CAPÍTULO 1: PROMESA
Villa Blue era un paraíso de casas pintadas en tonos pastel y ríos de aguas cristalinas. Era el tipo de lugar bendecido por la paz, donde nadie, ni en sus peores pesadillas, esperaría que la sangre corriera hasta teñir los adoquines de las calles. Allí vivía Sai, disfrutando de una tranquilidad engañosa, ignorando por completo que el sol que calentaba su espalda esa mañana sería el último que vería como un ser humano común.
Esa mañana, Sai regresaba del río con una cesta cargada de peces frescos. Era un joven de dieciocho años con un porte atlético y saludable; su piel blanca contrastaba con su cabello negro azabache y sus ojos marrones, que siempre reflejaban la calma del valle.
Al entrar en la plaza principal, el ambiente era acogedor. El aroma dulce del pan recién horneado salía de la panadería de Julián y se mezclaba con la brisa fresca del campo. Julián, un hombre robusto que siempre tenía los brazos y el delantal manchados de harina, lo vio llegar y le hizo un gesto amistoso desde la entrada del local. —¡Guárdame dos de esos para el almuerzo, Sai! —gritó con una sonrisa franca.
—Hecho, Julián. Pasa por casa más tarde y los tendrás —respondió Sai con alegría, devolviéndole el saludo.
Antes de seguir su camino, se detuvo frente al puesto de Don Mario, el pescadero del pueblo. Don Mario era un hombre mayor de manos ásperas que quería y respetaba a Sai como si fuera su propio hijo, pues conocía bien todo lo que el joven había tenido que luchar. —Tome, Don Mario. Y guarde este pequeño para la viuda Marta; ella no puede pagar hoy, pero no quiero que su gato pase hambre.
—Tienes el corazón de tu padre, muchacho —asintió el hombre con orgullo y una mano sobre su hombro.
Cerca de la fuente de piedra que adornaba el centro de la plaza, un grupo de niños jugaba a las escondidas entre risas y gritos de emoción. A la cabeza del grupo estaba Mily, la hermana menor de Sai, que apenas tenía diez años. Mily era una niña hermosa; su cabello negro le llegaba hasta la cintura y sus grandes ojos marrones brillaban con una vitalidad que parecía iluminar todo lo que la rodeaba.
—¡Hermano! —gritó la pequeña al verlo. Dejó el juego y corrió a toda velocidad para lanzarse a sus brazos con fuerza.
Sai la levantó en el aire con facilidad, sintiendo el corazón de la niña latir con fuerza contra su pecho. Esa calidez, la risa de su hermana y su bienestar eran su único y más grande tesoro en el mundo. —Ya veo que hoy eres la capitana de Villa Blue —dijo él mientras la bajaba y le despeinaba el cabello con cariño—. ¿Te portaste bien mientras no estaba?
—¡Sí! Fui muy útil —exclamó Mily con orgullo—. Ayudé a la señora Clara a recoger margaritas para los jarrones de la iglesia y luego jugué un rato con los chicos. Pero ahora tengo muchísima hambre.
Mily hizo un puchero tan gracioso que varios vecinos que pasaban por la calle no pudieron evitar reírse. La señora Clara, una mujer de edad avanzada que siempre vestía delantales florecidos y escondía caramelos en sus bolsillos para los niños, se asomó por la ventana de su casa y les lanzó un beso con la mano.
Sai miró a su alrededor y suspiró con satisfacción. Observó la paz del pueblo, los niños jugando seguros y la estabilidad de aquel hogar que tanto esfuerzo le había costado mantener. Tras la muerte de sus padres, la vida no había sido fácil. Su padre había sido asesinado por un oso cuando Sai tenía solo ocho años, dejándolo con una responsabilidad enorme desde niño. Luego, su madre falleció víctima de una extraña enfermedad hacía apenas dos inviernos. A pesar de esas cicatrices en su alma, en ese momento Sai sintió que finalmente había alcanzado un equilibrio que nada podría romper.
