CAPÍTULO 11: LEGIÓN

 

Tras recorrer casi dos kilómetros de terreno accidentado, Sai comenzó a subir la gran montaña con un paso firme y decidido.

—¿Qué fue lo que le hiciste a Espectro para que intentara asesinarte con tanto odio? —preguntó Sai de pronto. Su curiosidad crecía a medida que descubría más del pasado oscuro que compartía con el demonio que habitaba en su interior.

—Eso no es de tu incumbencia —respondió Ira con un tono cortante que no admitía más preguntas.

—Lo es desde el momento en que ambos irrumpieron en mi vida y destrozaron la de mi hermana —replicó Sai con determinación—. Merezco saber exactamente contra qué tipo de monstruo estoy luchando.

—Voy a dormir un rato, así que procura no molestarme —sentenció Ira con su arrogancia habitual antes de sumergirse en el silencio de la mente de Sai, cortando toda comunicación.

Al alcanzar la cima de la montaña, el aire se volvió más pesado y Sai divisó a lo lejos el resplandor de una hoguera que desafiaba la oscuridad del infierno. Al acercarse con cautela, encontró a un hombre de piel blanca como la nieve, con una barba tan larga y espesa que casi rozaba sus pies descalzos. Aquel individuo, de ojos rojos intensos que brillaban con una luz maligna, estaba completamente desnudo.

Se mantenía sentado frente al fuego, manteniendo sus manos sumergidas directamente en las brasas ardientes. A pesar de su apariencia de anciano, su cuerpo era fuerte, con músculos bien definidos, y su cabello plateado relucía bajo el baile de las llamas.

—Hola, señor, ¿se encuentra bien? —preguntó Sai, confundido por aquella extraña escena.

El hombre lo miró fijamente y mostró una sonrisa inquietante que erizó los pelos de Sai, pero no pronunció palabra alguna.

—Mi nombre es Sai. ¿Cuál es el suyo?

El extraño se levantó lentamente, como si sus huesos no pesaran, y respondió con una voz siniestra. Era un sonido distorsionado, como si miles de personas estuvieran hablando al mismo tiempo en un susurro aterrador:

—Mi nombre es Legión, porque somos muchos.

Tras pronunciar esas palabras, el hombre caminó con calma hacia el centro de la hoguera y dejó que el fuego lo consumiera por completo. Sai quedó atónito, observando las llamas, pero antes de que pudiera entender lo que pasaba, el anciano emergió del fuego convertido en una antorcha viviente. Con una velocidad que el ojo humano no podría seguir, asestó un golpe brutal en el pecho de Sai, lanzándolo a diez metros de distancia. El golpe fue tan potente que su piel quedó ligeramente quemada y el aire escapó de sus pulmones.

Ira, que dormía profundamente, se despertó de golpe por la violencia del impacto que sacudió su esencia.

—¡¿Qué demonios sucede?! ¡Eso dolió hasta aquí adentro! —gritó Ira, furioso.

—No vas a creerlo... un hombre en llamas me golpeó —dijo Sai, jadeando mientras trataba de recuperar el aliento y sentía el ardor en su pecho.

—¡¿Dijiste un hombre en llamas?! —exclamó Ira, y por primera vez, Sai detectó un miedo genuino y profundo en su voz.

Ira observó a través de los ojos de Sai cómo la criatura se acercaba con pasos lentos y ardientes. Gritó con una urgencia que Sai nunca había escuchado:

—¡Cédeme el control total de inmediato o moriremos los dos en este instante!

—¡Claro que no! No confío en ti —respondió Sai de inmediato—. Si te doy el control, lo usarás para traicionarme y tratar de escapar.

—¡Imbécil! ¡Esto no es un juego de niños! —bramó Ira con desesperación—. Esa criatura es demasiado poderosa. Si no tengo el control total del cuerpo, no podré pelear al cien por ciento de mi capacidad y nos hará cenizas.

—¿Sabes quién es ese hombre? —preguntó Sai, intrigado por el terror de Ira.

—Eso no es un hombre, y ningún demonio que lo haya visto ha vivido para contarlo —explicó Ira rápidamente mientras la criatura acortaba la distancia—. Existe una leyenda sobre un asesino tan despiadado que despellejaba vivas a sus presas para devorarlas. Asesinó a tantos humanos que la misma diosa Iris descendió del cielo y lo envió vivo al infierno como castigo eterno. Una vez aquí, su hambre no se detuvo; comenzó a devorar demonios. Con cada uno que consumía, su fuerza crecía, pero las almas de sus víctimas quedaban atrapadas en su interior para siempre. Por eso se llama Legión. Tiene miles de vidas dentro de él.

