CAPÍTULO 3: AVARICIA VS SAI

 

Pereza entró en la ciudad siguiendo a Lily, quien caminaba hipnotizada hacia un gran castillo. Sai intentó detenerla, pero Acidia se interpuso en su camino.

—¿Adónde crees que vas? —preguntó Acidia con un tono lleno de soberbia.

—¡Apártate de mi camino o te mataré! —respondió Sai, con una seriedad que helaba la sangre.

—No me hagas reír. Una sabandija como tú no puede matar a alguien como yo —exclamó Acidia mientras comenzaba a transformarse.

Su cuerpo se hinchó de forma grotesca. Su piel se tornó de un verde enfermizo y su figura humana desapareció. Sus ojos se agrandaron hasta volverse saltones y enrojecidos, mientras largos bigotes brotaban de su rostro. Su mandíbula se extendió hacia afuera, revelando dientes amarillentos y afilados. Sus manos se convirtieron en garras gruesas y sucias, y un hedor a podredumbre comenzó a inundar el aire.

Una vez completada su transformación, Acidia se lanzó sobre Sai y empezó a golpearlo con furia, pero sus ataques no le hacían nada.

—¿Quién demonios eres? —preguntó Acidia, retrocediendo con terror.

—¡Soy quien te enviará al lugar al que perteneces: el infierno!

Acidia, dominado por el miedo, intentó huir, pero Sai fue más rápido. Con un movimiento explosivo, apareció frente a él y le asestó un golpe devastador en el centro del pecho. Un sonido seco y brutal resonó en la entrada de la ciudad mientras el cuerpo de Acidia caía al suelo, sin vida. Sin perder tiempo, Sai entró en Onapolis para rescatar a Lily.

Al cruzar el arco de entrada, Sai vio algo perturbador: los habitantes se movían como marionetas sin alma. Sus ojos estaban vacíos y trabajaban en un silencio absoluto. Cargaban piedras y colocaban ladrillos para terminar una estatua colosal en el centro de la plaza.

El monumento representaba a un demonio y estaba hecho de un material dorado que parecía absorber la luz del sol. Sus rasgos eran aterradores, con cuernos retorcidos en espirales que apuntaban al cielo y ojos huecos que daban la sensación de mirar directamente al alma.

A lo lejos, Sai vio a Lily entrar al castillo escoltada por Pereza. Dentro, en un trono oscuro, un demonio de voz profunda esperaba.

—¿Ya está terminada mi estatua? —preguntó el demonio.

—Está casi lista, señor —respondió Pereza, haciendo una reverencia mientras sujetaba a Lily—. Vine a traerle esta hermosa ofrenda que acaba de llegar.

—Se ve apetitosa. Prepárala y tráemela más tarde. ¿Dónde está tu hermano?

—Se quedó divirtiéndose con un humano que venía con la chica —contestó Pereza con indiferencia.

Cuando Sai llegó finalmente al castillo, sus pasos resonaron con pesadez sobre las piedras frías. Empujó con fuerza la gran puerta de madera roja y, al entrar, la visión lo dejó paralizado por un segundo. Frente a él, sentado en un trono que parecía burlarse de la dignidad humana, se encontraba un demonio imponente de dos metros y medio de altura. Su nombre era Avaricia, una criatura grotesca y aterradora que emanaba una presencia maligna.

Su piel dorada no era hermosa; brillaba con un resplandor siniestro y metálico que parecía reflejar las luces de las mismísimas profundidades del infierno. Su cuerpo era vagamente humanoide, pero estaba retorcido y deformado de maneras que desafiaban cualquier ley de la naturaleza.

Desde su frente se elevaban unos cuernos retorcidos, enroscándose en espirales grotescas que parecían crecer buscando el techo del salón. Sin embargo, sus ojos eran lo más espantoso: vacíos y carentes de toda vida. No tenían pupilas ni iris, eran simplemente dos abismos oscuros y profundos que parecían absorber toda la luz del lugar, llevándose consigo cualquier rastro de esperanza.