Esa misma noche, mientras el silencio del valle envolvía su humilde casa de campo, Mily rompió el silencio desde su cama. —Hermano, quiero que mañana me lleves al río para que me enseñes a nadar.
—Está bien —respondió Sai con una sonrisa, observando una pequeña araña en el techo—. Mañana no iré a pescar y te llevaré. Pero duérmete ya, es tarde.
—¡Vale! Verás cómo aprendo rápido a nadar —exclamó ella emocionada, cerrando los ojos con una sonrisa de absoluta confianza.
Sai la observó hasta que su respiración se volvió pausada.
A la mañana siguiente, el sol brillaba con una ironía cruel. Sai y Mily caminaban hacia el río, el aire olía a pino fresco y el sonido del agua golpeando las rocas era la única música del valle. Mily saltaba de piedra en piedra, riendo, mientras Sai cargaba las toallas, vigilándola con esa mezcla de orgullo y deber que solo un hermano mayor conoce. Estaban a punto de entrar al agua cuando el mundo se rompió.
Una explosión ensordecedora sacudió la tierra con una violencia brutal, como si el cielo mismo se hubiera partido en dos. El impacto fue tan fuerte que lanzó a los hermanos al suelo. Antes de que el eco de la explosión se apagara, dos figuras aterradoras surgieron entre el humo y el fuego, enfrascadas en una danza de muerte que nadie en Villa Blue habría podido imaginar.
La primera figura era Espectro. Medía más de dos metros de altura y su piel era de un color negro profundo. Tenía un cuerpo fuerte, atlético y muy bien definido. Sus ojos eran de un rojo intenso y de su cabeza brotaban unos cuernos negros que se curvaban hacia atrás. Su sola presencia transmitía una maldad absoluta mientras dominaba el combate.
Frente a él estaba Ira, un demonio que aparentaba ser mucho más joven que su oponente. Medía dos metros de altura y tenía un cuerpo bien definido, con músculos que marcaban su fuerza física en cada movimiento. Su piel era de un color gris ceniza y sus ojos brillaban con un rojo intenso que destacaba en su rostro de facciones marcadas. A pesar de su juventud y su agilidad, Ira estaba siendo castigado brutalmente por Espectro, resistiendo los golpes con una voluntad desesperada.
Eran rápidos. Demasiado rápidos. Cada golpe que intercambiaban generaba ondas de choque que derribaban árboles centenarios. Sai, con el corazón martilleando contra sus costillas, reaccionó por instinto. Agarró a Mily del brazo, cuya risa se había transformado en un llanto mudo de puro terror, y la arrastró tras un grueso roble. —No mires, Mily. No mires —le susurró, aunque él mismo no podía apartar la vista.
Vieron cómo Espectro descargaba una furia inhumana sobre Ira, estrellándolo contra el suelo con tal fuerza que la tierra se hundió bajo su peso. El demonio negro no buscaba solo ganar; buscaba destruir cada fibra de su oponente. Cada puñetazo era un estallido de sangre gris y crujido de huesos. Entonces, el horror cambió de objetivo.
Espectro se detuvo en seco. Giró su cabeza lentamente, como un depredador que detecta una presa pequeña. Sus ojos rojos se clavaron en el árbol donde se escondían los hermanos. En un parpadeo, desapareció de su vista.
Sai no tuvo tiempo ni siquiera de soltar un grito de advertencia. De repente, sintió un impacto devastador y seco en el centro de su pecho, un golpe cargado de una fuerza inhumana que lo lanzó por los aires como si fuera una pluma.
Cayó pesadamente, golpeando el suelo a dos metros de distancia de donde yacía Ira. El sonido de sus propias costillas rompiéndose, una a una como ramas secas bajo un poderoso pie, resonó en sus oídos. El dolor fue tan agudo y punzante que lo dejó completamente paralizado, hundido en el lodo frío que empezaba a manchar su ropa.
—¡HERMANO! —fue el último grito desgarrador que escuchó de los labios de Mily.