—¡Entonces solo tenemos que matarlo! —declaró Sai, transformándose en demonio para intentar igualar la balanza.

—Ese es el gran problema —gruñó Ira—. Para matarlo de forma definitiva, tendrías que matarlo tantas veces como demonios lleva dentro. ¡Y son miles!

Legión se lanzó al ataque como un rayo de fuego. Sai contraatacó con toda su furia; sus golpes resonaban como truenos en la cima de la montaña, pero cada vez que impactaba al monstruo, el fuego que lo envolvía quemaba sus manos, obligándolo a retroceder entre gritos de dolor. Sai apenas lograba esquivar los ataques precisos y letales de Legión, que se movía con la ferocidad de una tormenta implacable.

Al borde de la desesperación y sintiendo que sus fuerzas fallaban, Sai invocó a la Demoníaca. La espada apareció en un estallido de energía oscura que cortó el aire. Con el arma en sus manos, la pelea se volvió todavía más sangrienta. Sai cortaba y atravesaba a Legión una y otra vez; el monstruo caía muerto al suelo, pero resurgía segundos después, intacto, con la piel renovada y la misma fuerza aterradora.

—Esto no está funcionando —jadeó Sai. Sus brazos empezaban a temblar por el cansancio y sentía que el aliento le faltaba—. Ya casi no puedo levantar la espada y esa cosa sigue atacando como si nada hubiera pasado.

—Va a matarnos si no pensamos en algo diferente —gruñó Ira, cuya voz también denotaba agotamiento.

Sai respiró hondo, guardó la espada en un destello oscuro y tomó una decisión arriesgada.

—Tengo un plan, pero necesito que nos siga.

Sin dar más explicaciones, Sai giró sobre sus talones y salió corriendo a toda velocidad hacia la montaña que había dejado atrás. Legión soltó un rugido ensordecedor que hizo vibrar las piedras y lo persiguió de cerca, dejando huellas de ceniza y fuego a cada paso. Sai corrió a toda velocidad, llevando su cuerpo al límite absoluto, hasta que alcanzó la cima donde anteriormente había exterminado a los Inmundos.

Cayó de rodillas, jadeando por el esfuerzo sobrehumano, y lanzó un grito de guerra que retumbó por todo el abismo.

—¡¿Qué demonios estás haciendo?! —bramó Ira dentro de su cabeza—. ¡Gritar no lo detendrá! ¡Invoca la espada ahora mismo o nos va a despedazar!

—Espera... solo un momento más —murmuró Sai, manteniendo la vista fija en las sombras que rodeaban la cima.

Cuando Legión llegó, avanzó hacia Sai con una lentitud aterradora, disfrutando del momento de su victoria final. Sin embargo, la oscuridad alrededor comenzó a agitarse de forma violenta. Como una marea negra y rabiosa, cientos de Inmundos emergieron de las grietas y las cuevas. No dudaron ni un segundo: se lanzaron como un enjambre hambriento sobre Legión, cubriéndolo por completo con sus cuerpos grises.

A pesar de su fuego y su fuerza descomunal, Legión no pudo contra el número abrumador de enemigos. Los Inmundos lo mordían con desesperación, lo arañaban con sus garras afiladas y se aferraban a él con todas sus fuerzas, sacrificando sus propios cuerpos que se quemaban al contacto con las llamas del monstruo. Legión rugió de furia y dolor, pero fue arrastrado por la marea de criaturas hacia el fondo del abismo.

Solo uno de ellos quedó atrás por un instante: el Inmundo que llevaba la corona de huesos sobre su cabeza. Se acercó lentamente a Sai y lo miró con un respeto profundo y solemne. Con un movimiento lento, inclinó la cabeza, como si le estuviera diciendo: "Ahora estamos a mano". Sin decir una sola palabra, el rey Inmundo saltó también al vacío para asegurarse de que Legión fuera arrastrado hasta lo más hondo y nunca volviera a subir.

—Esto sí que es increíble —dijo Ira, impresionado, soltando una risa nerviosa por el alivio de seguir vivo—. Esas escorias acaban de salvarnos la vida.

—¿En serio no quieres ser su rey? —añadió Ira con su habitual tono burlón, rompiendo el momento de solemnidad.