A los pies de ese monstruo, en una escena que hervía la sangre de Sai, estaban el rey y la reina de Onapolis. Estaban desnudos, despojados de su dignidad, y atados por el cuello con cadenas pesadas como si fueran animales de corral. Aquellas figuras, que alguna vez fueron majestuosas y respetadas por su pueblo, se encontraban ahora en un estado lamentable. El rey, un hombre de estatura imponente, se veía frágil, quebrado y derrotado; la reina, una mujer de gracia natural, estaba demacrada, con la piel pegada a los huesos. En sus ojos solo quedaba el rastro de la desesperación absoluta.

Frente a Avaricia estaban Lily y Pereza. Este último, al notar la presencia del intruso, se giró hacia Sai con una mirada llena de odio y preguntó:

—¿Dónde está mi hermano?

—Está muerto —respondió Sai con una frialdad que cortaba el aire, mientras sostenía su mirada con firmeza.

Al escuchar aquellas palabras, Pereza soltó un rugido de rabia ciega. Su cuerpo comenzó a convulsionar mientras se transformaba en un demonio de aspecto similar al de Acidia, pero con una diferencia repulsiva: su piel estaba plagada de extrañas pecas púrpuras que vibraban bajo la luz.

—¡Hijo de perra! —exclamó Pereza, lanzándose como un proyectil furioso contra Sai.

—¡Detente, idiota! —gritó Avaricia con un tono de preocupación real, pero Pereza ya no escuchaba a nadie.

Sai ni siquiera parpadeó. Con un movimiento tan rápido que apenas fue visible para el ojo humano, lanzó un golpe seco y brutal. En un segundo, le arrancó la cabeza de cuajo. La cabeza de Pereza rodó por el suelo del salón, dejando un rastro de sangre oscura hasta detenerse justo a los pies de Avaricia. El demonio dorado, furioso por la incompetencia de su esbirro, levantó su pie derecho y la aplastó como si fuera una fruta podrida. En ese mismo instante, el hechizo se rompió: en toda la ciudad de Onapolis, los ciudadanos hipnotizados parpadearon y recuperaron su conciencia de golpe.

—Crees que puedes venir aquí, matar a mis esbirros y arruinar mis planes con tanta facilidad —dijo Avaricia, levantándose lentamente del trono con un tono sombrío—. No tienes idea de cuánto voy a disfrutar escuchando tus huesos romperse mientras te arranco la cabeza.

—Antes de que lo intentes, te preguntaré una sola cosa —dijo Sai, apretando los puños—. ¿Conoces a un demonio llamado Espectro?

—No tengo por qué decirte nada —respondió Avaricia adoptando una postura de combate—. No hablo con los muertos.

Avaricia se lanzó sobre Sai con una velocidad que hizo vibrar las paredes del castillo. La batalla fue feroz, un intercambio de golpes que hacía temblar el terreno bajo sus pies. Lily y los reyes apenas podían ver más que sombras moviéndose a una velocidad sobrehumana. Pronto, la diferencia de poder se hizo evidente: Avaricia era más fuerte y experimentado. Cada impacto de sus puños resonaba en el salón como un trueno. Sujetando a Sai por el cuello con una mano, Avaricia comenzó a golpear su rostro sin piedad, haciendo que la sangre salpicara el suelo.

—Cuando termine de moler tu cuerpo, mataré a todos los ciudadanos de esta estúpida ciudad… incluida esa amiga tuya. Después de todo, ya no necesito a estas escorias —espetó el demonio con una sonrisa cargada de crueldad.

Aquellas palabras actuaron como una chispa en un barril de pólvora. Algo antiguo y oscuro despertó en el alma de Sai. Sus ojos perdieron cualquier rastro de humanidad, volviéndose opacos, y un aura fría y opresiva envolvió el lugar. Sai entró en un trance primitivo y sangriento. Con un movimiento violento, atrapó el brazo izquierdo de Avaricia y, aplicando una fuerza que no pertenecía a este mundo, se lo arrancó de cuajo.

—¿Quién demonios eres? ¿Cómo puedes tener tanto poder? —gritó Avaricia, retrocediendo con el rostro desfigurado por el dolor, intentando inútilmente tapar la herida de su hombro de donde brotaba un chorro de sangre.

Sai no respondió con palabras. Lo observaba con una sonrisa macabra, una mueca de puro placer asesino que no era suya. Poseído por una furia demoníaca, usó su velocidad para alcanzar a Avaricia y comenzó a desmembrarlo pieza por pieza. Sus carcajadas retumbaban en el castillo como ecos de ultratumba, dejando claro que estaba saboreando cada segundo de la masacre.

