestra suerte.
—¿Quiere decir que... ahora nosotros también somos parte de la maldición? —preguntó Lily, con el rostro pálido por el terror.
—Así es —respondió Bem con una mirada cargada de lástima—. Ahora son ciudadanos de Opus, para bien o para mal.
—Yo no puedo pasar la barrera, pero Sai sí puede entrar y salir —reveló Lily, rompiendo el asombro del anciano.
—¡Eso es imposible! —exclamó Bem, poniéndose de pie—. Nadie ha podido romper ese sello en dos años.
—Sai no es un ser humano normal —añadió Lily, mirando a su amigo con una mezcla de orgullo y misterio.
—¿A qué te refieres? —preguntó Bem, intrigado, analizando la presencia imponente del joven.
—Esa es una historia muy larga —interrumpió Sai con firmeza—. Lo que importa ahora es cómo romper este hechizo.
—Creemos que la única que puede deshacerlo es la bruja Maruja —intervino Lara, acercándose para colocar los platos humeantes sobre la mesa—. Pero no sabemos dónde se oculta y, como ves, no podemos salir a buscarla.
—¿Dijo Maruja? —preguntó Lily, intercambiando una mirada de asombro con Sai.
—Así es —asintió Lara—. ¿Acaso han oído hablar de ella?
—La estamos buscando —explicó Lily—. Nos dijeron que ella tiene el poder de encontrar a cualquier persona, y nosotros buscamos a alguien muy peligroso.
—Antes de ser consumida por ese mal, era capaz de proezas increíbles. Era un ser de luz —añadió Bem con pesar—. Pero ahora... nadie sabe en qué se ha convertido.
—La cena está lista —anunció Lara, tratando de aliviar la pesadez del ambiente. Mientras compartían la comida, Sai, que siempre mantenía su mente analítica, hizo una pregunta que lo inquietaba:
—Si están atrapados y de día son estatuas, ¿cómo consiguen estos alimentos frescos?
—Simplemente aparecen en la plaza principal cada mañana —explicó Lara—. No sabemos quién los trae ni de dónde vienen, pero siempre son suficientes para que nadie pase hambre.
—Creemos que es una bendición de nuestro dios, que no nos ha abandonado del todo —añadió Bem, mirando hacia el techo con devoción.
—Mañana lo averiguaré —sentenció Sai—. Tal vez ese benefactor sea la clave para encontrar a Maruja o romper la barrera.
En Opus, la vida nocturna es la única vida que existe. Los habitantes permanecen despiertos, trabajando y compartiendo hasta que los primeros rayos del alba amenazan con devolverlos al metal. Cuando el sol finalmente asomó por el horizonte, el hechizo se activó de nuevo: Lily y todos los habitantes se convirtieron en frías estatuas de bronce en un instante.
Sai, que no se había permitido dormir, se dirigió a la plaza central mucho antes del amanecer. Se ocultó con destreza detrás de un árbol frondoso, reduciendo su respiración al mínimo para no ser detectado. Pasó horas en una vigilancia tensa, observando la ciudad inmóvil.
Finalmente, cuando el sol estaba en lo alto, observó algo inusual. De la nada, emergió una figura diminuta y fantástica. Era una niña pequeña, vestida con ropas extrañas que parecían pétalos de una flor exótica, y de su espalda brotaban unas alas translúcidas que vibraban con un brillo iridiscente. Con movimientos llenos de gracia y utilizando una magia antigua y desconocida, la pequeña hada comenzó a crear cestas llenas de frutas, panes y carnes, depositándolas con cuidado entre las estatuas de bronce. Sai observó maravillado, sabiendo que acababa de encontrar el primer hilo de la madeja que lo llevaría hasta la bruja.
Sai permaneció oculto entre las sombras de los árboles de la plaza, observando en silencio hasta que la pequeña criatura terminó de organizar las provisiones. Cuando ella se dispuso a marchar, él decidió que era el momento de presentarse.
—¡Hola! Mi nombre es...
Antes de que pudiera terminar la frase, la niña, presa de un pánico repentino, soltó un chillido y salió volando a una velocidad asombrosa. Sai, sin dudarlo, emprendió la persecución. Ella era increíblemente rápida y ágil, zigzagueando entre las casas de piedra y las estatuas de bronce. Recorrieron la ciudad de un extremo a otro varias veces, subiendo a los tejados y bajando por callejones estrechos, hasta que finalmente, exhausta y sin aliento, la pequeña criatura cayó al suelo. Cubriéndose el rostro, exclamó con desesperación:
—¡Está bien! ¡Viólame si quieres, pero por favor, no me mates!
—¡¿Qué?! —exclamó Sai, frenando en seco, completamente desconcertado—. No tengo la más mínima intención de hacerte daño.
La niña bajó las manos lentamente, mirándolo con desconfianza a través de sus grandes ojos. —Entonces... ¿por qué me persigues como un loco? —preguntó ella, todavía jadeando.
—Porque necesito hacerte una pregunta —respondió Sai, extendiendo una mano en señal de paz.
—¿Si te respondo, me dejarás ir? —preguntó ella, recuperando un poco la compostura.
—Tienes mi palabra —contestó Sai con sinceridad.
La pequeña criatura se sacudió el polvo de su ropa de flores y se cruzó de brazos. —¿Qué es lo que quieres saber?
—Necesito que me digas dónde encontrar a la bruja Maruja. Quiero pedirle que elimine la maldición que tiene atrapada a esta ciudad.
—¡¿De verdad quieres eliminar la maldición de Opus?! —preguntó la niña, abriendo mucho los ojos por la sorpresa.