—Cierra la boca —gruñó Sai.

Sin perder más tiempo, se lanzó a correr con fuerzas renovadas hacia la siguiente etapa de su viaje. El aire golpeaba su rostro mientras sus pies golpeaban el suelo rocoso con firmeza.

—¿Por qué no me dijiste que ese era tu plan? —preguntó Ira, cuya voz todavía denotaba una profunda incredulidad.

—Porque no estaba seguro de que funcionara —respondió Sai, dejando escapar una pequeña media sonrisa de satisfacción.

—Estás completamente loco —murmuró Ira en el interior de su mente—. Pero debo admitir, aunque me pese, que tu locura funcionó.

Sai avanzaba con pasos cansados pero firmes. Sin embargo, una duda que le rondaba la cabeza desde el combate anterior finalmente lo asaltó:

—Debo confesar que me sorprendió mucho ver cómo Legión entró en el fuego y no sufrió ni una sola quemadura. ¿Cómo es eso posible?

—¿Nunca has oído hablar de las habilidades infernales? —replicó Ira, con un brillo de curiosidad en su tono.

—No. ¿Qué es eso? —preguntó Sai, intrigado, mientras saltaba sobre una grieta en el camino.

—Aquí en el infierno, destacan dos tipos de poderes principales: la magia y las habilidades infernales —explicó Ira con tono de maestro—. Se llama habilidad infernal al poder puro que reside en el corazón de los demonios. Todos los demonios nacen con una de estas habilidades latentes, pero no todos llegan a descubrirla o desarrollarla por completo. Para liberarla, un demonio debe superar sus propios límites físicos y mentales.

»Hay habilidades de todo tipo, desde la manipulación del fuego hasta la capacidad de transformarse en un monstruo colosal. Cuando un demonio descubre su habilidad y la perfecciona, se convierte en un ser muy poderoso. Sin embargo, todas las habilidades tienen una debilidad, no importa de quién se trate. Si en una pelea logras encontrar el punto débil de tu oponente, puedes ganar incluso contra alguien más fuerte.

—¿Quieres decir que cualquier demonio que desarrolle su habilidad infernal puede matar al Rey Demonio y a su familia? —preguntó Sai, sintiendo una chispa de esperanza.

—¡No seas idiota! —exclamó Ira, repentinamente enojado—. Todo lo que te he dicho solo aplica para los demonios normales y corrientes.

—¿A qué te refieres con eso? —preguntó Sai, confundido por el cambio de humor de su compañero.

—El Rey Demonio es uno de los tres arcángeles que el dios Oganesón lanzó al infierno hace eras. La sangre que corre por sus venas y la de su familia es muy diferente a la sangre de los demás. Ellos nacen con su habilidad infernal ya desarrollada y a un nivel que no puedes ni imaginar. Son tan poderosos que uno solo de ellos podría matar a muchos como yo sin esforzarse.

»Lo que intentas hacer es una locura absoluta, un suicidio garantizado. Jamás podríamos matar a un miembro de la familia real. Solo podrías lograr algo así si fueras un descendiente directo de un arcángel o si fueras uno de los dioses mismos.

—No importa lo que digas, no me rendiré —dijo Sai con una determinación que helaba la sangre—. Voy a recuperar a mi hermana, cueste lo que cueste, aunque tenga que morir mil veces en el intento.

—¡Eres un maldito suicida! —exclamó Ira, enfurecido—. ¡Quieres morir y me estás arrastrando a la tumba contigo!

—Te recuerdo que fuiste tú quien me engañó para meterte en mi cuerpo —replicó Sai con frialdad.

—¡Maldito seas! —exclamó Ira, rugiendo de furia interna antes de callar.

Sai continuaba su viaje descendiendo hacia las profundidades del infierno. A medida que avanzaba, el paisaje se volvía cada vez más extraño, oscuro e inhóspito. Las rocas parecían tener formas de rostros sufrientes y el aire quemaba la garganta.

—Pensé que solo los dioses poseían esas habilidades —comentó Sai después de un largo silencio.

—Los dioses tienen habilidades divinas, que son cien veces más poderosas que las habilidades infernales. Por eso nosotros, los demonios, no podemos vencerles en combate directo. Al principio de los tiempos, los demonios vivíamos en el cielo y poseíamos esas habilidades divinas. Pero cuando Oganesón nos expulsó al infierno, nos arrebató ese don por la fuerza. Creyó que nos había despojado de todo nuestro poder, pero entonces, en medio de la miseria del abismo, desarrollamos las habilidades infernales.