Lily, horrorizada por la carnicería, gritó con todas sus fuerzas pidiéndole que se detuviera. Sai giró la cabeza lentamente hacia ella. Sus pasos eran lentos, rítmicos y cargados de una amenaza que helaba el corazón. Antes de que ella pudiera correr, él la sujetó por el cuello y la levantó del suelo. La fuerza de sus dedos era aterradora; estaba apretando para matar.

—¡Sai, soy yo, Lily! —suplicó ella con la voz entrecortada, sintiendo cómo se le escapaba el aire—. Ese no eres tú… por favor… tienes que reaccionar.

Las lágrimas de Lily y su voz desesperada lograron atravesar el muro de oscuridad en la mente de Sai. Su mirada roja vaciló y la maldad que lo poseía empezó a retroceder como una marea baja. Al recobrar la consciencia de lo que estaba haciendo, soltó a Lily de inmediato y retrocedió varios pasos, temblando de horror.

—¡Lo siento, Lily! ¡Por Dios, no quise hacerte daño! —dijo Sai con la voz rota, tapándose el rostro con sus manos manchadas de sangre, lleno de una culpa que lo devoraba por dentro.

Lily cayó de rodillas, tosiendo y sujetándose el cuello, pero a pesar del miedo, lo miró con compasión. —Lo sé… parece que ese demonio no solo te dio sus poderes, sino que también te pasó toda su maldad.

—Tengo miedo —confesó Sai sin levantar la vista—. Tengo miedo de perder el control de nuevo y no poder regresar.

—Yo sé que lograrás controlarte —concluyó Lily con firmeza, tratando de darle un poco de paz entre tanto horror—. Eres mucho más fuerte que toda esa oscuridad.

Después de varios minutos de un silencio sepulcral tras la caída de Avaricia, las personas de la ciudad, que finalmente habían despertado de su trance, comenzaron a llegar al castillo con pasos vacilantes. Al ver los restos de los demonios y comprender que Sai los había liberado de una esclavitud eterna, el aire se llenó de susurros de asombro y expresiones de profunda gratitud.

Entre la multitud que se agolpaba en el salón, apareció un hombre que Lily reconoció de inmediato: era su abuelo, Ham. Era un hombre de estatura mediana, cuya barba blanca, bien cuidada y brillante, le otorgaba un aire de dignidad y respeto. Sus ojos, de un azul tan profundo como el océano, reflejaban una sabiduría que solo se adquiere con el paso de las décadas. Aunque el tiempo había reclamado el color de su cabello, su espíritu se mantenía jovial y su energía resultaba contagiosa para cualquiera que estuviera cerca.

Ham vestía con su ropa de siempre, cómoda pero elegante, y no le faltaba su sombrero de paja, que se había convertido en su marca distintiva. A pesar de su avanzada edad, se movía entre la gente con una agilidad que sorprendía a los más jóvenes. Al verlo sano y salvo, Lily soltó un grito de alegría, corrió hacia él y lo abrazó con todas sus fuerzas, hundiendo el rostro en su pecho.

Mientras tanto, Sai se acercó a los reyes de Onapolis y, con movimientos precisos, rompió las pesadas cadenas que los mantenían humillados. Los monarcas, recuperando poco a poco su porte regio, ofrecieron de inmediato organizar una gran fiesta en su honor dentro del castillo. Sin embargo, Sai, cargando todavía con el peso de la batalla y el deseo de paz, decidió declinar la oferta. El grupo prefirió emprender el camino de regreso a casa esa misma tarde.

El viaje de vuelta fue una procesión de esperanza. Sai y sus compañeros partieron acompañados por todos los habitantes de Villa Red que habían estado cautivos. Al llegar finalmente al pueblo, la escena fue conmovedora: la abuela Yula y el resto de los vecinos salieron a las calles con gritos de júbilo. Al ver a sus seres queridos regresar de las garras de la muerte, la tristeza que había empañado a Villa Red se disipó como la niebla bajo el sol. En honor a Sai, organizaron la celebración más grande que el valle recordara.

