CAPÍTULO 4: LA FAMILIA EVIL
Al amanecer del día siguiente, cuando los primeros rayos del sol apenas comenzaban a teñir el cielo de Villa Red, Sai y Lily terminaron de prepararse para emprender su incierto viaje en busca de la bruja Maruja. La abuela Yula, con el corazón apretado por la preocupación, pero con las manos firmes, les preparó una generosa cantidad de alimentos y bebidas para el trayecto, asegurándose de que no les faltara nada en los primeros días. Después de una despedida cargada de promesas de regreso y abrazos apretados, los dos jóvenes partieron dejando atrás la seguridad del pueblo.
No tardaron mucho en llegar al río, ya que su curso no se encontraba muy lejos de la casa de la abuela. Siguiendo las instrucciones del abuelo Ham, comenzaron su viaje río arriba. El camino que bordeaba el agua estaba envuelto en una vegetación exuberante; árboles centenarios se alzaban como gigantes, proporcionando una sombra refrescante que los protegía del intenso sol del mediodía. El aire era puro, y el sonido constante y relajante del agua fluyendo sobre las piedras creaba un ambiente de falsa tranquilidad que los acompañó durante horas.
Caminaron con paso decidido durante todo el día hasta alcanzar finalmente la cabecera del río, el punto exacto donde el cauce nacía. Para cuando llegaron, el manto de la noche ya empezaba a cubrir el paisaje, por lo que decidieron que aquel era el lugar ideal para acampar y recuperar fuerzas.
Al despertar con la luz de la mañana, Lily se percató de inmediato de que Sai no estaba a su lado. Sin embargo, no se asustó, pues junto a los alimentos que les había dado la abuela, encontró un gran pescado fresco, recién sacado del agua. Con una sonrisa, Lily se levantó y comenzó a preparar el fuego para el desayuno. Varios minutos después, Sai emergió de entre la espesura del bosque y la saludó con calma:
—Hola, Lily.
—Hola, Sai. ¿A dónde fuiste tan temprano? —preguntó ella, sin dejar de atender la fogata.
—En cuanto desperté, salí a explorar los alrededores —contestó Sai con un brillo de triunfo en los ojos—. Tenía que estar seguro, y lo encontré: el camino hacia la montaña Makalu está justo frente a nosotros.
—¡Eso es genial! —exclamó Lily con una alegría contagiosa—. Entonces la leyenda es cierta.
—Así es —asintió Sai, sintiendo cómo la emoción crecía en su pecho—. Tu abuelo tenía razón en cada palabra.
Después de disfrutar del desayuno, se pusieron en marcha con renovadas energías. Se adentraron en el sendero que los conduciría hacia la misteriosa montaña, pero pronto se dieron cuenta de que aquel no era un camino común. El lugar se volvió extraño y amenazante: largas espinas rojas, afiladas como agujas y de un color carmesí antinatural, cubrían ambos lados del sendero, formando una barrera infranqueable.
A unos diez metros de distancia del camino, podían verse árboles cargados de manzanas rojas y jugosas que brillaban bajo el sol, pero alcanzarlas parecía una tarea imposible. El muro de espinas era tan denso y alto que cualquier intento de atravesarlo parecía una sentencia de muerte. A medida que avanzaban, el horror se hizo presente: empezaron a encontrar esqueletos humanos atrapados entre las espinas. Los huesos, blanqueados por el tiempo, contaban una historia de desesperación. Todo indicaba que aquellas personas habían muerto en una agonía lenta tratando de alcanzar las manzanas para no morir de hambre.
—Sai, mira esos restos... parece que esas espinas tienen algún tipo de veneno —comentó Lily, bajando la voz y sintiendo un escalofrío.
—Así es —asintió Sai, observando cómo las espinas parecían brillar con una intensidad maligna—. No es solo el pinchazo; es lo que llevan dentro. Debemos tener un cuidado extremo de no rozar ni una sola de ellas.
Habían transcurrido ya dos días desde que comenzaron a recorrer aquel sendero interminable. La situación se había vuelto crítica: se les habían acabado las provisiones y el agua, y la sed empezaba a nublarles el juicio. A medida que avanzaban con paso errático, seguían encontrando más y más esqueletos entre las espinas rojas. El hambre era un monstruo que los devoraba por dentro, y entendieron por qué tantos otros habían caído en la tentación. El deseo de morder una de aquellas manzanas era casi insoportable, pero sabían que un solo roce con las espinas venenosas significaría el fin de su viaje.