—Así es —afirmó Sai con determinación—. Se lo prometí a mi amiga y a las personas que viven aquí. No descansaré hasta que vuelvan a ser libres.
—El responsable de este hechizo es un ser muy poderoso —advirtió ella con tono sombrío—. Podrías morir en el intento.
—No le temo a la muerte —dijo Sai con una seguridad que erizó la piel de la pequeña—. Además, yo también soy muy fuerte.
Tras observar la determinación inquebrantable en los ojos de Sai, la niña asintió. —Está bien. Tu valor me convence. Te llevaré con alguien que puede darte las respuestas que buscas.
—Te lo agradezco —dijo Sai, bajando la guardia—. Por cierto, ¿qué tipo de humana eres? Nunca había visto a alguien tan pequeña y con alas.
—Mi nombre es Luna, y no soy humana. Soy un hada.
—¡Un hada! —exclamó Sai, asombrado. En sus libros había leído sobre ellas, pero nunca pensó ver una.
—Así es —dijo Luna con una sonrisa traviesa—. ¿Y tú, gigante, cómo te llamas?
—Mi nombre es Sai.
—Es un placer, Sai. Ahora vamos, por tu culpa se me ha hecho tardísimo. Sígueme antes de que cambie de opinión —exclamó Luna, echando a volar hacia las afueras de la ciudad.
Emprendieron un viaje que los llevó a las profundidades de un bosque antiguo, donde los árboles parecían tocar el cielo. Llegaron frente a un ejemplar colosal, cuyo tronco estaba retorcido por los siglos. Luna lo tocó con delicadeza y, ante los ojos de Sai, el árbol se abrió por la mitad, revelando una luz blanca resplandeciente. Al cruzar el umbral, el árbol se cerró tras ellos, sellando el mundo exterior.
Habían entrado en el Reino de las Hadas. Era un lugar de ensueño, rebosante de flores de colores imposibles y hogar de miles de seres alados. El aire era dulce, cargado de un aroma embriagador, y la luz del sol se filtraba entre las hojas creando un caleidoscopio de luces danzantes. Hadas de apenas un metro de altura, vestidas con pétalos y hojas, revoloteaban dejando estelas de polvo brillante. Al ver a un humano, los murmullos se extendieron como el viento.
—¡La reina me va a matar! —murmuró Luna para sí misma, caminando con nerviosismo. En ese momento, una pequeña ave de plumaje rojo y amarillo voló hacia ellos y se posó en el hombro de Luna. —¡Hola, Pío! —dijo ella, acariciando al pájaro—. Sai, este es mi amigo Pío. Lo encontré en la ciudad de Opus y desde entonces me sigue a todas partes.
—Hola, Pío. Creo que deberías haberle puesto otro nombre —comentó Sai con una media sonrisa.
—¡¿Qué estás insinuando?! —saltó Luna, mirándolo fijamente con ojos entrecerrados.
—¡No, nada! Pío es un nombre... muy original —rectificó Sai rápidamente.
Llegaron finalmente a un trono tallado en un tronco milenario, adornado con flores vivas. Allí estaba sentada la reina Aurora. Su belleza era deslumbrante; su cabello dorado brillaba como el sol del mediodía y su vestido, hecho de pétalos de rosa, emitía un resplandor etéreo.
—Luna, ¡qué imprudencia has cometido! —exclamó la reina con una voz que, aunque dulce, imponía una autoridad absoluta—. Sabes que está prohibido traer humanos a nuestro santuario.
—Lo sé, majestad, pero este humano es diferente. Debe escuchar lo que tiene que decir. La reina observó a Sai durante un largo silencio.
—Acércate, humano. Déjame tocarte.
En cuanto los dedos de la reina rozaron la piel de Sai, ella cerró los ojos y un escalofrío recorrió el lugar. Aurora pudo ver cada fragmento de su vida. —Tienes un corazón puro, muchacho... pero por tus venas circula la sangre de un poderoso demonio —sentenció la reina, abriendo los ojos con asombro.
—¿Puede saber todo sobre mí con solo tocarme? —preguntó Sai, impresionado.
—Así es. Puedo ver tu pasado, tus heridas y tu origen.
—Entonces, dígame... ¿Sabe dónde puedo encontrar al demonio llamado Espectro? La reina suspiró con tristeza.
—No puedo ver el futuro, pero sé quién es el que buscas. Es el segundo de los cuatro hijos del Rey Demonio. Su poder es abismal, Sai. Si lo enfrentas ahora, morirás sin remedio.
—No me importa morir si con ello recupero a mi hermana —respondió él con una firmeza que hizo callar los murmullos de las hadas.
—Tu determinación es admirable —exclamó Aurora—. No sé el paradero actual de Espectro, pero puedo ayudarte con tu otra misión. Maruja se encuentra en la montaña Makalu. La noche que fue abandonada en el altar, su dolor fue tan grande que un demonio llamado Vudú se apoderó de ella. Si logras derrotar a ese demonio, la maldición de Opus se romperá. Pero ten cuidado, Vudú es un ser perverso y traicionero.
—Entiendo. Gracias por su ayuda —dijo Sai, y sin perder un segundo, dio media vuelta para salir corriendo por donde había venido. Sin embargo, a los pocos metros se detuvo, regresó rascándose la cabeza y preguntó—: Reina... ¿hacia dónde queda exactamente la montaña Makalu?
—¡Si es que eres un despistado! —exclamó Luna, mientras las hadas de la corte estallaban en risas cristalinas.
—¡Luna! —ordenó la reina con una sonrisa cómplice—. Acompáñalo y guíalo. Pero prométeme que tendrás cuidado. No te arriesgues más de lo necesario.
—Está bien, majestad. ¡Vamos, gigante, tenemos un demonio que cazar!