Espectro, con una rapidez que el ojo humano no podía seguir, la sujetó del cuello con una sola mano. La pequeña Mily, aterrorizada, pataleaba inútilmente en el aire, intentando zafarse de aquel agarre de hierro.
—¡Suéltala… por favor, suéltala…! —balbuceó Sai. Sus palabras salían entrecortadas mientras intentaba desesperadamente apoyar las manos en la tierra para levantarse, pero su cuerpo no le respondía; el impacto lo había dejado sin aire.
Espectro lo miró directamente. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta y macabra, mostrando sus dientes afilados que brillaban con una maldad pura. Entonces, con un movimiento seco, rápido y carente de cualquier pizca de piedad, le arrancó la cabeza a Mily. El cuerpo de la niña, ahora sin vida, cayó al suelo con un golpe sordo, quedando allí como una muñeca de trapo vieja y olvidada.
—Es realmente emocionante escuchar el sonido de los cuellos de estas criaturas repugnantes cuando se parten —exclamó Espectro, soltando una carcajada cruel que pareció ensuciar el aire.
El demonio se detuvo unos segundos. Miró fijamente el cuerpo de Ira para comprobar si aún le quedaba algún rastro de vida. Al verlo totalmente inmóvil, hundido en un charco de su propia sangre que se extendía rápidamente, Espectro asumió que ya no era una amenaza. Sin decir una palabra más, desapareció a toda velocidad, dejando tras de sí un rastro de oscuridad.
Sai yacía en el lodo, incapaz de apartar la vista de lo que tenía enfrente. A solo unos pocos pasos, la cabeza de su hermana pequeña lo miraba con ojos vacíos. En ese momento, su mente quiso apagarse, huir de la realidad. El silencio que siguió fue más doloroso que los huesos rotos. Sus lágrimas, calientes y amargas, comenzaron a brotar sin control, mezclándose con la tierra y la sangre en aquel suelo maldito.
—Escúchame, muchacho... sí me permites... puedo ayudarte —una voz ronca y moribunda rompió su trance.
Era Ira. El demonio gris estaba destrozado, apenas un guiñapo de carne.
—¿Ayudarme? —murmuró Sai con la voz quebrada por la sangre en su garganta—. Ella... ella está muerta...
—Puedes sobrevivir... y recuperarla —dijo Ira, tosiendo una sustancia oscura—. Bebe mi sangre. Toma mi poder.
Sai sintió una oleada de asco. La idea de consumir a ese ser le revolvía el estómago. —¡No! ¡Eres uno de ellos! ¡Aléjate! —gritó con las pocas fuerzas que le quedaban.
—No hay tiempo para tu moral de humano —gruñó Ira—. Ambos vamos a morir en minutos. Pero si bebes... podrás matar al que lo hizo. El corazón de un demonio puede devolver la vida... pero solo si le arrancas el del asesino.
Sai miró de nuevo el cuerpo de Mily. Recordó su risa esa mañana. Recordó su promesa de enseñarle a nadar. La rabia empezó a quemar más que el dolor físico. La sed de venganza fue más fuerte que su repugnancia.
Con un esfuerzo titánico, Sai comenzó a arrastrarse por el lodo. Cada centímetro era una tortura; sentía cómo sus huesos rotos raspaban por dentro, pero continuó, hundiendo sus dedos en la tierra húmeda y fría hasta llegar al brazo extendido de Ira.
Se detuvo un segundo frente a la herida abierta del demonio. El olor era metálico, denso, demoníaco. Cerró los ojos, visualizando el rostro de Espectro, y entonces, con un gruñido que era mitad llanto y mitad rugido, mordió profundamente.
La sangre de Ira fluyó hacia la garganta de Sai como metal fundido. El cambio fue inmediato y devastador. Sai se desplomó de espaldas, arqueándose violentamente sobre el lodo mientras su cuerpo era sacudido por espasmos que amenazaban con partirlo en dos.