Al tercer día de travesía por aquel sendero de pesadilla, Sai y Lily se llevaron una sorpresa que desafiaba toda lógica. Vieron a lo lejos un castillo blanco que se alzaba majestuosamente en medio del camino, como un faro de esperanza en un mar de espinas rojas. Su fachada era de un blanco tan puro e inmaculado que brillaba bajo el sol con una intensidad cegadora, contrastando violentamente con el paisaje hostil que lo rodeaba.
Las torres del castillo se elevaban hacia el cielo, coronadas por banderas de seda que ondeaban graciosamente al viento. En la gran entrada de mármol, los esperaban cuatro figuras cuya sola presencia irradiaba una calidez y amabilidad que parecía un oasis de humanidad tras tanto tormento.
La mujer, alta y de porte elegante, parecía ser la cabeza de la familia. Su cabello largo y castaño caía en suaves ondas sobre sus hombros, enmarcando un rostro sereno con ojos azules llenos de una empatía aparente. Vestía un sencillo pero impecable vestido blanco que realzaba su figura, y su sonrisa transmitía una mezcla de bienvenida y consuelo, como si entendiera perfectamente cada una de las penurias por las que habían pasado.
A su lado estaba su esposo, un hombre de complexión robusta y semblante protector. Su cabello oscuro y corto tenía mechones plateados que reflejaban experiencia y el peso de una gran responsabilidad. Vestía una túnica blanca adornada con intrincados bordados dorados que destacaban su posición de señor del castillo. Su mirada, aunque firme, poseía un destello cálido que inspiraba una confianza inmediata.
Delante de ellos estaban sus hijos. La mayor, una niña de unos doce años llamada Sura, irradiaba una energía vibrante; su cabello castaño claro estaba recogido en dos trenzas y sus ojos verdes brillaban con entusiasmo. El menor, Tim, un niño de unos diez años, se aferraba a la mano de su padre mientras observaba a los recién llegados con una mezcla de timidez y fascinación. La familia se presentaba como una imagen perfecta de unión y hospitalidad, una promesa de refugio tras el horror del camino.
—¡Qué extraño! ¿Crees que este sea el castillo de la bruja Maruja? —preguntó Lily en un susurro, intrigada por la belleza del lugar.
—No lo creo, no hemos visto ninguna montaña con forma de rostro —contestó Sai, manteniendo sus sentidos alerta—, pero vamos a averiguar quiénes son.
Al acercarse, notaron que la familia estaba genuinamente alegre de verlos. Parecía, incluso, que habían estado esperando su llegada durante mucho tiempo.
—Hola, sean bienvenidos a nuestro humilde hogar —saludó el hombre con voz profunda—. Nosotros somos la familia Evil. Mi nombre es Tom, ella es mi esposa Sara, y estos son nuestros hijos, Sura y Tim. De hecho, el pequeño Tim cumplirá diez años en solo tres días.
—Hola, bienvenidos —añadió Sara de manera muy cordial, mientras Tim y Sura sonreían y miraban a Sai y a Lily con una fijeza extraña, casi hambrienta.
—Hola, mi nombre es Lily y él es mi amigo Sai. Es un verdadero placer conocerlos —respondió Lily, aliviada por haber encontrado civilización.
—Hola —saludó Sai, intentando relajar su postura con una sonrisa.
—El placer es todo nuestro. Deben estar hambrientos después de cruzar el camino de las espinas; por favor, acompáñennos a comer —invitó Sara, señalando con un gesto elegante hacia el interior del castillo.
Extenuados y con el estómago vacío, aceptaron la invitación. Al cruzar el umbral, se encontraron en una gran sala de banquetes que emanaba una sensación de lujo y calidez. Una larga mesa de madera oscura dominaba el espacio, cubierta con platos de plata y cristal tallado que rebosaban de manjares apetitosos. Un candelabro de oro macizo iluminaba la estancia con una luz suave, mientras tapices coloridos adornaban las paredes contando historias de tiempos antiguos.
Mientras devoraban la comida con gratitud, Sai rompió el silencio: —¿Conocen la montaña Makalu?