—Entiendo —dijo Sai—. Eso significa que, si nos esforzamos al máximo y superamos nuestros límites actuales, podremos obtener una habilidad infernal propia.

—¡Parece que no has escuchado ni una palabra de lo que he dicho! —exclamó Ira, perdiendo la paciencia.

—Por supuesto que sí —dijo Sai, emocionado por la posibilidad—. Dijiste que todos los demonios nacen con una habilidad. Eso significa que tú tienes una en tu interior, Ira, y solo tenemos que superar nuestro límite juntos para liberarla. Solo necesitas tener un poco de fe.

—¡¿Tener qué?! —exclamó Ira, irritado al extremo—. Escuchar esas estupideces humanas me recuerda por qué los detesto tanto. La fe no sirve de nada en este lugar.

—Pero es la verdad, y lo vamos a lograr —insistió Sai.

—Basta de hablar —exclamó Ira, molesto—. Voy a tomar una siesta. Despiértame solo si ocurre algo que realmente valga la pena.

Sai continuó su camino en silencio. Pasó junto a la hoguera donde horas antes había encontrado a Legión, pero ahora solo quedaban cenizas frías y la madera estaba apagada. Tras varias horas de una caminata agotadora, llegó al final del camino. Allí, en lo que parecía el borde del mundo, solo había un pozo de agua cristalina que contrastaba con la aridez del entorno.

Se dio cuenta de que se encontraba en la cima de la montaña más alta del sector. Al asomarse al precipicio, solo veía un mar de fuego infinito y escuchaba los lamentos desgarradores de miles de almas quemándose en la eternidad. Entonces, despertó a Ira y le dijo:

—Tenemos dos opciones: saltar hacia el vacío y morir quemados en ese fuego, o entrar en este pozo y ver hasta dónde nos lleva el agua.

—Prefiero la tercera opción —dijo Ira, observando el abismo con desgana—. Regresar por donde vinimos y alejarnos lo más posible de todo este desastre.

—¡Eso no va a suceder! —sentenció Sai, mientras se preparaba para sumergirse en lo desconocido.

Sai se lanzó al pozo sin dudarlo un segundo más. El impacto con el agua fría le devolvió un poco de claridad mental mientras comenzaba a nadar con fuerza hacia abajo. Se trataba de una especie de túnel natural que atravesaba las entrañas de toda la montaña. El agua era tan increíblemente cristalina que podía ver cada detalle del interior rocoso mientras descendía. Después de varios minutos de un descenso agotador en los que el aire empezaba a faltarle, Sai fue arrastrado por una corriente submarina extremadamente fuerte que lo expulsó hacia una gigantesca caverna subterránea.

En ese lugar, una densa niebla oscura lo cubría todo, como un manto pesado que impedía ver las paredes de roca que conformaban la inmensa cavidad. Sai nadó con esfuerzo hasta alcanzar un estrecho camino de ladrillos que se extendía justo en medio de la caverna. Al mirar a su alrededor, solo se veía agua por todos lados; una masa líquida negra que parecía ser tan profunda que no tenía fin. Era un lugar absolutamente aterrador que helaba la sangre.

—¡Este lugar es increíble! ¿Sabes dónde estamos? —preguntó Sai, tratando de recuperar el aliento e intrigado por la arquitectura del sendero.

—No lo sé, pero desde que pusimos un pie aquí, siento que alguien nos observa desde las sombras —dijo Ira, analizando los alrededores con todos sus sentidos alerta—. Mantén la guardia alta, Sai. Este silencio no me gusta nada.

—¡Entendido! —asintió Sai, apretando los dientes.

Sai comenzó a caminar por el sendero de ladrillos, pero a medida que avanzaba, la sensación de ser acechado se volvía insoportable. Sentía que algo lo seguía de cerca, oculto por la niebla y el agua. De repente, algo saltó desde la superficie a una velocidad cegadora y lo golpeó con la fuerza de un mazo en pleno pecho. Cuando Sai cayó al agua por el impacto, algo frío y poderoso lo agarró con fuerza por uno de sus pies y comenzó a arrastrarlo violentamente hacia el fondo oscuro. Sin embargo, en un arranque de adrenalina, logró liberarse de un tirón y subió rápidamente de vuelta al camino de ladrillos.