La plaza principal de Villa Red se transformó en un escenario de luz y color. Bandas de banderines multicolores cruzaban el cielo de extremo a extremo, y farolillos de papel iluminaban la noche con un brillo cálido y acogedor. Los habitantes, luciendo sus mejores galas, se reunieron para celebrar la vida. Los músicos locales subieron al escenario y pronto el aire se llenó de melodías alegres y ritmos contagiosos que hacían imposible quedarse quieto.

Los niños correteaban entre las piernas de los adultos, jugando a las escondidas con risas cristalinas, mientras los mayores brindaban y compartían historias de valor. Las mesas crujían bajo el peso de los manjares: guisos caseros que humeaban con aromas deliciosos, carnes asadas, pasteles de frutas y dulces tradicionales. El perfume de la comida recién hecha se mezclaba con el aroma de las flores frescas que decoraban cada rincón, creando una atmósfera de absoluta felicidad.

En un rincón de la plaza, los más jóvenes participaban en competencias de fuerza y habilidad, bajo los aplausos y ánimos de los espectadores. A medida que la noche avanzaba, la energía de la fiesta solo aumentaba; el vino fluía, la música subía de tono y las risas resonaban en las colinas cercanas.

Sin embargo, en medio de aquel mar de alegría, Sai permanecía en la sombra, al margen de la multitud. Aunque una sonrisa melancólica se dibujaba en su rostro, sus ojos marrones, ahora teñidos por el recuerdo de la sangre, estaban cargados de una profunda tristeza. Cada risa que escuchaba le recordaba el silencio de su hermana Mily; cada plato de comida le recordaba a su pueblo destruido.

Viendo su estado, el abuelo Ham, la abuela Yula y Lily se apartaron de la celebración para acercarse a él.

—Lily me ha contado todo lo que te ha sucedido —comentó el abuelo Ham con voz suave, colocando una mano sobre el hombro de Sai—. Me dijo que buscas al demonio que te arrebató a tu hermana.

 —Así es, abuelo —respondió Sai con la voz apagada—. Pero el mundo es enorme y no sé por dónde empezar a buscarlo.

—Dime una cosa, muchacho, ¿alguna vez has escuchado la leyenda de la montaña Makalu? —preguntó Ham con un brillo de misterio en sus ojos azules.

—¡No! —exclamó Sai, despertando su interés.

—Se dice que allí donde el río termina su curso, comienza un camino que conduce a una montaña con la forma de un rostro humano. Esa es Makalu. En sus entrañas vive una bruja de un poder inmenso llamada Maruja. Cuentan las leyendas que Maruja tiene el don de encontrar cualquier cosa o persona, sin importar si está escondida en los rincones de este mundo o en las llamas del mismo infierno.

Ham hizo una pausa dramática y bajó el tono de voz. —También dicen que la montaña está llena de oro y diamantes, y que quien llegue allí será rico por el resto de sus días. Muchos codiciosos lo han intentado, pero hasta el día de hoy, nadie ha regresado para contarlo.

—Ese es un viaje suicida, Ham —intervino la abuela Yula, acercándose con una taza de té humeante para Sai—. Aunque este chico tenga una fuerza asombrosa, la montaña Makalu no perdona. Es probable que no sobreviva.

—Yo iré —afirmó Sai sin dudarlo ni un segundo. La esperanza había encendido una llama en sus ojos—. Si esa bruja puede darme el paradero de Espectro, cruzaré cualquier montaña.

—¡Entonces nos iremos al amanecer! —exclamó Lily con entusiasmo, saltando al lado de Sai.

—No creo que sea una buena idea que vengas, Lily —advirtió Sai, preocupado por su seguridad—. Makalu no es lugar para ti.

—No voy a dejar que vayas solo —respondió ella con firmeza—. Tú me devolviste a mi abuelo y ahora es mi turno de ayudarte. Además, piensa en el oro y los diamantes; mi familia necesita esa ayuda.

El abuelo Ham miró a ambos y suspiró mientras le pasaba la taza a Yula. —¿Están realmente seguros? Es un camino sin retorno para la mayoría.

—Estos jóvenes de hoy no escuchan razones —murmuró la abuela Yula con un gesto de resignación—. Vámonos a descansar; mañana será el día más largo de sus vidas.

Esa noche, bajo el techo de Villa Red y con el eco lejano de la música, Sai se quedó dormido. Por primera vez desde la muerte de Mily, la oscuridad de su corazón estaba iluminada por una nueva y poderosa esperanza.