—Claro que sí, ¿es allá a donde se dirigen? —preguntó Tom mientras tomaba la sal con parsimonia.
—Así es —contestó Sai—. ¿Podrían decirnos cómo llegar?
—Por supuesto —respondió Tom con una sonrisa bondadosa—, pero deben quedarse aquí esta noche. Es un camino traicionero. Mañana, yo mismo les mostraré el sendero correcto.
—Gracias, de verdad, pero no queremos ser una molestia —intervino Lily con modestia.
—No es ninguna molestia —insistió Sara mientras cortaba un pedazo de carne con un cuchillo extremadamente afilado—. Estamos encantados de tener visitas. Hacía mucho tiempo que nadie pasaba por aquí. Se nota que están agotados.
—Mi esposa tiene razón. Tomen un baño caliente y descansen en nuestras habitaciones de invitados. Mañana temprano nos ocuparemos del viaje. Sura, por favor, muéstrales el baño y sus aposentos —indicó Tom.
—¡Sí, padre!
Sai y Lily, sintiéndose por fin a salvo, aceptaron la hospitalidad. Tomaron un baño reparador y se retiraron a descansar. Sin embargo, mientras ellos dormían, la familia Evil permanecía en la mesa, y la máscara de amabilidad comenzó a desmoronarse.
—Nuestros invitados se ven deliciosos, ¿verdad? —comentó Tom, con los ojos brillando de una forma inhumana.
—Así es, querido —asintió Sara, pasándose la lengua por los labios—. Tienen una textura excelente.
—¿Nos los vamos a comer esta noche? —preguntó Tom, cuya impaciencia empezaba a hacerlo temblar.
—Claro que no —sentenció Sara con autoridad—. Los reservaremos para celebrar el cumpleaños de Tim.
—¡Pero eso será en tres días! —exclamó Tom, frustrado—. No sé si podré aguantar tanto tiempo sin probar esa carne.
—Paciencia, querido esposo. Ellos serán el regalo especial de Tim.
—Sí, padre, ten paciencia —intervino el pequeño Tim con una mirada cargada de una maldad pura y siniestra—. Son mi regalo.
—Está bien —gruñó Tom, resignado—. Pero al menos déjame descuartizarlos hoy para ir adelantando.
—No, querido. Si los matas hoy, la carne no estará fresca para el gran día. Perdería su sabor y su valor nutritivo —explicó Sara con frialdad médica.
—Tienes razón, querida —afirmó Tom, mientras se limpiaba un hilo de baba que asomaba por la comisura de su boca.
Sai y Lily se encontraban en un peligro de muerte inminente, ignorantes de que la encantadora familia que los hospedaba con tanta cortesía era, en realidad, un clan de caníbales con la oscura intención de devorarlos.
Al caer la noche, mientras Lily se preparaba para descansar en la comodidad de su habitación, unos golpes suaves resonaron en la madera de la puerta. Al abrir, se encontró con Sara, quien sostenía una bandeja con una sonrisa radiante y maternal. —Te he traído este jugo de manzana recién hecho —dijo Sara con voz dulce—. Te ayudará a conciliar un sueño profundo y reparador.
—Muchas gracias, eres realmente amable —respondió Lily, recibiendo el vaso de cristal con gratitud.
—No es nada, querida —añadió la mujer antes de retirarse—. Son manzanas del jardín de Tom; él las cultiva con un esmero casi obsesivo. Que descanses.
—¡Hmm, está delicioso! —exclamó Lily tras darle un generoso sorbo.
—Me alegra que te guste. Iré a ver si los niños ya se durmieron. Hasta mañana.
Sara salió al pasillo y se encontró con Tom, quien acababa de salir de la habitación de Sai tras entregarle una bebida idéntica. —¿Lo hiciste, querido? —susurró ella con un brillo siniestro en los ojos.
—Sí, querida. No dejó ni una gota.
Lo que los jóvenes ignoraban era que el jugo estaba hecho de una fruta infernal llamada manzafoles. Estas manzanas poseen el poder de inducir un sueño letárgico de más de quince horas y, lo que es peor, borran de la mente cualquier recuerdo del día anterior.
Al amanecer, mientras el efecto de la fruta mantenía a sus presas inconscientes, Tom y Sara cargaron con los cuerpos de Sai y Lily y los depositaron en el camino, a un kilómetro de distancia del castillo. —Deberíamos matarlos de una vez y evitarnos tantas molestias —sugirió Tom, dejando caer el cuerpo de Sai con brusquedad.