—¡¿Qué demonios fue eso?! —preguntó Sai, con el corazón latiéndole a mil por hora y visiblemente asustado.

—Te advertí que estuvieras alerta —dijo Ira, mirando cuidadosamente hacia el agua que ondeaba suavemente—. Esa cosa casi nos ahoga en un segundo. Será mejor que salgamos de este camino cuanto antes.

Sai comenzó a correr por el estrecho sendero. Su respiración era entrecortada mientras el eco del chapoteo del agua resonaba en las paredes invisibles a su alrededor. Algo lo seguía. Podía sentirlo moviéndose bajo la superficie como una sombra inquieta y hambrienta. Finalmente, se detuvo en seco, cansado de huir, y giró hacia el agua con los puños apretados y la mirada encendida.

—¡Muéstrate de una vez! —gritó con todas sus fuerzas, su voz rebotando en un eco infinito por toda la caverna.

De pronto, una criatura de dos metros de altura emergió del agua con una presencia imponente que cortaba la respiración. Tenía enormes ojos de color rojo sangre y su cuerpo estaba cubierto de escamas plateadas y duras, similares a las de los peces de las profundidades. También exhibía hileras de afilados dientes de tiburón y, en lugar de cabello, una serie de tentáculos de pulpo se retorcían sobre su cabeza. Con un paso firme y sobrenatural, comenzó a desplazarse sobre la superficie del agua sin hundirse, arrastrando consigo una peculiar espada larga tallada en forma de espina de pescado.

—¿Quién eres? —preguntó Sai con un tono serio, preparándose para lo peor.

—Mi nombre es Makara —respondió la criatura con una voz profunda, húmeda y amenazante—, pero eso no tiene importancia... porque estás a punto de morir.

Sin previo aviso, Makara se hundió de nuevo en el agua, desapareciendo en un instante. Sai no perdió tiempo: invocó a la Demoníaca mientras sentía cómo su cuerpo se transformaba en demonio para ganar poder. Sin embargo, el entorno era una trampa mortal. A pesar de su transformación y del poder oscuro de su espada, el estrecho camino de ladrillos apenas le permitía moverse o esquivar con libertad.

Makara era asombrosamente veloz, tanto bajo el agua como deslizándose sobre ella. Atacaba desde todos los ángulos posibles, surgiendo de la nada con una agilidad que dejaba a Sai sin opciones. Los golpes de la espada de espina lo alcanzaban uno tras otro, abriendo cortes en su piel y desgastándolo rápidamente.

En un movimiento relámpago, Makara emergió justo a su lado y, con un tajo preciso de su espada, hirió a Sai profundamente en el brazo derecho. La fuerza del impacto fue tan grande que los nervios de su mano fallaron, obligándolo a soltar la Demoníaca. Sai vio con horror cómo su espada caía al agua y se hundía rápidamente en las profundidades insondables.

Sai retrocedió tambaleándose, respirando con mucha dificultad mientras la sangre caliente empapaba su brazo y goteaba sobre los ladrillos.

—¡Tienes que darme el control total ahora mismo o moriremos! —gritó Ira, su tono cargado de una urgencia desesperada.

—¡No lo haré! —exclamó Sai, mientras observaba con pánico cómo el agua se movía alrededor del sendero—. Si te doy el control, sé que no me ayudarás a recuperar a mi hermana.

—¡No seas idiota! —exclamó Ira con desesperación pura—. ¡Si mueres ahora, tampoco podrás recuperarla porque dejarás de existir! Te doy mi palabra de demonio, te prometo que no te traicionaré.

En ese momento, Makara emergió de nuevo con una fuerza renovada y lanzó un golpe devastador directamente al rostro de Sai. El impacto fue tan violento que lo envió directo al agua, aturdido. Antes de que pudiera intentar nadar, la criatura lo sujetó con fuerza por el pie y comenzó a arrastrarlo hacia las profundidades heladas de la caverna. Sai sentía que sus pulmones iban a estallar, no podía respirar y el mundo se volvía negro. Al borde de la muerte, no tuvo más opción que confiar.

—Hazlo... toma el control —dijo Sai mentalmente, cerrando los ojos mientras se entregaba a la oscuridad de Ira.