La reconstrucción fue brutal y el sonido era espantoso: un estrépito de huesos rotos que se forzaban a unirse. Sintió cómo su caja torácica crujía, soldándose de nuevo con una presión insoportable, mientras sus extremidades se retorcían en ángulos imposibles para recuperar su forma. Pero el verdadero tormento estaba en su mente. Al beber la sangre, no solo tomó la fuerza de Ira, sino su esencia misma.
Un torrente de visiones negras invadió su cráneo, transfiriendo a su alma sentimientos que un humano no debería conocer: un odio que quemaba la razón, una venganza que exigía sangre y una familiaridad gélida con la muerte.
Cuando el dolor finalmente cedió, Sai se incorporó. El lodo se deslizaba por su piel, que ahora emanaba un calor sobrenatural. Su cabello negro había desaparecido, transformado en un rojo brillante, al igual que sus ojos, que irradiaban una intensidad inhumana.
Ira, desde el suelo, lo observó con una sonrisa débil y una mirada perturbadora, una mezcla de asombro y algo mucho más oscuro. —No puedo creer que funcionara... es mucho mejor de lo que imaginé —susurró el demonio con voz agonizante—. Tienes un poder increíble.
Sai lo miró con frialdad, sus ojos rojos resplandeciendo con una ferocidad que hizo que el aire alrededor vibrara. Ya no había rastro de la calidez del joven pescador. —¿Cómo se llama el que asesinó a mi hermana y dónde lo encuentro? —preguntó Sai, su voz ahora cargada de una vibración profunda y peligrosa.
Ira intentó tomar aire, pero su vida se escapaba por sus heridas. —Su nombre es Espectro… Y es…
Antes de poder terminar la frase, el cuerpo de Ira se tensó y sus ojos se apagaron. En un segundo, su forma grisácea brilló con una intensidad cegadora antes de desintegrarse por completo en una ráfaga de luz que se perdió en el viento.
Cuando el cuerpo de Ira se desvaneció en aquel destello de luz, un silencio sepulcral cayó sobre el río. Sai se quedó inmóvil, pero la fuerza que ahora corría por sus venas no pudo contener el derrumbe de su alma cuando bajó la mirada hacia el lodo.
Allí estaba ella.
El grito que escapó de su garganta fue un sonido roto, animal. Se desplomó sobre sus rodillas, arrastrándose hacia el cuerpo inerte de Mily y luego hacia su pequeña cabeza, que yacía a unos metros con los ojos marrones aún abiertos, congelados en un gesto de sorpresa infinita.
Con una delicadeza que contrastaba con la violencia de sus nuevas manos, Sai recogió los restos de su hermana. La estrechó contra su pecho, manchando su piel blanca con la sangre que aún brotaba del cuello cercenado.
—Lo siento... lo siento tanto, Mily —sollozaba, hundiendo el rostro en el cabello negro de la niña—. Debí ser yo... debí ser más fuerte... debí haberte salvado...
No importaba que hubiera sido un humano contra un demonio; en su mente, él era su escudo, y el escudo se había roto.
Comenzó a cavar bajo la sombra del viejo roble. Sus dedos se hundían en la tierra con una facilidad aterradora, removiendo piedras y raíces como si fueran arena. No sentía el desgaste físico, pero cada palmo de tierra que ganaba se sentía como si estuviera cavando su propia fosa. Con el rostro desfigurado por el llanto y la mirada perdida, depositó a Mily en su lecho final.
Al cubrirla, el dolor que lo hacía temblar empezó a transformarse. El llanto se secó, dejando paso a una calma gélida y letal. Se puso en pie y miró sus manos manchadas de tierra y sangre fraternal. Ya no era solo tristeza; era una necesidad que le quemaba las entrañas. Si el corazón de ese monstruo podía devolverle lo que perdió, entonces el mundo entero ardería hasta que él lo tuviera en sus manos.
Frente a la tumba, con una voz que ya no sonaba a la del joven pescador, sino a la de un verdugo, sentenció:
—¡Te juro que encontraré a ese desgraciado y le arrancaré el corazón con mis propias manos! ¡Voy a revivirte cueste lo que cueste!