—Tranquilo, querido —respondió Sara con una risa contenida—. En un par de horas despertarán y no recordarán absolutamente nada. Recuerda que hacemos esto para que la carne esté perfecta para el cumpleaños de Tim.
—¿Tendremos que repetir este teatro dos días más? —preguntó Tom, impaciente.
—Así es. Pero cuando estemos saboreando sus cabezas en el banquete, verás que cada minuto de espera habrá valido la pena.
Tras acomodarlos para que pareciera que acababan de llegar, los Evil regresaron al castillo para reiniciar la farsa. Horas después, Sai y Lily despertaron desorientados. —¡Qué extraño! No recuerdo habernos quedado a dormir aquí, en medio del camino —dijo Lily, frotándose las sienes con confusión.
—Yo tampoco —respondió Sai, analizando el entorno—. Debió ser por el cansancio extremo y el hambre.
Empezaron a caminar y, como si fuera la primera vez, se maravillaron ante la aparición del castillo blanco. Todo transcurrió exactamente igual que el día anterior, pero esta vez, un pequeño detalle cambiaría el destino de todos. Durante su baño, Lily decidió lavar sus pantis y los dejó colgados discretamente para que se secaran durante la noche.
Nuevamente, Sara apareció con el jugo de manzafoles. Lily lo bebió y el olvido volvió a reclamar su mente. A la mañana siguiente, los caníbales repitieron el traslado. Cuando despertaron en el suelo, Lily miró a Sai con una mezcla de desconcierto y desconfianza. —¿Qué te pasa, Lily? —preguntó Sai, intrigado—. ¿Tampoco recuerdas cómo terminamos aquí?
—¡No! —contestó ella, pero su mente trabajaba a toda velocidad.
Caminaban de regreso al castillo, pero Lily iba aterrada en silencio. No entendía cómo era posible que hubiera despertado sin su ropa interior y no tuviera el más mínimo recuerdo de lo sucedido. Una idea terrible cruzó su mente: ¿era Sai un pervertido que se aprovechaba de ella mientras dormía? Se sintió avergonzada y prefirió callar, pero la desconfianza ya estaba sembrada.
Sin embargo, al llegar de nuevo al castillo y entrar al baño, encontró sus pantis colgados exactamente donde los había dejado. La revelación la golpeó como un rayo: de alguna manera inexplicable, ya había estado allí. El ciclo se rompió en su mente. Corrió a la habitación de Sai y le contó sus sospechas; juntos, idearon un plan para desenmascarar a sus anfitriones.
Momentos después, Sara entró con el jugo. Lily simuló beberlo con entusiasmo, pero en un descuido de la mujer, derramó el líquido sin que se diera cuenta. —¡Hmm, delicioso! —exclamó, fingiendo el inicio del mareo.
—Son las manzanas de mi esposo, querida —dijo Sara con una sonrisa de triunfo—. Descansa. Tengo que ayudar a los niños.
En el pasillo, Tom la esperaba ansioso. —¿Lo hiciste, querida?
—Así es. Mañana tendremos el gran banquete.
—Estoy ansioso por devorar sus cabezas —comentó Tom, saboreándose de forma asquerosa.
—Vamos a la cocina; hay que ayudar a los niños a preparar la salsa —concluyó Sara, tomándolo del brazo.
Lily, pegada a la puerta, escuchó cada palabra con el corazón latiendo a mil por hora. En cuanto los pasos se alejaron, corrió aterrada a la habitación de Sai. Lo encontró tumbado en la cama, con los ojos cerrados. —¡Eres un idiota! ¡Despierta! —exclamó Lily, tomándolo por el cuello y sacudiéndolo con desesperación—. ¡Te dije que no tomaras nada!
Sai abrió un ojo, medio adormilado, y murmuró: —Tranquila... no bebí nada.
—¿Entonces por qué te duermes tan rápido? ¡Olvídalo! —gritó ella en un susurro—. Los Evil son caníbales. Mañana somos el plato principal y en este momento están preparando la salsa para nosotros.
—¿En serio? —preguntó Sai, incorporándose con pereza—. Pero si parecían tan buena gente.
—¡Los acabo de escuchar hablar de devorar nuestras cabezas!