En ese preciso instante, algo dentro del alma de Sai se quebró. Ira se liberó por completo. Las cadenas negras que lo mantenían aprisionado se rompieron con un estruendo metálico que resonó en todo el ser de Sai, y su energía oscura se mezcló de forma total y absoluta con la suya. El resultado fue una nueva y aterradora transformación. El cuerpo de Sai se hizo más grande y fuerte; el humo púrpura que solía emanar de su piel cambió a un color rojo sangre, intenso y vibrante. Su aliento se volvió tan ardiente que el agua a su alrededor comenzaba a evaporarse en grandes nubes de vapor con solo exhalar. Era un ser que irradiaba un poder abominable, impuro y monstruoso.

Ira, ahora al mando, sujetó a Makara por el brazo con una mano que parecía una garra de hierro y lo arrastró hacia la superficie con una facilidad que resultaba abrumadora. La criatura marina luchaba desesperadamente por soltarse, golpeando y retorciéndose, pero era inútil; la fuerza bruta de aquel nuevo ser era sencillamente monstruosa. Sin mostrar el más mínimo esfuerzo, Ira alzó la mirada hacia la oscuridad y llamó a la Demoníaca. La espada respondió de inmediato, emergiendo de las profundidades del agua como un rayo de oscuridad que regresó a su mano.

Con una precisión que helaba la sangre, Ira desató su furia contenida. Cada movimiento de la Demoníaca fue un tajo de muerte que desgarró el cuerpo de Makara en un abrir y cerrar de ojos, reduciéndolo a pequeños trozos. La sangre negra y los restos de la criatura cayeron al agua con un chapoteo sordo, creando un espectáculo brutal y sangriento que selló el destino de Makara de la forma más despiadada posible.

—¡Es increíble! Jamás imaginé que al unirnos podríamos adquirir tanto poder. Es como si nuestra unión nos hiciera evolucionar a algo superior —dijo Ira con voz profunda, mientras observaba con fascinación cómo la herida profunda de su brazo se cerraba y curaba lentamente por sí sola.

—¡Te dije que lo lograríamos juntos! —exclamó Sai desde lo más profundo de su consciencia, emocionado y con una gran sonrisa de esperanza.

—Es una verdadera pena tener que renunciar a este gran poder —dijo Ira, dibujando una sonrisa extraña y maliciosa en su rostro.

—¡¿De qué demonios estás hablando?! —preguntó Sai, sintiendo un repentino nudo de confusión en el pecho.

—Iluso —respondió Ira con una arrogancia que cortaba como el hielo—. ¿De verdad creíste, aunque fuera por un segundo, que yo ayudaría a una basura humana tan insignificante como tú?

Antes de que Sai pudiera siquiera procesar la traición, Ira realizó un esfuerzo violento y salió del cuerpo de Sai. En un destello de luz roja y sombras, volvió a ser el demonio independiente que era al principio, recuperando su propia forma física. Sai, por su parte, regresó instantáneamente a la normalidad, perdiendo todo el poder y convirtiéndose de nuevo en un simple humano vulnerable en medio del infierno.

—¡Bastardo! —gritó Sai, con el rostro desencajado por la furia—. ¡Me diste tu palabra! ¡Prometiste que no me traicionarías si te daba el control!

—Idiota —respondió Ira, con un tono cargado de un desprecio absoluto—. Las promesas no significan nada para los de mi raza. Nunca debes confiar en la palabra de un demonio, y mucho menos si lo obligas a servirte como si fuera tu esclavo. Debería matarte aquí mismo por haberme encadenado, pero no vales ni un segundo de mi tiempo. Un simple humano como tú no durará mucho vivo en este lugar.

Ira soltó una carcajada cruel y llena de maldad mientras comenzaba a alejarse, dándole la espalda.

—¡Buena suerte, humano! ¡La vas a necesitar! —exclamó antes de desaparecer por completo en la niebla, dejando tras de sí solo el eco de sus risas que resonaban con burla en la inmensa caverna.

Sai se quedó solo. Decepcionado y con el corazón lleno de una tristeza profunda, comenzó a avanzar lentamente...




No te quedes con la intriga. Si quieres descubrir cómo continúa la gran aventura de Sai y cómo se enfrenta a los peligros de este mundo oscuro, haz clic en los siguientes enlaces para continuar con la saga. Esta historia es una serie en desarrollo y ya tienes disponibles los primeros tres libros completos mientras trabajo en la escritura del cuarto volumen:

📕 Libro 1: SAI HELL Sangre y Fuego


📘 Libro 2: SAI HELL Origen de un Imperio


📗 Libro 3: SAI HELL Traiciones y Engaños