—Entonces hay que darles una lección —dijo Sai, volviendo a abrazar la almohada—. Vete a tu habitación. Mañana me haré cargo de ellos.
—¡¿Qué?! —exclamó ella, indignada—. ¡De ninguna manera me quedaré sola mientras esos monstruos cocinan mi salsa!
—Está bien, está bien —asintió Sai, sentándose finalmente sobre la cama con una mirada que empezaba a tornarse peligrosa—. Esto es lo que vamos a hacer...
Esa noche, bajo el velo de un silencio tenso, Sai y Lily terminaron de dar forma a su plan. Mientras tanto, en las sombras del castillo, Tom y Sara se levantaron mucho antes de que el primer rayo de sol tocara las torres blancas. Se dirigieron a las habitaciones de invitados con pasos felinos; Tom empuñaba una enorme hacha de doble filo con la que planeaba terminar con la vida de Sai y Lily de un solo golpe. Sin embargo, al abrir las puertas, la sorpresa los golpeó de frente: las camas estaban vacías y frías.
Presas del pánico y la furia, corrieron hacia la cocina y allí los encontraron, esperándolos con una calma que los descolocó. Lily estaba sentada a la cabecera de la mesa, sosteniendo una jarra llena de aquel jugo carmesí. Sai permanecía de pie, impasible, al lado de los cuerpos de Tim y Sura, quienes yacían noqueados en el suelo tras haber sido sometidos.
—Hola, farsantes —dijo Sai con una voz que destilaba desprecio—. Así que era cierto... nos querían convertir en su cena.
—¿Qué les han hecho a nuestros hijos? —preguntó Tom, su voz descendiendo a un tono sombrío y cargado de una promesa de muerte.
—Ellos están bien —contestó Lily, sirviendo el jugo en dos vasos de cristal con una mano sorprendentemente firme—. Solo duermen.
—Así es —asintió Sai—. Después de obligarlos a confesarnos cada detalle de sus planes, los puse a dormir para que no estorbaran.
—¡Desgraciado! —rugió Tom, apretando el mango del hacha hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
—Les daré una única oportunidad para salvar sus vidas, porque a pesar de todo, nos trataron bien al principio —expresó Sai, señalando los vasos—. Solo tienen que beber el jugo que está sobre la mesa. Para cuando despierten, nosotros ya nos habremos ido. ¡Es la única opción que tienen!
—Prefiero otra opción —dijo Tom, y su mirada se volvió asesina—. Una donde les arranco las cabezas con mis propias manos y nos las comemos lentamente.
—Tu idea me gusta mucho más, querido —exclamó Sara con una sonrisa desencajada, pasándose la lengua por los labios—. ¡Acaba con estas sabandijas humanas de una vez!
—¡Imaginaba que no sería tan fácil! —sentenció Sai, adoptando de inmediato una pose de combate.
Tom se abalanzó con una furia ciega, descargando el hacha en un arco descendente. Sai lo esquivó con una agilidad sobrehumana y conectó un golpe devastador directamente en el rostro del hombre. Tom retrocedió, escupiendo sangre, pero su sonrisa no desapareció.
—Ya veo que no eres un simple humano —dijo Tom con ojos que empezaban a brillar con un odio milenario—. ¿Qué te parece si salimos para que podamos pelear en serio? No quisiera manchar mi cocina antes del banquete.
—Está bien.
Salieron a la explanada delantera del castillo. De repente, el cuerpo de Tom comenzó a convulsionar de manera antinatural. Un sonido desgarrador de huesos rompiéndose y músculos estirándose llenó el aire del amanecer. Su piel se tornó de un gris ceniza y rugosa, y su figura se deformó hasta duplicar su tamaño original. Su rostro se alargó en un hocico porcino y repulsivo, con colmillos afilados que brotaban de su mandíbula. En su mano derecha, el hacha relucía bajo el sol como un heraldo de la muerte.
—¿Qué demonios eres? —exclamó Sai, retrocediendo un paso, incapaz de apartar la vista de aquella abominación.
—¡Ten cuidado, Sai! —gritó Lily, con el pánico reflejado en su rostro.
Tom no dio tiempo a más. Con un rugido gutural, cargó contra Sai balanceando el hacha con una fuerza que hacía vibrar el aire. El impacto de los golpes que erraban partía el suelo de piedra, enviando fragmentos en todas direcciones. Sai intentó contraatacar, pero la criatura era sorprendentemente ágil. Un puñetazo directo al pecho arrojó a Sai varios metros atrás, dejándolo sin aliento.
Sai rodó por el suelo justo a tiempo para evitar que el hacha se incrustara en su cráneo. Se levantó de un salto y, con una velocidad renovada por la adrenalina, lanzó un golpe directo al rostro desfigurado de Tom. La criatura apenas se inmutó. La batalla se intensificó; cada choque enviaba ondas de choque que desestabilizaban a Lily a la distancia.
—¡¡¡Córtale la cabeza de una vez, querido!!! —gritó Sara desde la entrada, su voz cargada de una crueldad que estremecía los huesos.
Al escucharla, Tom aplicó más presión, empujando a Sai hacia el borde del abismo. Pero Sai, con un rugido de esfuerzo puro, giró sobre sí mismo y conectó una patada lateral en la joroba de la criatura. Tom se tambaleó. Sai aprovechó el segundo exacto en que el monstruo incrustó el hacha en el suelo por error; saltó sobre el mango y golpeó la cara de Tom con tal fuerza que le rompió el hocico.
En un arrebato de furia, Sai tomó el mango del hacha atrapada y, con un grito que desgarró el silencio, la liberó y la giró en un arco mortal. El filo se hundió profundamente en el torso de Tom. Sai no se detuvo; con una precisión brutal, continuó golpeando hasta que el hacha destrozó las costillas de la criatura, partiendo su cuerpo prácticamente en dos. Tom se desplomó en un charco de sangre oscura.
El silencio que siguió fue interrumpido por los gritos desgarradores de Sara. Al ver a su esposo destruido, la mujer dejó escapar un rugido ensordecedor y comenzó su propia transformación. Su piel se tornó gris, sus músculos reventaron la tela de su vestido blanco y garras negras brotaron de sus dedos.
—¡Maldito! ¡Vas a pagar por esto con tu vida! —gritó con una voz gutural.
Sara era mucho más rápida que Tom. Embistió a Sai con tal fuerza que lo estampó contra la muralla del castillo, resquebrajando la piedra. Lo sujetó por el cuello, levantándolo del suelo mientras sus garras se hundían en su carne. —¡Voy a destrozarte lentamente! —gruñó ella.
Pero Sai, jadeando, reunió sus últimas fuerzas y hundió el hacha en el brazo que lo sostenía. Sara soltó un alarido y lo dejó caer. Sai, herido y sangrando de un costado, no retrocedió. Con un giro rápido, cortó la pierna de Sara por la rodilla. La criatura cayó, pero seguía intentando arrastrarse hacia él con una rabia inhumana.
Sin decir una palabra, con el rostro cubierto de sudor y sangre, Sai levantó el hacha por encima de su cabeza. Con un movimiento seco y definitivo, separó la cabeza de Sara de su cuerpo. La cabeza rodó por el suelo, dejando un rastro de muerte, mientras el cuerpo colapsaba con un estruendo pesado.
Sai dejó caer el arma, exhausto. Lily se acercó temblando. —¿Qué pasará con sus hijos? —preguntó ella, mirando los cadáveres—. Si los dejas vivir, seguirán devorando humanos.
—Lo sé... pero no puedo matarlos. No mientras tengan esa apariencia de niños —dijo Sai, bajando la mirada.
—¿Qué vamos a hacer entonces?
—Nos marcharemos antes de que despierten —sentenció Sai, caminando hacia el interior para recoger sus cosas.
Tomaron todo el alimento que pudieron y salieron por la parte trasera del castillo, encontrando finalmente el sendero hacia la montaña Makalu. Una hora después, Tim y Sura despertaron. Al salir y encontrar los cuerpos destrozados de sus padres, no mostraron ni una pizca de tristeza. Con una frialdad mecánica, Sura cavó un hoyo frente al castillo y los enterró sin ceremonias.
Luego, al ver a tres hombres que se acercaban por el camino, Sura llamó a su hermano pequeño. —¡Hermano!
—¿Dime, hermana? —preguntó Tim, observando a los nuevos viajeros.
—Feliz cumpleaños —dijo Sura con una mirada siniestra y una sonrisa perturbadora—. Tus regalos acaban de llegar.